El último eslabón

Que te den por el culo, cabrón. La frase se repetía una y otra vez en su cabeza mientras recibía la enésima charla sobre lo bien que trabajaban el resto de compañeros, la confianza perdida y la no tan velada amenaza de despido. No era la primera vez que recibía la misma reprimenda, solía intentar evadirse, obviar los gritos y las miradas de empatía del resto de la oficina hasta que llegaba al baño y se permitía unas pocas lágrimas de frustración. Hoy no quería llorar.

El discurso era siempre el mismo, los mismos tacos, las mismas palabras rimbombantes como confianza, éxito, futuro, incluso los mismos escupitajos al pronunciar la palabra virtud. Seguramente estuviese empalmado al ejercer esa demostración de un poder que sólo emana del cargo que aparece junto a una tarjeta de cartulina. Si en su liderazgo hubiese una pizca de humanidad y no sólo terror, generaría algo de pena; tuvo que pasarlo mal en el colegio con ese cuerpo tan endeble y pequeño, con la falta de carácter, con la falta de talento. Es probable que precisamente esa falta de virtudes le hayan llevado donde está, atado con correa de oro a la silla de otro jefe igual. La mierda cae en cascada.

La vena de la sien estaba algo más hinchada que de costumbre, las fiestas navideñas peligraban, no para el jefe, evidentemente, sino para él. Ahogó el llanto, como tantas veces, cuando recordaba las caras de todos aquellos a los que había renunciado, los amores juveniles que demandaban un tiempo que no tenía, los amigos que ya ni le avisaban entre semana y le habían relegado a espectáculo de fin de semana, a una familia impregnada de amor pero de la que ya no sabía por dónde respiraba. Pensó en aquella primera vez, en esa pregunta inocente de si podía quedarse excepcionalmente unas horas más en el trabajo para terminar algo que tenía que estar listo al día siguiente. Pero siempre hay algo que terminar, la rueda no puede parar y el sacrificio es siempre el mismo: el tiempo; en concreto el tiempo del que está más abajo. Cuando las jornadas pasaron de las doce horas y los fines de semana de descanso se convirtieron en un agradable recuerdo pensó en dimitir, pero siempre había una promesa, una ventana abierta, algo de esperanza.

La bronca estaba llegando a su fin, era el turno de las frases de guión barato: última oportunidad y otras lindezas dignas de la publicidad de Goebbels. Es importante infundir miedo. Después de las lindezas uno esperaría una caja de cartón vacía, un día lluvioso y un despido triste. Pero no. Ésa es la magia de la rueda, nunca debe cumplirse la promesa del todo, ni para lo bueno ni para lo malo. Al día siguiente tendría sobre su mesa otro tema urgente, otro tema que sólo se puede resolver con su pericia, otro tema fundamental para la empresa. Nunca un reconocimiento para no alimentar la esperanza ni hacer demasiada sangre para desmotivar al trabajador, esclavitud del siglo XXI.

Mientras pensaba en ese miedo patológico al látigo, llamado despido en la educada sociedad occidental, pudo por primera vez ver esa cuerda que ataba el cuello de su jefe al superior, y así sucesivamente hasta una jerarquía desconocida y deshumanizada. Fue entonces cuando brotó la sonrisa, esa sonrisa cínica al comprender la brutalidad de aquel sarcasmo: ningún sacrificio que hiciese para esa empresa tendría consecuencia alguna. La esperanza murió en el preciso momento en el que sonreía y se marchaba, dejando a su jefe con un último insulto en la boca mientras recogió sus pertenencias, que se limitaba a un abrigo, y salió a la calle a disfrutar del soleado día y de la verdad descubierta.

No tardó en recibir la llamada del jefe de un jefe, de otro jefe de algún superjefe, la rueda siempre tiene cargos vacíos de contenido pero llenos de ego y dinero. Multiplicar el salario y la promesa de que las cosas cambiarían fue la oferta de un sistema que necesita que en la cúspide de su pirámide invertida haya alguien indestructible, ya sea por estupidez o por dinero. No, fue la respuesta mientras se repetía: “Que te den por culo, cabrón”.

“Cuando uno se halla habituado a una dulce monotonía, ya nuca, ni por una sola vez, apetece ningún género de distracciones, con el fin de no llegar a descubrir que se aburre todos los días”.

Anne Louis Germaine Necker.

suits

Imagen: Suits. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en A solas con un vino, Relatos y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El último eslabón

  1. ruiseñor dijo:

    jo, que real a veces

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s