El naufragio de Martina

Quizás nació demasiado pronto, o demasiado tarde, pero lo cierto es que nació como cualquier otro, rollizo, mocoso y de lágrima fácil. Era un bebé entre tantos. Jugar, jugaba, pero siempre sola. El asombro de los padres chocaba con la voz pausada del terapeuta. Es normal, decía. Ya hará amigos. No se equivocaba.

Era una niña normal, ya fuese por voluntad o por creencia paternal. Siempre correcta, siempre perfecta, aprendió pronto la diferencia entre el bien y el mal. Fue sutil con sus palabras y fina en su trato, nunca le fue difícil ganarse cierta popularidad.

Una carrera, un puesto de trabajo, una pareja y un gran grupo de amigos; una vida modélica, algo que envidiar.

Desconozco el motivo del cambio, pero un día Martina decidió ser simplemente Martina. Expresaba opiniones, lanzaba ideas y le decía al mundo como era. Pero el mundo no la escuchó; sí lo hizo su entorno, alejándose dos pasos cuando decía quién era y acercándose uno cuando recordaba a esa chica que un día fingió ser, o que fue, al menos en parte. No tardaron en estar demasiado lejos como para oírla gritar.

Como un fósforo que no encuentra la lija que le ayude a arder, Martina buscó sin remedio alguien que le pudiese entender. Era una pregunta sin respuesta, un humor sin su risa, un alma confundida, un corazón sin esperanza.

Le costó entenderlo, pero es que no era una solución fácil. Usó las redes sociales en busca de una ayuda desesperada, pero de los cientos de comentarios que recibía ninguno de ellos hablaba del llanto inherente a esa publicación, eran oídos sordos a un sonido cargado de frustración. Le costó entenderlo, pero su voz solo la escuchaba ella.

La soledad impuesta la consumió, pero prendió aportando una luz que seguimos sin entender. Quizás nació demasiado pronto, o demasiado tarde, pero como hipócritas lloramos algo que no vimos, que no entendimos y que quizás solo llegamos a querer precisamente por ignorancia, porque su unidad nos recordaba que nosotros sí estábamos integrados en una sociedad que tampoco nos entiende, pero no tenemos valor para decirlo. Martina fue un símbolo de una libertad que jamás nos atreveremos a experimentar.

Denunciamos sus desnudos en facebook, fiscalizamos su comportamiento desde nuestro prisma de opresión y nos permitimos el lujo de comentar sobre algo que no entendíamos. Ejercimos de guillotina, pero aún podemos dar lecciones de moral a aquel que ose escucharnos.

Dejamos que Martina naufragase, que su genialidad e individualidad fuese un homenaje póstumo. Ya tenemos nuestro Titanic, el símbolo está creado. Es hora de ensalzarlo o escupirlo según vengan los vientos, según nos exija esta sociedad que entre todos hemos creado.

“La soledad es una verdadera amiga, nunca me ha dejado, aun cuando yo trato de alejarme de ella, siempre está conmigo”.

Anónimo.

ahogada

Imagen: Ahogada, de Jakub Schikaneder.

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