El niño de la calle Baker

El vaho se acumulaba sobre el cristal con la expansión y contracción regular de una respiración ansiosa. Allí estaba, el niño de la calle Baker, situado frente al mostrador de la conocida pastelería. Ante sus ojos tenía los más dulces moscovitas que jamás hubiera probado. La explosión de sabores de caramelo y chocolate le produjo una sensación inmediata de felicidad, de ansia, de conocimiento sobre los designios de su futuro. No olvidaría jamás aquel seis de enero en que su abuela le regaló un moscovita. Fue en aquel preciso instante de deleite en que se dio cuenta de que aquel era su designio divino, había nacido para comer moscovitas.

El destino es cruel, y cuando se fue la abuela llegó una madre que no creía en el dulce. Para sentirse más cerca de su sueño, el niño de la calle Baker se pasaba horas mirando aquel escaparate lleno de exuberantes bandejas de moscovitas. No aceptó jamás un regalo que vulnerase la disposición de su madre, pero no se iba de aquel mostrador, se mantenía estoico en la puerta de la pastelería.

Un día, su madre, con motivo de su dieciocho cumpleaños decidió levantar el veto al dulce. Cuando salió de su casa camino de la pastelería creó un revuelo en la calle Baker, todos querían estar presentes el día en que, por fin, el niño pudiese comerse un moscovita. Le habían visto madurar alrededor de aquella esperanza tan simple como barata, pero a la vez tan lejana. Cada paso que daba le acercaba a un destino que era suyo, a un sueño que le había marcado una vida. Se situó solemne frente a la puerta del negocio.

El silencio de un barrio que le quería y respetaba por su estoicismo fue el eco que le evadió de su profundo ensimismamiento. Abrió por primera vez en su vida la puerta de cristal tintado de aquel paraíso, aspiró en un instante el olor de todos aquellos dulces que llevaban esperándole literalmente toda su vida.

Entonces se dio la vuelta y se marchó. No fue a su casa, se fue lejos, tan lejos que nadie sabe realmente dónde está. Los rumores disparaban hacia cualquier loca teoría, pero en lo que todos estaban de acuerdo es que aquella pastelería jamás habría cerrado si aquel niño siguiese esperando en aquella puerta a un sueño que no era realmente suyo.

“Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre.”

Luis Cernuda.

ice-creams

Imagen: Ice-Creams. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

 

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3 respuestas a El niño de la calle Baker

  1. ruiseñor dijo:

    Seguir soñando tal vez y perderse lo que sucede realmente?

  2. Gonzalo Munoz Sanz dijo:

    Señor Autor Anónimo de Historias Vivas. De nuevo le felicito por su relato. Qué habría pasado si ese niño hubiese probado el moscovita por segunda vez? Probablemente habría quedado decepcionado y sus sueños hechos añicos, viéndose obligado a buscar sueños nuevos. Sin embargo, marcharse sin probarlo le permitirá seguir soñando el resto de su vida.
    Maldita realidad!

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