Un día diferente

-Una vez en la vida.

Fernando siempre ha  creído en la singularidad de los actos. Una vez. No más. No hay segundas oportunidades, vendrán otras, por supuesto, pero no serán exactamente iguales; podrán ser mejores o peores, pero no iguales.

-Una vez en la vida –se repitió frente al espejo.

Como cada mañana, se afeitó de izquierda a derecha, de arriba  a abajo y luego a contrapelo. Crema de manos y raya de lado. Los calzoncillos del cajón de la cómoda y los calcetines del armarito vecino. Unos tejanos y una camisa a cuadros. Consultó su reloj. Las nueve y media. Media hora de ducha y aseo cada mañana durante toda su vida. Nada variaba. Los fanáticos de la singularidad no pierden el tiempo con la monotonía de la rutina.

Veinte minutos de metro hasta la estación de Callao, leyendo el periódico gratuito. Política, visto. Deportes, leído. Sucesos, desmigado. Anuncios, evitables. Tarot, a lo único que prestaba atención real era a la predicción diaria. “Escorpio, hoy vas a tener un día diferente”.

Salida del metro, cinco minutos andando, cafe latte de Starbucks, ascensor, tercer piso, silla de oficina, mesa, ordenador e introducir contraseña. Consultó su reloj, once de la mañana. Tenía el artículo terminado y lo envió a su redactor. Tedio finiquitado, ya podía ser verdaderamente él. Sacó unas tarjetas del primer cajón a la mano derecha. Sólo tenían grabado su nombre: “Fernando Colomer García” y una profesión, crítico de arte.

Salió de nuevo a la calle. No tenía un destino fijo, por lo que se dedicó a pasear por el centro. Crítico de arte, lo cierto es que no le gustaba su apelativo, se consideraba más bien un buscador de sentimientos. Ningún sentimiento podía ser vivido con la misma intensidad ni de la misma forma dos veces. Estaba convencido de ello, por eso había dedicado su vida a escribir sus aventuras, a buscar esa forma de expresión, ese sentimiento inigualable que convirtiese al resto de sentimientos en tedio, en rutina, en algo prescindible.

Conocía la tristeza, la pasión, el desamparo, el amor, incluso la asfixia emocional. Mucho había vivido, y con él, nada verdaderamente relevante se convertía en indiferente. Convirtió su inquietud en su carrera. Su día a día era una búsqueda de la individualidad, de la inmortalidad de lo único mientras deambulaba por una soledad que no llenaba, pues pocos compartían un camino tan quijotesco.

En su paseo hubo vinos, tapas, música de calle e incluso una discusión de teología en el parque de El Retiro. Todo bueno pero nada único. Pocas horas después se dejó caer por El Garito, la exposición de un artista inquieto, de un pintor de la palabra, de un poeta del óleo, de alguien que, al fin y al cabo, se dedicaba a buscar su propia esencia en la historia de una pintura que amaba como a una amante en una noche de invierno, profunda, íntimamente bajo una manta que sólo les pertenece a ellos y con todo el tiempo para gozar el uno del otro. El tiempo pasó, Fernando estaba embelesado por aquella oratoria explicativa, por aquel afán de intentar que todos los profanos que estábamos allí, nos adentrásemos en aquel universo, esta vez sí, único.

No fue la profunda voz del artista la que consiguió que Fernando se agitase y perdiese el habla. Hubo una mirada. Una mirada esmerilada que se alzaba coqueta sobre el humo de tabaco. Su voz, apenas un susurro el aquel eco de algarabía, llegó nítida a sus oídos. Preguntaba por una pincelada. Una única pincelada en aquella orgía de linaza y pigmento, de impresiones, de explicaciones, de color, de vida. Estaba interesada en aquella única pincelada que rompía la monotonía de aquel lienzo acrílico. Buscaba el grano de arena en la playa, la gota de agua en el mar. Ella era la unidad, lo único, lo especial, lo inigualable.

Fernando obvió el impulso carnal instantáneo que provocaron aquellos ojos inquietos, aquella melena rubia, aquel escote desbrozado y la imagen de aquel seno incipiente que llamaba a gritos a su sexualidad. No, algo tan único no puede ser pervertido de aquella manera. Estaba paralizado, su universo de recursos imposibles estaba reducido a la nada. Bastó con aquella mirada para que sintiese como ella le penetraba el alma, como le mordía el corazón a dentelladas.

La abordó o fue abordado, realmente no importa. Eran dos polos destinados al encuentro. Dos unidades que formaban su propia unidad, un mismo sentido del humor, una complicidad inalcanzable. El tiempo voló en aquella atmósfera de intimidad, las palabras desnudaron historias jamás reveladas, aquellos susurros de secreto fueron probablemente la experiencia más profunda que habían tenido cualquiera de los dos. No hicieron falta los besos o la pasión para cerrar aquel trato de incipiente armonía, de amor mechado, sólo entrelazaron sus dedos índice y corazón por debajo de la mesa mientras compartían una última confidencia y su número de teléfono.

Elena, se llamaba Elena.

Se marchó, sintiendo un desapego bárbaro, como la pérdida de un órgano. Fernando tuvo que acudir a otra exposición embelesado por la fragancia de aquel recuerdo. Se le hizo tarde, pero antes de acostarse envió unas palabras de sinceridad a Elena.

-Una vez en la vida –se dijo medio dormido.

Por primera vez en su vida durmió a pierna suelta, o al menos fue la única vez que él recordase. Sin preocupaciones y con la sensación de que por fin había encontrado el sentimiento que buscaba. Lo único estaba al alcance de su mano.

Cambió su rutina, fue a la cocina a por un café mientras aún se desperezaba, quizás quitarse todos aquellos rituales fuese una buena idea. AL fin y al cabo sólo había conocido a Elena cuando se libró del tedio. ¿Se habrían conocido si no hubiese ido a el Retiro?, ¿Si no hubiese decidido esa misma tarde aceptar por fin la invitación de aquel artista? No, lo cierto es que había sido aquella colisión de casualidades, de improvisaciones a cada cual más única la que le había llevado a su verdadera unidad, Elena. Sonrió, la vida tenía sentido.

Se abrió la puerta de su compañero de piso, Gustavo, un extremeño que vivía su día a día sin pensar en más que en la satisfacción del instinto primario. Si tenía hambre comía, si quería dinero trabajaba, bebía cuando quería y follaba cuando su cuerpo se lo pedía. Alguien al que no le gustaba la complejidad pero que tenía un oído único para sus penas. Por fin iba a recibir una alegría.

Con su sonrisa más franca fue hacia aquella puerta, de la que asomó una herida abierta, una historia truncada, una esperanza perdida cuyo nombre no podía ser otro que Elena.

Pasó de largo y fue al baño. Se afeitó de izquierda a derecha, de arriba abajo y luego a contrapelo. Consultó su reloj. Las nueve y media.

Veinte minutos más tarde estaba en la estación de Callao, leyendo el periódico gratuito. Recibió un mensaje al móvil, en la pantalla sólo se leía: lo siento.

Tuvo razón su tarot, fue un día diferente.

dibujo

Imagen cedida por el autor:

  • Rodrigo DB Cores PHOTO.
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2 respuestas a Un día diferente

  1. Una de Getxo dijo:

    Prometí leerte.
    Bravo!

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