Metamorfosis del miedo

La vena de la sien se inflamó como una manguera por la que recorre el agua a su máxima velocidad, la cara se enrojeció y la garganta se expandió para que pudiese vomitar aquel torrente de imbecilidades. Un mísero comentario fue suficiente para derribar todos sus muros de falsa seguridad y encontrar a esa niña temblorosa que solo busca el abrazo de papá. Ante el miedo atroz a verse expuesta surgió la ira, y con ella los argumentos vacíos, los gritos y la estupidez.

Me esforcé por escucharla, pero sólo era capaz de oír los rebuznos y de darme cuenta de cómo esas manos tan femeninas se convertían en pezuñas. Lanzó varias coces en el proceso, algunas me alcanzaron y otras no, pero decidí marcharme en busca de humanidad. El miedo provocado por la ignorancia rebuznó una última vez ante mi huída.

Pocos días después coincidí en una fiesta con uno de los amantes de la técnica del escalón, esos que siempre deben quedar un peldaño por encima. Éramos tres: El superhombre, yo, y una mujer algo insulsa a la que todavía no había cogido el punto. Estaba aburrido de la acumulación de hazañas, por lo que decidí usar esa misma técnica con él. Si había viajado a un sitio, yo también lo había hecho pero durante más tiempo y viviendo situaciones más extrañas; siempre un paso más.

Dejó la cerveza y se dedicó a los cacahuetes, a vociferar, a golpear su pecho con más fuerza ante cada hazaña. Él veía una lucha de egos, yo sin embargo veía cómo sus pies parecían manos, cómo le salía cada vez más pelo en los brazos y cómo su actitud le iba convirtiendo en un gorila. En un arrebato de éxtasis se golpeó el pecho igual que Tarzán, gritando al mundo su masculinidad. El gorila veía una victoria sobre mi hombría, pero yo veía a aquel niño asustado en el colegio, ese que no conseguía destacar en nada y se inventaba historias inverosímiles.

Abandoné al gorila, no me interesaba nada aquel grito desesperado por miedo a la normalidad. Mientras me alejaba noté como la mujer me seguía. Anduvo al mismo tiempo que yo, cuando nos paramos a hablar asintió ante cada palabra que dije, aunque fuesen argumentos distintos. Siempre dispuesta, siempre cabeceando afirmativamente, siempre con la misma opinión que yo. Le enseñé algún argumento más mientras sus brazos se llenaron de plumas y su voz repetía mis palabras una y otra vez como un loro. El miedo a no socializarse y no emitir argumento alguno en contra es la técnica del loro, del que carece de personalidad en individual, o del borrego si hablamos de una manada política que agita banderas tras un atril.

El miedo nos embrutece, nos arranca la racionalidad transformándonos en pusilánimes animales. Soy incapaz de encontrarme con un ser humano, con sus miedos y su afán por superarlos, sólo encuentro miedos y escudos en forma de metamorfosis animal. La mujer que se ha estirado tanto por el miedo a lo que dirán de ella y que se ha convertido en un bicho palo. Los que tienen tanto miedo al cambio que se juntan en manadas para protegerse y siguen cruzando por aquel río infestado de cocodrilos. Los que prefieren cloquear y alimentarse del grano que les dan en vez de buscar su propio camino. Hay tantos que no puedo cerrar el artículo mencionándolos a todos. Quizás debamos aprender a interactuar con ellos, convirtiéndolos en los afables animalitos de La brújula dorada; quizás debamos ignorarlos y seguir pensando que la razón y la verdad impulsan nuestros actos.

“El que teme sufrir, sufre de temor.”

Anónimo.

romuloyremo

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3 respuestas a Metamorfosis del miedo

  1. ruiseñor dijo:

    Acertado en el fondo y en la forma

    • paz dijo:

      en el fondo estoy menos de acuerdo, he visualizado uno a uno las personas, y me he cruzado con gente así, y creo mas bien que a veces mas que por miedo, es por lo que nos importa lo que los demás piensen de nosotros, el día que te deja de importar es cuando eres libre

  2. paz dijo:

    la valentía que nos hace distintos

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