Te extraño

Ella sorbía distraídamente los últimos tragos del café, la cucharita le molestaba y le golpeaba la nariz. La chupó para que no cayese ninguna gota de café sobre el sofá, apuró de un último trago la taza y cambió de posición, subió ambos pies, uno de sus gruesos calcetines verdes se enredó con la manta blanca de Zara Home, algodón y grecas tribales, algo característico de su madre.

Cogió el móvil plantando el dedo gordo en mitad de la pantalla, desde que se le cayó haciendo senderismo en la sierra no se fía de sus reflejos, siempre ha sido un pelín torpe, nada grave, pero sí eran habituales en ella esos mínimos gestos que tanto enamoraron a Fermín. Quién se lo iba a decir después del infierno que le hizo pasar Guadalupe y su séquito en el colegio, era el pato mareado, la que nunca destacaba en deporte, la torpe; pues así fue como comenzó todo con él, un tacón  traicionero, una súbita caída bajando de aquella acera que parecía el Everest, un tobillo con una torcedura y una mano fuerte, una sonrisa y un súbito impacto en su instinto al ver el fondo de sus ojos.

Sonrió, no podía evitarlo cada vez que pensaba en él. Te extraño, le puso en Whatsapp. Sin vericuetos del lenguaje, sin emoticonos, sin ninguna artificialidad, simplemente lo que le salía en ese momento del corazón.

Se reclinó sobre el alto respaldo del sofá. Tenía las manos frías y no conseguía entrar en calor, le costaba pasar las hojas del grueso libro que tenía en el regazo, añoraba una manta de algodón blanco que siempre tenía en el apoyabrazos. No era suya sino de María, ahora las guardaba ausencia a ambas. Se frotó las manos. No era una sensación, hacía verdadero frío en su casa.

Ya se lo dijo su madre cuando la visitaron en aquella Navidad: la chica te está ablandando. Ahora percibía el frío, no como ella, siempre abrigada, pertrechada con calcetines de gruesa lana y su sempiterna manta de Zara Home. Se quedó embobado mirando su última novela, no se concentraba lo suficiente como para poder trabajar, igual que cuando ella se empeñaba en abrazarle y no soltarle, cuando le ponía la manta por las piernas y subía el volumen de la tele. Era imposible trabajar, pero sin embargo eran unos instantes de felicidad que no ha recuperado. Sonrió al recordar cómo resbalaba esa gota de saliva de la comisura de sus labios cuando se quedaba profundamente dormida, lo que solía ocurrir a los pocos minutos de subir el volumen de la televisión y de dejar el mando a distancia en un lugar al que no podía llegar sin despertarla.

Buscó el teléfono entre los cojines y papeles que tenía alrededor, escribió: Te extraño. Era parco, como siempre lo había sido, castellano, serio pero leal, si decía algo era porque lo pensaba realmente. Estaba vacío, y su caparazón rugoso, rígido y áspero en ocasiones, sólo podía rellenarlo María.

A las pocas horas quedaron en la puerta de la tienda en la calle Serrano, muchos recuerdos afloraron entre las estanterías de velas perfumadas y trastos de decoración, pero sólo uno salió de la tienda en aquella bolsa que enganchó María con su cinturón mientras se le caía un estuche de maquillaje: una manta blanca, tan cálida y luminosa como la esperanza.

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3 respuestas a Te extraño

  1. isabel dijo:

    Qué difícil es el amor y si la verdad…

  2. ruiseñor dijo:

    Calido como la manta y encantador

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