Y Julia Lloró

La noche se fue torciendo, o puede que más bien se arreglase. No estaba segura. Los minutos se habían encadenado siguiendo una lógica conocida, un camino que sabía dónde terminaba y los puntos exactos en los que apearse definitivamente. Pero algo había cambiado sin que se percatase. Necesitaba saberlo, tenía que encontrar el desliz que la había abocado a esa cama.

El juego de miradas fue intenso, completamente novedoso. Al principio se sintió inquieta, luego abrumada y finalmente halagada. No había dejado de mirarla en ningún momento. ¿Sería peligroso? No, era un conocido, un amigo de amigos, alguien de su círculo de confort.

Unas manos expertas recorrían la cinturilla de su pantalón buscando un botón que se empeñaba en seguir oculto.

En cuanto comenzó a pensar que aquello no pasaría de ahí, surgió el valor. Julia no le vio, notó un contacto en su espalda y una voz grave y cálida que susurraba pequeñas bromas y disculpas. Quizás fuese el rostro de aquel chico, tan parecido a su sobrino Luis, con mejillas rechonchas y un faz de ingenuidad; o puede que fuese la mezcla de timidez y tensión en aquella voz que luchaba por no romperse en un gallo intermitente; o aquellas palabras cargadas de educación e inteligencia. No lo sabía, pero el hecho es que aquel contacto en su espalda no la molestó. Es más, era agradable. Su subconsciente la traicionó, en vez de tensar la espalda para evitar aquel contacto no solicitado, sintió flaquear una de sus piernas. Su casta manaza sujetó el cuerpo sin siquiera temblar. Puede que aquel fuese el instante.

El botón había cedido, pero Julia aún hacía fuerza con las piernas para que la tela no se deslizase. Dio igual, aquellas manos estaban desnudándola sin prácticamente oposición mientras unos besos cálidos agitaban su sistema nervioso invitándola a abandonarse a aquella hoguera de pasión.

Era sincero, hablaba sin tapujos de una vida de aventuras, de viajes, de amores de verano. Cambiaba de trabajo buscando un sueño que se le resistía pero por el que daba la vida, una vida que llevaba estampada la palabra libertad. Sin miedos, sin ataduras, sin un pasado que anclase su presente. Su rostro imberbe no podía ocultar las cicatrices de un alma que no se había dejado intimidar por nadie, y que había saltado al vacío en cientos de ocasiones hasta quedar marcada por la experiencia. No, no era tímido. Era celoso de una intimidad que le estaba regalando. El confort era compartido. Se abandonaron a una comodidad que, paso a paso, les llevó por el sendero de la naturalidad hasta una cama que acabaría desecha.

Los pantalones dejaron un sonido sordo al caer sobre el suelo. Ambos cuerpos ardían, imbuidos por una salvaje biología que gritaba desbocada, deseosa de que aquella carrera comenzase definitivamente. Sin artificios de tela que cubriesen más que lo imprescindible, sus pieles se fueron reconociendo, formando una simbiosis que producía felicidad y aún más calor. Pero Julia aún no se decidía a entregarse completamente a lo que su naturaleza y su corazón le imploraban, una palabra ardía aún más fuerte en su interior, un hierro incandescente que había grabado en su infancia: Respeto.

No pudo más. Habló, habló pidiendo respeto. Mientras lo hacía no se reconocía, era una persona distinta, un ser del pasado que le recordaba la rectitud, la importancia de una tradición que rompía si no existía ese clima de respeto. ¿Realmente no existía? Sabía que no era así, pero algo más poderoso que su opinión se abría paso. Entonces lo vio. Aún en aquella penumbra que anunciaba la mañana, pudo ver, o más bien sentir, la incertidumbre en la mirada de Antonio. Quiso gritar cuando sintió como aquel hierro fundido que la había arrasado caía sobre ese vínculo que estaban forjando hasta romperlo definitivamente. El cuerpo de Antonio seguía caliente, listo para una acción que había perdido su poder místico y que si continuaban sería algo simplemente físico. El habló, protegido por un manto de exquisita educación, de comprensión y hasta de empatía, las palabras reconfortaban pero por primera vez sintió que la mentía. El invierno había llegado para no irse jamás de un campo que habían creído ver florecer.

Y Julia lloró.

Lloró sumida es un abrazo protector de Antonio. Seguían desnudos, pero sus cuerpos ya no se hablaban. Sabía que aquel frío que se había instalado entre ellos no se desvanecería jamás. Las lágrimas manaron recordándole aquel brote de algo puro que había perecido, asesinado bajo unas palabras sin sentido que habían introducido en lo más hondo de su ser. Imaginó los dedos acusadores de una sociedad que veía representada bajo la apariencia de su madre, un dedo índice que la señalaba recordándole un deber con el que ni siquiera había tenido la opción de elegir. La cadena de una educación vacía, basada en el prejuicio y el perjuicio, anclaba su alma a una realidad inhiesta que, por primera vez en su vida, creía poder olvidar junto a Antonio. Lloraba por muchas cosas, pero sobre todo por esa niña que quiso soñar, la verdadera Julia, esa que no mostraba a nadie. Era a ella a la que había dañado, a la que había dejado de escuchar por las palabras de otros, la decepción que sentía era la de ella.

Y Julia lloró, lloró por miedo, porque no sabía si volvería a sentir lo que acababa de vivir con Antonio, porque dudaba de si sabría serse fiel a sí misma, y lloró por unas consecuencias que no sabía si llegarían. Lloró hasta quedarse dormida.

Cuando despertó buscó a Antonio, pero ya no estaba allí, y en realidad, ella tampoco.

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Imagen: Restaurante. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

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La belleza de la simplicidad

Me gusta el agua, siempre me ha gustado. Su contacto me relaja, me abruma, me compensa. Puedo pasear bajo una tormenta de verano buscando esas gotas gruesas, pesadas y heladas. Me gusta fría para beber y ardiente para el baño. Algunas cosas nunca cambiarán.

He llegado a casa, cansado de un día de decepciones, de presiones absurdas, de sueños aparcados, un día más de oficina que se me ha hecho especialmente pesado. Necesitaba agua.

Con dos velas y una bañera llena pensaba evadirme de la realidad en busca de aquel limbo en el que fluyen las ideas, en el que los personajes y las historias me rondan esperando a que yo los use en un breve lapso de creatividad; pero lo que he encontrado es mucho más valioso.

Las yemas de los dedos se han arrugado como una carretera rural que serpentea en la montaña, llenas de baches y grietas que sin ser hermosas, son bellas por lo que representan. No soy capaz de recordar la última vez que los tuve así.

De pequeño, corría al baño cargado de juguetes y podía estar horas sumergido, hasta que empezaba estornudar por un agua que ya ni estaba tibia y mi madre me obligaba a salir. Las manos arrugadas eran una constante, y el agua me lo ha recordado, me ha puesto en contacto con aquel chico que sólo contaba con un saco de esperanzas y muchas ganas de vivir.

Mientras una cobarde lágrima recorría mi mejilla, he sonreído recordando lo importantes que eran las pequeñas cosas que hoy tenemos guardadas en un arcón. Quien tenía un balón tenía un tesoro, ni siquiera el dinero es capaz de atraer tantos amigos como aquel trozo de cuero maltrecho que pateaba todo el parque.

No siempre había suerte con el balón y teníamos que ingeniárnoslas con otras alternativas como el escondite. Aquel “por mí y por todos mis compañeros” te convertía en un héroe durante unos cuantos segundos, una gloria efímera a la que todos podíamos aspirar pero que pronto se olvidaba. Aún recuerdo aquellas demostraciones de ingenio, los disfraces e incluso la colaboración paternal.

Después de años en los que siempre había puñetazos antes de los abrazos, llega el día en que conoces a tu mejor amigo. Puede que comenzase de un modo tan simple como natural, con una bolsa de pipas compartida o un regalo de un globo de agua, pero era ese día y no otro, el que al llegar a casa a cenar mirabas orgulloso a tu padre para decirle: Papá, tengo un amigo.

En aquellas épocas de juegos, de piscinas, de cruzi, la amenaza más grave que podías oír era “vas a ir”. La omisión era grave, un padre en aquel momento ausente que no podía ver tu gamberrada, que te reñiría pero que después, en la partida de mus, hablaría orgulloso sobre la astucia y valentía de su hijo. Ante tal terror sólo podías coger fuerzas con el bocata de media barra que te preparaba tu madre para merendar, un colacao y encima una fruta de postre; lo que a día de hoy no como en una semana me lo metía entre pecho y espalda a las dos horas escasas de haber comido.

Uno de los grandes momentos de la infancia era aquel en el que los mayores te invitaban a pasar el rato con ellos, jugaban a las cartas como los padres y hablaban sobre las bondades de las chicas, algo que eras incapaz de ver porque sólo Belén sabía jugar al fútbol, pero no querías jugar con ella porque siempre acababa dándote una patada.

Qué bonito era no tener vergüenza, acercarte con desparpajo a la vecina de veinte años que bajaba a la piscina a tomar el sol y pedirle un chicle. Era una delicia sentarte a su lado mientras reía cualquier chorrada que decías, te daban tragos de su coca cola y en vez de patadas, recibías abrazos, caricias y algún que otro beso en la mejilla. No sé si me daba más miedo la mirada de envidia de los mayores o el profundo odio de mi madre al ver que otra se atrevía a mimar a su pequeño.

Recuerdo el odio visceral a los de la casa de al lado, el hermanamiento entre pequeños y mayores para lanzar globos de agua a las seis en punto. Aquellos partidos de fútbol tenían más pasión que un Madrid-Barcelona, no sólo te jugabas la honrilla, te jugabas el honor de toda la comunidad. Una victoria valía para que Rober, el de la panadería, te diese alguna gominola; y si marcabas el gol de la victoria, Gilberto, el sueño del bar, te regalaba una bolsa con cientos de chapas, sin duda el bien más preciado después del balón de fútbol.

Llega un día en el que te das cuenta que eres el mayor de la piscina, que ahora te toca a ti poner orden, evitar las peleas y tratar bien a los chavales, para que sientan la misma ilusión que te hacía a ti. Los globos de agua con los vecinos se han convertido en miradas indiscretas a través del seto para ver a Manuela, esa chica que vive enfrente y a la que te mueres por conocer. Belén ya ha cumplido años y ahora tu grupo es de chicos y chicas. En las largas tardes de verano corréis todos a esconderos tras la peluquería de Asun, un lugar tranquilo en el que poder decidir a quién le toca dar el primer beso. Qué difícil fue aquella primera vez en la que me enfrenté a Belén para darle un simple beso en la boca, por aquel entonces ella era Belén, puede que sólo una chica con la que había convivido toda mi vida, pero sin duda, la más guapa del grupo, al menos para mí.

Quizás fue entonces cuando empecé a conocer los entresijos del amor, aquellas cartas imposibles, aquellas indirectas indescifrables. En poco tiempo se pasa de dominar la piscina, a sentir que sólo corres detrás del grupo de chicas intentando comprenderlas. Cuando lo recuerdo, aún noto el escalofrío que sentí la primera vez que cogí la mano de Pilar, esa chica nueva en el parque. La primera novia, el primer beso con lengua, la sensación indescriptible de inseguridad, de no saber si lo estás haciendo bien, mezclada con felicidad. Aquella noche no le dije nada a mi padre, pero me pase toda la noche despierto por la ilusión que me hacía tener novia.

Y llega el día en el que ya no juegas por diversión, sino por ganar. Una tarde como otra cualquiera en la que miras a tu grupo de amigos y sientes que necesitas algo más que no sabes explicar, que lo que sientes por Pilar, y luego por Gloria y finalmente de nuevo por Belén ya no es suficiente, deseas más, necesitas más.

Es justo ese momento en el que me doy cuenta que el agua está fría, que mi madre ya no está para decirme que salga del agua y que mi padre nunca oirá la frase: Papá, tengo novia. Ya no sientes ese orgullo por las cosas nimias, ni por nada realmente. Casi abro de nuevo el agua caliente cuando he sido consciente de que fui yo mismo el que se separó de aquella parte tan fundamental de mi vida. Habrá más días de oficina, pero por fin he descubierto como encontrar a un amigo al que llevaba mucho tiempo buscando.

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Imagen: Boy. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

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Una mirada, un instante, una vida.

“La cara es el espejo del alma”. El refranero popular, tan virtuoso, me dio pie con esta máxima a iniciar una búsqueda propia. Desde que comencé con esto de la escritura, hace más tiempo del que estoy dispuesto a admitir, me han obsesionado las miradas. Lo que comenzó como un juego, como una simple búsqueda del carácter fundamental de un personaje, se ha convertido en mi caballo de batalla en la vida real.

Llevo años queriendo encontrar una mirada única, dos ojos que se posen en los míos y que me transmitan algo que, como la muerte, no he sentido pero sé que está ahí. El peso de los años frustra habitualmente mi obsesión, pero sí me ha permitido ganar experiencia para encontrar ciertas miradas que aportan más información de una persona que una biografía. A veces, una única mirada basta para sentir:

La empatía. Más que empatía podría ser simpatía. Un sentimiento automático de que conoces a esa persona, una sensación de que todo lo que vaya a generar en tu vida es positivo, una debilidad inusitada a contarle tus más íntimas confidencias. A mí, generalmente, me ha llevado a engaño. Esa cercanía automática potencia un sentimiento de pertenencia hacia esa persona, de que se puede iniciar una relación basada en ese instante. Cuando, poco a poco, esta mirada da paso a muchas más, llega el enfriamiento, llega la infelicidad. No es la mirada que estoy buscando.

La curiosidad, o quizás debería decir esperanza. No es posible concretarla, te deja un poso de que es algo conocido, algo que sabes que no quieres; pero existe ese pequeño brillo, esa mínima duda, ¿Y si…? No. Puede que sea unas copas después, unas noches después, o unos años después; pero siempre llega el día en que reconozco que no, que esa tampoco es la mirada que estoy buscando.

La afinidad. Cuando ves esos ojos, te estás viendo a ti mismo. Una misma forma de mirar, de ser, de pensar. Es un confort automático. El conocimiento elimina el miedo, pero sin miedo, sin crisis, sin una necesidad continua de mejora, estamos abocados a mantener la mediocridad. En nuestra esencia y nuestra biología reside la necesidad de mejora, de completarnos, de alcanzar ideales. Esta mirada es conocida, pero no es la meta.

El fanatismo. Es, sin duda, la mirada más cabrona. Es algo nuevo, empático, afín, lo más parecido a tu búsqueda, tan parecido que crees por fin haberla encontrado. Enamoramiento automático, amor a primera vista, frustración y lágrimas a la vuelta de la esquina. ¿Qué se siente realmente? Fanatismo. Un amor incondicional y no justificado hacia esa persona, un cierto sentimiento de inferioridad hacia esa imagen que realmente has creado tú mismo, hacia ese icono, hacia esa mujer o ese hombre, hacia esa persona que está destinada a ser el fuego que avive tu felicidad. El que ha sido fanático conoce la más profunda tristeza. El que ha recibido esa mirada sabe que, haga lo que haga, va a ser una fuente continua de dolor para esa persona. He estado en ambas situaciones y la única conclusión es que el dolor es inevitable. Habrá quien prefiera amar a nunca haber amado, pero esto es lo más alejado al amor que puede haber, es simplemente dependencia, un vicio más de nuestra debilidad. En estos instantes me acuerdo de la moraleja de “El efecto mariposa”, ante la inevitabilidad, la única solución es cercenar de raíz.

El desprecio. En el mundo hay gente muy hija de puta, o muy inconsciente. Usar esta mirada es una herramienta muy útil para la manipulación. Nos lleva a sentir una automática necesidad de justificación, al menos a todos aquellos que no hemos llegado aún a despreciarnos a nosotros mismos. Intentaremos demostrar que no somos dignos de ese desprecio, paso a paso, cada mínimo cambio en esa mirada alimentará nuestra esperanza de mejora. Es muy fácil sentir un enamoramiento o incluso amor, la necesidad de aceptación es tan fuerte que nos anulará, esos hilos de desprecio nos convierten en marionetas. Si el manipulador es, digámoslo así, una buena persona, puede que nos encontremos ante una relación que dure una vida, muy estable, pero basada en una premisa que sólo conduce a eso, a la estabilidad con ciertos momentos de falsa felicidad, que no es más que la alegría por dejar de sentir ese desprecio durante un instante. Si no es buena persona, entramos en los dominios del drama.

Indiferencia. Sí, claro que existe, y cuantas más miradas has visto en tu vida más habitual es. No se siente nada, ni frío ni calor. Será una persona con la que has coincido es ese momento, pero que se quedará como un extraño en una fotografía, un recuerdo que nunca llega a aflorar o una simple experiencia que podrías haber vivido con cualquier otra persona.

Podría terminar aquí el relato y dejar la impresión de que no soy más que un exigente frustrado que no sabe lo que quiere, un sabidillo con una intención oculta -puede que simplemente de autocomplacencia-, o alguien triste y plomizo, demasiado habituado a los sinsabores de la decepción por una vida cargada de sueños y esperanzas. No lo haré, aún falta la última mirada, esa que tanto se resiste pero que, por sí sola, justifica una vida.

Sé que sentiré indiferencia. Indiferencia hacia la totalidad de un mundo, hacia las experiencias de una vida, hacia los baches de un pasado o los miedos de un futuro. Sólo habrá cuatro ojos y una mirada que me absorberá por completo, un agujero negro en el que morirá mi antiguo yo y del que surgirá algo diferente que desconozco y no soy capaz de imaginar.

Llegará el desprecio a una realidad que ya no me representa, a mi supuesta experiencia. Leeré de nuevo las frases de mi pasado y renegaré de mí mismo, de lo que fui, de lo que pensé. La historia es un progreso de pequeños pasos, este amor es una realidad paralela que arrasa con todo lo que había y abre un camino completamente desconocido.

Es inevitable, seremos fanáticos los dos. Nos sentiremos, individualmente, inferiores a una realidad dual que llamaremos pareja. Un ideal superior a nosotros, del cual seremos parte, sintiéndonos mejores de lo que éramos sólo por pasar a ser uno. Cuatro ojos, una mirada.

Sentiremos afinidad hacia las realidades compartidas, pero también, de un modo u otro, las cosas que sólo eran afines a uno de los dos pasarán a serlo de la pareja. Nos completaremos.

Surgirán la curiosidad y la esperanza. Curiosidad hacia la nueva realidad creada, pero sobre todo, hacia un futuro compartido que desde aquel preciso instante, será diferente.

Finalmente, todo el proceso estará regido por la empatía, instantánea y automática que surgirá entre los dos. Puede que ya nos conociéramos, o que seamos completamente desconocidos, pero desde ese momento sabremos diferenciar lo que es la empatía, de algo infinitamente superior al simple conocimiento de la otra persona, es convertirse en una única realidad formada por dos personas, una única mirada hacia un mundo cargado de esperanzas.

Soy realista y sé que es posible que no encuentre jamás esta mirada, pero también me alimenta el sueño de que ese par de ojos, de color desconocido, se encontrarán con los míos en algún momento, en algún lugar.

“Esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado“.

Gabriel García Márquez

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Momentos vitales

Ayer estuve presente en uno de esos momentos mágicos que te regala la vida. Son breves, intensos, y terriblemente escasos por nuestra incapacidad manifiesta de saber apreciarlos. Pero cuando se alinean los planetas y eres capaz de salir de tu pequeño mundo, puedes llegar a percibir que sí, que la vida puede ser maravillosa.

Eran las cuatro de la tarde de un viernes, en el metro se veían centenares de rostros cansados pero imbuidos de esperanza ante el inminente fin de semana. El silencio era sepulcral, apenas roto por el chirrido de un frenazo continuado al llegar a la estación de Alonso Cano.

Subió en el tren una mujer, morena, de media altura, con un rostro agradable. Latina de descendencia por ese color tostado tan saludable, y sobre todo tan llamativo en aquel mar de palidez de oficina.

Tenía la mirada fija; bueno, todos en aquel vagón la teníamos; pero ella no mirada al suelo para abstraerse de la aglomeración, de las miradas indiscretas, de los pensamientos ajenos. Ella miraba a un hombre, también moreno pero de tez mucho más blanca que ocultaba bajo una barba espesa. Estaba apoyado en el medio de dos vagones, es aquella plataforma de aluminio y plástico en la que es imposible mantener el equilibrio por mucho tiempo.

No creo que fuese por la conversación insustancial de la última noche, o por el casto beso, o sí, ¡qué diablos!, pero lo cierto es que la química entre ambos era tan palpable, que todos los que estábamos alrededor nos vimos forzados a mirar hipnóticamente.

El libro de Chaucer bailaba lánguidamente en mis manos, era incapaz de leer, me vi forzado a atender con todos mis sentidos a aquello que estaba ocurriendo justo a mi lado. Y quizás eso fue lo más especial, que no era nada del otro mundo, nada extraordinario, sólo una pareja hablando sobre cómo iban a ir vestidos a una fiesta de carnaval. Y no era el único, todos los que estábamos cerca mirábamos con la misma mirada bobalicona, con la sonrisa cargada de complicidad y ternura, todos fuimos capaces de apreciar aquella explosión de vida.

Cuando bajaron del tren en Islas Filipinas, volvimos a nuestros mundanales quehaceres. Fue una sensación extraña, echaba de menos a aquellos desconocidos pero me sentía extrañamente feliz.

Probablemente ambos jóvenes no fuesen conscientes de nada, pues para ellos, todo el universo giraba en torno a la persona que tenían delante. Hablaban en un tono normal, sin cuchicheos por el silencio del metro, se profesaban muestras de cariño sin importarles lo más mínimo la opinión ajena. Irradiaban una felicidad mayúscula por algo tan simple y sincero como una relación de pareja.

Aquel viernes cinco de febrero no cayó el muro de Berlín, no se declaró el fin de una guerra y ningún equipo ganó mundial alguno, pero sin embargo, todos los presentes no podremos olvidar el júbilo contenido por ese momento tan mágico que nos regaló esa pareja. Sí, la vida puede ser maravillosa.

“Ningún día es igual a otro, cada mañana tiene su milagro especial, su momento mágico en el que se destruyen viejos universos y se crean nuevas estrellas.”

Paulo Coelho.

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Polillas de una única vela

Ahí está, ¿cómo es que no lo ves? ¿Acaso eres un ignorante, un inútil o un cobarde? Ven conmigo, ahí la tienes, alumbrando nuestro camino. No escuches a aquellos fariseos, aquí está la verdad, la única verdad, la única que necesitas. Ven y alúmbrate, adquiere un sentido a tu vida de oscuridad. Sé, no pienses, actúa. Yo seré tu luz, y tú, una polilla de una única vela.

¡Qué fácil resulta entregarse al camino marcado! Está desbrozado y libre de piedras, mientras lo sigas, serás uno más del rebaño, un miembro protegido por la manada, una persona íntegra. No bordees los límites del sendero, porque aquellos que acompañan tus pasos, te conminarán a volver a lo correcto o te expulsarán definitivamente a la negrura. Estarás sólo, sin la luz del líder que te guíe. Una polilla sin su luz, un ser sin sentido. Miedo, debes sentir miedo.

En la ciencia, cada hecho tiene una verdad absoluta; en lo humano, hay tantas verdades como personas, y generalmente muchas más. No, no lo pienses. Sigue el camino que te están ofreciendo, ellos ya erraron, tienen la experiencia; seguir sus pasos, voces y consejos es lo más sabio. Confianza, ¿acaso no confías en mí? Yo que tanto te he ofrecido, que tanto te he enseñado. He dado sentido a tu existencia. Si te vas, si no crees lo que yo, vete, serás un enemigo de la verdad, un infeliz, un miserable, un innombrable. Quédate y vive, dame tus alas y ya me encargaré yo de abrirte camino, de enseñarte lo que debes saber. Pregono.

Una polilla sin alas, un hombre sin cerebro, seres vacíos, carentes de esencia. Dóciles borregos. Acobardados por el temor infundido, desarmados ante mi lógica. Ya conocen la verdad, mi verdad. Sólo queda evitar que se descarríen, darles un lema y una identidad en la que se sientan seguros; quizás simplemente baste con apelar a su miedo, o puede que tenga que nombrar las más rimbombantes metas, defender mi moralidad o defender mi ideal intelectual o la libertad. Mis caballeros, mis profesores, mis soldados. Mis súbditos.

Una vez que se forme el ejército, la verdad del líder se convertirá en axioma. Engalanado en oro, el fulgor de su vela será ya un sol abrasador. Y las polillas, descarriadas sin sus alas, sólo tendrán como salida acercarse cada vez más a esa energía hasta quedar consumidas por su mensaje.

Para cada hecho, seguimos una única luz. Somos engendros llenos de aristas, seguidores de velas con mensaje contrario, incapaces de relacionarlas en toda la esfera de nuestra vida. Así, podremos defender ideas contrapuestas en el mismo discurso. Mensajes de amor para unos, de odio para otros; ideas de libertad y hechos de esclavitud,… Incongruencia. Nos justificaremos apelando a que somos humanos.

Mientras, otros, probablemente desechos de otros caminos, serán capaces de alzar la vista y ver varias velas en vez de una sola. Cogerán lo que crean conveniente de unas y otras, y forjarán su propia verdad. Conscientes de que lo que tienen no es lo único, podrán aunar varios hechos, varias ideas, sentimientos y pensamientos para continuar forjando una vela que no para de crecer para dejar atrás el ideal y convertirse en un estilo de vida. Éstos serán hombres, y los otros…, los otros…, polillas de una única vela.

“Quien no quiere pensar es un fanático, quien no puede pensar es un idiota, quien no osa pensar es un cobarde”.

Francis Bacon.

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No importa el mañana

En nuestro mundo del hoy no importa el mañana. Nuestra sociedad está enfocada hacia un presente inmediato, hacia un ahora que sin darnos cuenta se convierte en pasado. La alta rentabilidad con escasos recursos obceca a los que viven en el día y tortura a los que creemos que ese coste de oportunidad es demasiado alto.

Construimos castillos de arena que sabemos que más pronto que tarde se llevará el viento, temerosos por el alto costo de la sólida roca. Pero poco importa, pues ante la desolación, volveremos a construir con arena una y otra vez en un incansable bucle de conformismo. Según Herodoto, la Gran Pirámide de Guiza tardó en construirse veinte años, por no hablar de las generaciones de las catedrales europeas. El coste de realizar estas colosales construcciones fue atroz, el coste de oportunidad de no hacerlo es simplemente incalculable. ¿Cuánto durarán los rascacielos?

Gobernamos mediante decretos y pactos, hemos desechado el rango de ley. Los parches de hoy serán arrancados por el siguiente, un eterno tira y afloja que ha generado tal laxitud en el electorado que apenas lo llamamos interés. La alta rentabilidad política de un apretón de manos fotografiado durará quizás unas semanas, el coste de oportunidad de seguir alimentando un nacionalismo puede ser inconmensurable. Si cambiamos de cliché y cogemos el clima, qué difícil llegar a un acuerdo de mínimos entre todos los países… Debe ser altísimo el coste de cambiar todas las fuentes de energía de un país como China, probablemente inasumible, pero, ¿cuál es el coste de tener a tu población enferma?

Lo que asusta no es el hecho de que una sociedad esté tomando continuamente el atajo, es que dicha sociedad es un reflejo del hombre que la compone. Nos estamos convirtiendo en entes efímeros.

Si un libro no se convierte en un best seller a las pocas semanas será un cadáver. Igual que una película o una obra de teatro. Ansiamos la viralidad, cinco minutos de gloria que volarán como un suspiro antes que una vida de trabajo que dejará un legado. Si ese artista que busca la obra de arte, no adquiere el reconocimiento de su trabajo, ¿para qué aguantar el sufrimiento que conlleva? Pero, ¿cuál es el coste de oportunidad de tener una canción del verano en vez de la novena sinfonía?

Si en el mundo del arte, el reflejo de los sentimientos del hombre, está afecto de este mal llamado inmediatez, ¿qué ocurre con la forma de sentir? La satisfacción momentánea de un amor pasajero frente al camino pedregoso de un amor duradero. ¿Qué ganará? Aunque la lógica nos dicte que la felicidad producida por un amor de toda una vida basta para justificar la existencia, la práctica nos vuelve más mundanos. Cuando se extingue la pasión y el enamoramiento y llega la realidad, el romanticismo se convierte en polvo que vuelve a una tierra que germinará de nuevo. ¿Construiremos nuevas realidades junto a esa pareja conocida? ¿Nos esforzaremos en busca de ese amor? ¿O buscaremos la sencilla pasión de la novedad? Una vez más la práctica aplasta la lógica, el papel vence a la piedra, la inmediatez a lo eterno. Vivo con miedo a que las relaciones humanas se conviertan en una satisfacción de lavabo público.

Y así, sin más, he construido un relato. Algo breve que apenas estará en vuestros pensamientos unos minutos. Temo no haber sido lo suficientemente conciso porque a pesar de que este texto sólo tiene una idea, muchos no leerán más allá del primer párrafo. Construiría un ensayo, pero sólo tengo un artículo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Ceñirme a una cita? Qué irónico, mientras intentaba rematar ese párrafo he sido consciente de cuál es el coste de oportunidad de un hombre, y no es otro que la pérdida de los sueños, la pérdida de la esperanza.

La gloria vale lo que el perfume de una rosa, únicamente es eternidad el tiempo que amamos.”

Henri de Régnier.

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Imagen: Grafton. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

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Hipocondriacos emocionales

Cuando a una persona se le amputa un miembro, puede llegar a sentir esa parte perdida mucho tiempo después, ese síndrome del miembro fantasma es el denominador común de los hipocondriacos emocionales.

No estoy hablando de adolescentes en busca de su primera gran historia, ni de confundir pasión con enamoramiento, o confort con amor. Hablo de algo mucho más profundo y tétrico, hablo de una amputación de un sentimiento, de cómo los hipocondriacos emocionales sintieron que les arrancaban un amor latente en su momento de mayor pureza.

Todos tienen en común el mismo drama. Un amor que nacía, que emergía de lo más brillante de sus almas. En pleno apogeo de vida, la raíz fue cercenada. Quien no lo ha sufrido puede creer que el dolor pasa con el tiempo y las lágrimas, pero quien lo conoce, sabe que una vez que pasa el duelo llega el auténtico dolor, la asfixia de  una soledad rampante, la agonía por un sentimiento extinto.

Puede que el hipocondriaco no sea consciente, pero su instinto de supervivencia sí que lo es. Sabiendo que esa ausencia de vida sólo puede significar la muerte, se lanza a buscar su miembro fantasma. Ya paladeó las mieles del amor, el éxtasis que le transmitió, la felicidad que aún no se ha visto frustrada por la rutina. Son yonquis del amor, dependientes de un recuerdo propio, esclavos de su pasado.

No importa lo más mínimo la identidad de la persona que provocó la catarsis, lo único importante es lo que sentía el hipocondriaco justo antes de la dolorosa operación. Ésa es la ambrosía, esa es su meta. No parará hasta encontrarlo, y precisamente por eso, nunca lo encontrará.

Los hipocondriacos son armas de doble filo. Se lanzarán poco posesos ante la más mínima brisa que recuerde a su amor perdido, olvidando los convencionalismos, serán adalides del amor: los más fieles amantes, los más románticos, los más detallistas. Pronto se convertirán en la pareja perfecta. ¿Por qué? Sólo están siguiendo una senda que comenzaron hace mucho tiempo, que se fraguó más lentamente y con una persona diferente. Harán todo esto, no por la persona a la que dicen amar, sino por ellos mismos, para volverse a reconocer, para recuperar aquello que les fue extirpado. Cuando algo, por muy nimio que sea, se diferencie lo más mínimo de esa situación primigenia, el hipocondriaco huirá, porque por pequeña que sea esa diferencia, para ellos los vientos habrán cambiado definitivamente. Abandonarán a esa nueva pareja sin miramientos, y volverán a su búsqueda continua.

Los hipocondriacos, si no ha llegado a fraguar el amor en la otra persona, dejarán un breve aunque dulce recuerdo; si el amor llegó, será cercenado igual que fue el suyo, generando nuevos hipocondriacos o diferentes tullidos emocionales.

Probablemente sea uno de los personajes más dramáticos que conozco. Están sedientos de amor, pero ningún amor les sacia. Ellos ya están muertos, no desean dañar porque conocen bien el suplicio, pero con sus actos de desesperada supervivencia, son la guadaña de la muerte. Ansían ser Romeos o Julietas, pero sólo serán Capuletos o Montescos.

Sólo existe una salida, ser conscientes de que aquello que se fue, jamás volverá. Que lo que creías tuyo, realmente no lo era, aunque fuese tu sonrisa o tu esperanza. Y una vez aquí, ya sólo queda la nada.

La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente.

Albert Einstein.

Autor: Abzurdo

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Prohibido

Cada día lo oigo más a menudo, ya sea en las arengas políticas, en los últimos desmanes de un gobierno inútil, o en las vivas tertulias de un bar. Lo escucho en la rabiosa voz de una madre hablando de su hijo, e incluso lo tenemos pintado en carteles por toda la ciudad. La repercusión de las redes sociales no hace sino potenciar un problema de base.

Estoy parado, me he quedado helado, igual que un ideal revolucionario que se extingue por la inoperancia de quienes deben defenderlo. Fue hace horas, pero no logro olvidarlo, la estridente voz de esa madre se repite en mi cabeza como el eco de una tortura.

-Deberían prohibir….

Deberían prohibir. Palabra maldita: prohibido. Cada vez que la escucho siento que un pedazo de una civilización de miles de años se extingue en la nada, una nada que ha provocado la desidia de occidente. Cada vez que oigo la palabra prohibido noto como la fuerza que ha forjado Europa llora su propia ausencia. ¿Dónde está la libertad?

La prohibición es la última barrera que tiene un ordenamiento antes del caos. ¿Prohibir? ¿Qué queremos prohibir? Si hemos llegado hasta el punto de necesitar una prohibición es que hemos fracasado, todos nosotros. Esto nada tiene que ver con un político, con una secta o con un abuso. Los que hemos fallado somos tú y yo. Gozamos de la libertad, pero nunca hemos sido responsables de ella, como una amante que ha visto la miseria de nuestra existencia, nos abandona a la suerte de la última prohibición. ¿Qué hay detrás? El caos.

Un mal conceptuado libertinaje es el parásito de la verdadera libertad. Obtuvimos libertad sexual y la hemos convertido en un mercadeo. Obtuvimos libertad de palabra y la viciamos hasta convertirla en un arma arrojadiza. Obtuvimos libertad de credo y optamos por no creer más que en nosotros mismos. Obtuvimos la libertad de la propiedad y la convertimos en la religión mayoritaria. Obtuvimos libertad de gobierno pero nunca nos hicimos cargo de esa responsabilidad. Obtuvimos libertad de cátedra y la abandonamos a la manipulación.

Tuvimos las armas para hacerlo, el momento y la voluntad acompañaban. Pudimos educarnos en libertad, pero hemos fracasado. Pudimos buscar la utopía de una sociedad en la que no hiciese falta prohibir, pero tú y yo, tus padres y los míos, nos hemos cargado un sueño tan humano como la libertad. Hemos perdido aquello que nos hacía precisamente humanos. No, no lloro la ausencia de la libertad, lloro su muerte.

Cuando la complejidad normativa de un ordenamiento se multiplica, es que éste está dando sus últimos estertores. Así, poco importa que esa madre prohíba a su hijo lo que sea en vez de generar una enseñanza, que el vecino se crea más listo que nadie por no pagar la comunidad, o que el político esté cobrando en B. Prohibamos, prohibamos hasta convertir el orden en un caos, vallemos hasta perder nuestra libertad de movimiento. Generemos nuestro propio apocalipsis porque quizá, después, nos dediquemos a buscar esa libertad perdida.

La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.

Manuel Azaña.

Velas

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¿Dónde Estás?

¿Dónde estás? Siento que este juego del escondite ha dejado de tener gracia. Cada paso que doy en tu búsqueda es un golpe más a mi corazón. Me estoy quedando sin aire. He llegado al límite de mi agotamiento físico y mental. Pero no desisto.

¿Dónde estás? Cada día me cuesta más levantarme de la cama. La esperanza se va agotando tras la inquebrantable erosión del destino. No sé si me quedan fuerzas. El hueco entre las sábanas es tan grande que va a engullirme definitivamente. Ven conmigo, dejemos de temer a la oscuridad.

¿Dónde estás? En las cenas con los amigos siempre soy el número impar. Ver la silla vacía enfrente de mí es un recuerdo constante de una búsqueda interminable, de una soledad que me ha acompañado demasiado tiempo. Estoy deseando compartir el postre.

¿Dónde estás? Buceo entre las miradas perdidas del metro buscando esa chispa que me indique que mi búsqueda ha terminado, que nuestra vida por fin va a comenzar. Entre ausencias y legañas soy incapaz de encontrarte. A veces camino por el campo en la inmensidad de la noche, busco esa señal, esa estrella que me indique un camino que mi emoción no ha sabido encontrar. Vuelvo solo y muerto de frío, pero aún siento cómo la esperanza, aunque pequeña, continúa calentándome.

¿Dónde estás? Quiero dejar de tener miedo a compartirme, a ser conocido, a volverme vulnerable. Paseo por las calles abarrotadas esperando cruzarme contigo a la puerta de un café, reír unas frases ingeniosas y tomar un enorme caffe latte que llamemos nuestro, para que desde entonces peleemos para buscar una canción perfecta que nos haga de banda sonora a ese mágico momento.

¿Dónde estás? En este mundo pensado para dos, tú y yo seremos la unión de dos unos, un uno perfecto, un uno redondo. Convirtamos las lágrimas en alborozo, los temores en fortalezas, la soledad en intimidad, nuestra cama en un secreto.

Me aterra pensar que mi obsesión no coincida con la tuya, que quizás, en mi propia búsqueda, en mi movimiento constante, no perciba que quizás sea yo el buscado. Prométemelo. Nuestros caminos no serán paralelos, tenemos que encontrar el momento exacto de cruce de destinos.

En esta fría noche, una vez que he gritado al cielo mis inseguridades, he recuperado el aliento para salir una vez más en tu busca. Sé que es posible que no te encuentre, probable que huya sólo, y seguro que me dormiré pensando en que al día siguiente será el primero en el que por fin abandone mi última esperanza. Pero eso será mañana. Hoy, no puedo evitarlo, saldré a por ti. El destino nos lo debe.

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Vehículo de emociones

En este octubre perpetuo que llamamos vida, enclavados entre la esperanza de un calor que ya ha pasado y un frío que se aproxima, tenemos una responsabilidad con el mundo para ser el rayo de esperanza que obligue a pensar que la primavera volverá a venir. Cuando más gris me siento y más nubes emborronan mi alma, más necesito buscar esa luz que me ilumine y emocione.

Soy un adicto a los vídeos de talento que pueblan Youtube. Poco importa que se trate de una voz angelical, de un pintor de arena o de un deportista extremo, todas esas imágenes y sonidos sólo tienen un punto en común, incitan al que los ve a creer que somos mejores de lo que nosotros mismos pensamos.

Siempre he considerado el arte como un canal de emociones, por eso me es tan difícil encasillarlo en las clásicas siete representaciones. Un artista no es aquel que pinta, sino el que es capaz de transmitir una emoción con su pintura, o con su baile, o con su voz en una conferencia, o demostrando una ecuación imposible a un aprendiz ilusionado. No existe un canal, sólo un emisor, un receptor y un mensaje de emoción.

Por eso estamos en la obligación moral de desarrollarnos, de transmitir, de emocionar. Todos hemos sufrido decepciones que minan la autoestima, que nos hacen dudar de nosotros mismos. Las nubes siempre acechan, a veces en las voces de los más próximos. No vales, no llegarás, esto no es excepcional. ¡Y una mierda!

No existe la ciencia infusa, sin una transferencia de una emoción, ningún genio llegará a conocer aquello para lo que está destinado. Si Mozart  nunca hubiera oído una canción, jamás se habría dedicado a la música, ni Velázquez a la pintura, ni Jordan al baloncesto, ni Einstein habría descubierto absolutamente nada. Todos ellos tuvieron un primer contacto que les emocionó y les hizo decantarse por diferentes parcelas, pero nadie recordará jamás quién fue el impulsor de aquellas genialidades, quién fue el primero en hacer sentir esa emoción.

Tenemos una responsabilidad como raza. No todos llegaremos a la cima de nuestros talentos, pero debemos desarrollarlos y compartirlos. En el ingente entramado del destino, puede que unas míseras palabras en un blog inicien una trasmisión de emociones, un escalado que termine en un nuevo Cervantes.

Como seres humanos no tenemos límite, como individuos sí. Cuando sientas que vas a caer, busca ese rayo ajeno, esa emoción compartida y transmite la tuya. Salta si es lo que quieres, baila, grita, escribe, canta, monta en bicicleta, ¡desarróllate! No existen los sacos rotos en lo que a emociones se refiere. Somos grandes, y todo parte siempre de un único individuo.

Aquí dejo estas palabras, mientras intento desarrollar mi talento busco esa emoción perdida. Yo la sentí gracias a una niña que cantó O Mio Babbino Caro en uno de esos programas de talento. Se me agarrotó la zona entre el estómago y el corazón, donde reside la esencia de las emociones. Aún no me ha abandonado y por eso escribo este texto para convertirme en un vehículo de esa emoción. Yo he cumplido mi obligación, ahora que me has leído, ¿qué vas a hacer tú?

“Cuando llueve comparto mi paraguas, si no tengo paraguas, comparto la lluvia.”

Enrique Ernesto Febbraro.

Autor: Abzurdo

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El abuso del uso

Me gusta navegar por Facebook, lo utilizo como un sondeo de opinión. Una vez que eliminas los vídeos de animales, las fotos de grandes viajes y aventuras y los chistes de media sonrisa, puedes encontrar alguna joya. Generalmente son artículos de blogueros o directamente sacados del periódico. Siempre llevan un comentario del usuario indicando su opinión sobre el tema. En este caso voy a centrarme en el de una conocida que criminalizaba el uso de Tinder mediante un vistoso “puaj” en su perfil. El artículo criticaba el uso de esta aplicación usando el ejemplo de usuarios, que utilizaban esta herramienta como método para buscar un polvo; después de un par de pinceladas de intelectualismo con la paradoja de la elección, aderezaba el regurgitado con una pizca de malas experiencias, una sugerencia de violencia de género y por supuesto una mención a su creador, imputado por acoso sexual. El cóctel explosivo ya estaba listo para generar rechazo a todo lector.

Cosas de periodistas, abusando de su evidente empatía y de un dominio de las formas de expresión, ha conseguido generar una opinión. Como escritor digo: ¡bravo!, pero como ser humano, me apesta la subjetividad mostrada, la superficialidad para generar una antipatía hacia una herramienta que no es más que eso, una herramienta. Si queremos criticar un abuso, como parecía ser la intención del articulista, hagámoslo, pero el uso no es el abuso, si acabamos con el segundo, acabaremos también con las bondades del primero. Aquí es donde falla el artículo, abusa de su condición de generador de opiniones en vez de usarla. ¡Qué humanos somos todos!

Os resumo rápidamente la moraleja del artículo: Los que usan Tinder están abiertos a malas experiencias, porque esa aplicación está llena de acosadores y gente deshumanizada que ante tantas posibilidades de elección, no saben realmente qué elegir y entran en un bucle de elecciones incorrectas y falta de compromiso, algo que tú, lector, debes sentir como triste y asqueroso.

Me encantaría que la firmante del artículo, antes de publicar este aspersor de bilis, hubiese hablado con mis amigos Juan y Surya. Se conocieron por Tinder, hoy, dos años después, continúan juntos y cumpliendo con todos los rituales sociales de afianzamiento de una relación: unión de amigos, conocer a la familia; acudir juntos a viajes, bodas,…, en fin, el pastel completo. No abusaron de Tinder (como todos los ejemplos del artículo), lo usaron como herramienta de búsqueda de un ideal que resultó ser común. Lo mismo que otros que, siendo menos tecnológicos, seguimos haciendo en bares y eventos. ¿Criminales? Según el artículo: sí.

Ya que menciono los bares hablaré de un conocido Don Juan. Este personaje usa los bares como cotos de caza, como supermercados en los que servirse de una nueva elección que le bastará para saciar instintos pero jamás esperanzas, en una búsqueda continua de una elección perfecta que, me temo, no llegará nunca. ¿Estamos ante la paradoja de la elección? Por supuesto, pero para la articulista puede que no, ya que este Don Juan no utiliza Tinder. Puede que abuse de la confianza de las parejas, de sus sueños, de sus ideales o simplemente del efecto que su presencia genera en el sexo opuesto. Él no usa un bar para relacionarse, abusa de él y de los tertulianos para su mera satisfacción sexual. ¿Criminalizamos entonces los bares por ser la herramienta utilizada por este tipo?

La opinión es algo intrínsecamente humano. Todos podemos utilizarla, pero a veces, olvidamos la responsabilidad que eso conlleva. Si se quiere informar al lector, para que genere una opinión, no caigamos en el abuso de la palabra, en la manipulación, en aquello mismo que pretendemos criticar. La opinión es humana, exclusivamente humana. Una aplicación como Tinder no puede ser mala o buena, sino sólo las actitudes que toman las personas que la utilizan. ¡Qué humanos somos todos!

Precisamente por ello, me permito el lujo de criticar este artículo. No está pensado como herramienta para que yo, lector, me forme una opinión basada en la objetividad; es, como todo aquello que tiene una intención oculta, un abuso de mi confianza. Un intento de manipulación de mi empatía, quieren que sienta asco hacia Tinder, quieren que lo publique en mi Facebook, que hable de ello para generar más vistas, más visibilidad y a la postre, en fin…, no quiero seguir.

No quisiera ser yo también un abusador de opiniones, por lo que colgaré el artículo de la periodista así como otro diferente, basado en el uso y no en el abuso, de otro periodista que simplemente relata sus experiencias con Tinder para que sea el lector el que opine. Como también soy humano, también critico, este artículo usa Tinder como herramienta para contar su historia, pero es objetivo, deja la subjetividad para los lectores en un verdadero ejercicio de escritura, respeto al lector, y responsabilidad con la palabra.

Finalmente, la opinión personal: nunca seré un usuario de estas aplicaciones, pues me gusta demasiado el contacto visual, casi físico, de una primera mirada con la persona que puede ser la dueña de tus sentimientos. Seguiré siendo el tonto romántico que suspira por un encuentro casual, por la química inmediata, por el embotamiento de un amor instantáneo. Jamás usaré Tinder, pero no criticaré a los que lo hagan; lo que sí haré será criticar el abuso, ya sea en esa aplicación, o en un medio como El Mundo.

El generador de esta opinión: Cómo Tinder acabó con el amor.

http://www.elmundo.es/papel/todologia/2015/10/06/56125420e2704e07638b457a.html

El artículo alabado: Mis 50 noches Tinder

http://www.elmundo.es/cronica/2015/08/16/55ce127246163fac648b4584.html

Aquello que no es raro, encontradlo extraño. Lo que es habitual, halladlo inexplicable. Que lo común os asombre. Que la regla os parezca un abuso. Y allí donde deis con el abuso, ponedle remedio.

Bertolt Brecht

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Losuno

Tengo el privilegio de poder ver cada mañana, cuando aún estoy masticando la tostada y dando los últimos sorbos del café, a uno de los tipos de pareja más buscados por los solteros ad eternum, todos lo hemos soñado, a veces imaginado y muy pocas veces conocido. Se anhela tanto su imagen como el calor en pleno invierno, tanto se sueña, que de mito han pasado a ser una leyenda inalcanzable. Hoy voy a hablar de: losuno.

Losuno son un tipo de pareja envidiable, en la que no existen fricciones entre los dos miembros, en las que su unidad es tan fuerte, que nos cuesta diferenciar entre uno y otro.

A pesar de lo que los siglos de literatura romántica nos han ofrecido, y más recientemente expresiones como “media naranja” nos recuerdan incesantemente, losuno se crean, no nacen así. No existe otra pieza del puzle con la que encajes a la perfección, lo que sí han descubierto losuno, es cuáles de sus aristas son innegociables y cuáles se pueden diluir como un azucarillo. Es una unión que vista desde fuera parece perfecta, pero cuya realidad es que en los puntos fuertes de uno, el otro tiene una posición amorfa para adaptarse, y viceversa.

Con ellos, no existe el singular. Losuno serán siempre nosotros, y el resto vosotros o ellos. No existe ningún tipo de individualidad en la pareja. Si hablas con él, lo estás haciendo también con ella. Poco importa que se separen miles de kilómetros, si usas un tema que aún no hayan debatido entre ellos, no habrá una opinión formada en la pareja hasta que lo saquen a comité.

No, no les creo. Cuando los miro no veo una granítica perfección. No veo el temple de una esfera sino una pelota de agua, amorfa, sin una posición definida y que, de lo maleada que está, ha perdido su esencia. No pueden regular sus menstruaciones, pero lo harán con sus deposiciones. Siempre enfermos a la vez, y presentes en un mismo cuerpo sea del sexo que sea. Y el sexo, sexo eficiente, tranquilo, perenne durante lo que dure la pareja, son un mar en calma al que jamás llegará la tempestad. Donde podríamos ver tranquilidad y paz, el poso de este café me deja sensación de aburrimiento.

No puedo evitarlo, en una vida cargada de emociones y sentimientos que se pueden compartir pero jamás duplicar, no soy capaz de aceptar la idea de losuno. No lo soy porque he visto cómo quedan estos miembros cuando la aparentemente perfecta pareja se rompe. Son manos derechas que no tienen su izquierda, whiskys sin hielo, macarrones sin tomate, realidades que han dejado de serlo, sólo son algo a medias, quizás, ahora sí, sería el momento de llamarles “media naranja”.

En esta realidad que no conoce la irrupción de la duda, una mísera mella de la unión al vacío que comparten provoca un tsunami de proporciones colosales que arrasa con todo lo construido. En un segundo todo se termina y no queda nada, bueno, sí, esos seres amorfos que una vez fueron personas.

Si ella reía a carcajadas, ahora, cuando todo ha finalizado, cada vez que ría esperará oír la risa de él de fondo. Si él tenía una opinión formada sobre cualquier tema, ahora será incapaz de expresarla por no ver la mirada de asentimiento de su otro yo. Lo que antes eran personalidades fuertes son ahora seres endebles que no confían en la fuerza de su paso, han olvidado lo que es la individualidad, si se les coge intentando ayudarles, se le escapan a uno entre los dedos por el estado líquido en el que han quedado sus almas. Lo que uno fue, lo que uno construyó y unió al otro, ha quedado también eliminado.

Tendrán que empezar desde cero, embargados por sus temores y anhelantes de encontrar rápidamente otra pareja que reafirme sus miedos. Si así ocurre, serán eternos dependientes de una realidad que ya no es suya, sino del otro. Perros que obedecerán a su amo sólo por sentir la caricia, puntual y pasajera, de un amor que creyeron que era el soporte de sus vidas cuando, en realidad, el único soporte eran las concesiones de una personalidad única hacia el todo amorfo que llamamos losuno.

“Lo indivisible es efímero, sólo mediante la negociación de voluntades se llega a un todo duradero.”

Anónimo

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La libreta de Nacho

Quizás debería dejar de insistir, dejar de intentarlo…, o simplemente olvidarme de buscar comprenderlo. Cada vez que le pregunto a Nacho porqué no ataca con el óleo o la acuarela me hace un mohín, niega cansado y olvida rápidamente lo que le estaba diciendo.

Se queda ensimismado, sujeto por su propio intelecto. Los ojos se mueven febriles de un lado a otro, en pleno electroshock de sus niñas comienza a ver imágenes como si de un cinematógrafo se tratase. Sucesiones infinitas de secuencias que ha visto, que ha imaginado o que ha intuido se entremezclan entre sí hasta que el almizcle es de su agrado. Entonces, y sólo entonces, su mano comienza a dibujar.

Cuando está en aquel estado sé que me voy a quedar definitivamente sin respuesta. Sólo puedo observarle, ver cómo, cuando parece que la mano va ralentizando su furia, alza la cabeza en busca de una bocanada de inspiración, todo porque un detalle que mi ojo no llegará a percibir jamás, el suyo lo distingue como algo que hay que cambiar si no se quiere estropear el equilibrio de la obra.

No, no le interesa el óleo. Probablemente no llegue a hacer jamás una exposición en un gran museo, y cuando muera, sólo serán sus descendientes los que se peleen por una obra que se usará para el recuerdo de una persona, no con un fin comercial. Lo que confundí en un principio como falta de ambición es algo mucho más profundo y que sólo unos pocos como él son capaces de comprender. No es falta de nada, es amor hacia una idea, lealtad hacia la imagen que inventa su cabeza, es amante de su ingenio e inventor de dibujos, de pinturas y sentimientos.

No, no lo entenderé jamás. Pero cuando le veo la mirada de orgullo al ver terminado su dibujo, me pregunto si yo llegaré a sentir algo así. En esos momentos creo que estoy más cercano hacia un arte del que apenas puedo decir si es bonito o feo, o si me inspira o no. Me siento torpe al intentar hablar sobre un cuadro o un boceto al carboncillo, soy inútil para diferenciar las técnicas pictóricas de la paleta de un genio.

Entonces lo veo por primera vez. Olvido al pintor y me fijo en lo que acaba de dibujar mientras esperábamos la cuenta en un café en Roma. No lo venderá, pero aquel regalo será para el que lo vea mucho más importante que unos cuantos euros. Si germina en él un sentimiento, una idea o un recuerdo, no existirá dinero suficiente para pagar la pequeña obra que ha realizado Nacho en cinco minutos con un portaminas. O no, puede que simplemente lo considere bonito. Me fascina la incorpórea subjetividad.

Puede que no lo entienda, pero con esas pequeñas muestras de genialidad sólo puedo cerrar los ojos, esperar que me invada una sucesión de imágenes y suspirar porque mi mano sea capaz de mostrar lo que sólo capta la imaginación de un pintor.  No pude evitarlo, tuve que fotografiar su viñeta y no a él pintando, es mi forma de respetar la intimidad del artista que, simple y llanamente, fotografía con la mente para plasmar sobre el lienzo.

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Árboles vivientes

Escribí el otro día sobre los nómadas de sentimientos, como todo extremo, tiene otro completamente diferente pero, en esencia, no deja de ser lo mismo. Se trata de un personaje más común, icono de la reflexión, campeón de la meditación y de las listas de pros y contras; tan perenne como el tiempo, y sin embargo, tan estanco como un charco que sólo espera a consumirse.  Se les puede ver en la barra del bar, con las patas de un taburete viejo a modo de raíces, aguardando algo que no llegará nunca. Son los árboles vivientes.

Toda gran obra lleva aparejada un tiempo de construcción, desde la volátil idea hasta el trabajo finalizado pasan innumerables momentos que cimentan un trabajo maquetado en la imaginación. Estos momentos significan tiempo, tiempo invertido en pos de un ideal, que no gastado en la futilidad de una improvisación.

Cuando los árboles se encuentran en los primeros pasos de una aventura, reflexionan. Escogen las mejores opciones para que la raíz del sentimiento asiente fuerte en sus corazones, para que luzca un follaje frondoso con que acicalar su intelecto. Lucen profundas ideas de réplica imposible, aderezadas de vastos conocimientos que como golosos frutos, usan en la mercadería de los consejos. Se les tiene por tótems de la sabiduría y el conocimiento en el tema en el que hayan decidido florecer, pero sin embargo, sus bellas flores son tan efímeras como un suspiro.

Abstrayéndose de los dichos de sabiduría con que polinizan sus alrededores, uno se pregunta si ese mínimo mecer de su copa es realmente flexibilidad o simple apariencia. Sí, pueden intentar aparentar movimiento, experiencia, vida, pero unas raíces tan profundas les impiden dar un mísero paso, no digamos saltar al vacío persiguiendo un sueño.

La profundidad de sus valores, cimientos o raíces es tal, que jamás podrán atisbar el otro lado de la montaña, avaros de su intelecto o su ética, no pretenden abrirse a un mundo que les rodea y al que temen, sino cambiar su entorno para convertirlo a su confort. Son esclavos de sus propias tradiciones, sombras de una única idea.

Se mostrarán verdes y sanos, pero en cuanto se rasgue mínimamente el tronco aparecerá la carcoma en forma de envidia hacia aquél que sí tiene la osadía de perseguir un sueño, o simplemente, dejarse mecer por un destino que le arropa con el cariño de una madre.

Probablemente nunca sabrán lo que es ver marchar un amor por el que has empeñado el alma, no conocerán el desamparo del que lo ha perdido todo, la desesperación por un sueño que se fragmenta, son incapaces de comprender la autodestrucción. Pobres… La vida es regeneración, cambio, destrucción y creación, lágrimas y alegría, dualidades que se retroalimentan. Jamás serán asolados, pero por eso mismo, no podrán crecer de nuevo.

Terminarán pudriéndose por dentro, aferrados a una idea que les dio fuerza para germinar pero que acabó por convertirse en el último clavo de sus tumbas. No abandonarán la relación convenida para buscar el amor convulso, excitante y apasionado; no conocerán ninguna cultura diferente que alimente la suya propia. Me cuesta darle un final a algo que, con algo menos de apego a la tradición, se podría haber convertido en grandioso. Me imagino al árbol viviente escuchando a Maná, irremediablemente sentado en la barra de un bar mientras espera que alguien acuda a salvarlo podando las raíces que le mantienen unido a su orgullo y miedo.

“En verdad no puedes crecer y desarrollarte si sabes las respuestas antes que las preguntas”.

Wayne W. Dyer

Imagen cedida por: Abzurdo

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