El hogar de un gallego y dos narradores

Hace unos días, mientras limpiaba el trastero de mi abuelo, me encontré con unos folletines verdaderamente antiguos. Aquí os dejo la historia principal del ejemplar del primero de mayo de mil novecientos veinte. Su título es: El hogar de un gallego y dos narradores, no tiene autor salvo los pequeños arreglos que he hecho para actualizarlo a nuestra época. Perdonad mi injerencia.

“Cerró el portátil, ese Samsung que le había regalado su madre cuando las pantallas aún parecían pequeños televisores, y lo lanzó con desprecio al otro lado del sofá. Cuatro horas perdidas, usadas para adquirir una frustración, y todo por una palabra, una simple palabra para la que no encontraba una definición satisfactoria.

Un vecino ruidoso le sacó de su ensimismamiento, un estado que siempre había aborrecido pero al que recurría cada vez con más frecuencia. Aquel estado de aparente muerte cerebral era el último grito desesperado de un cerebro que se negaba a abandonar aquella última defensa antes de…, no sabía antes de qué, de la locura probablemente.

Esa palabra, esa… sonrió. Realmente no conocía una frase lo suficientemente malsonante como para expresar toda esa frustración, el odio hacia todos y hacia sí mismo. Esa palabra que todo abarcaba, que le había perseguido sin descanso desde que abandonara su Galicia natal con unos espléndidos veintidós años.

Rememoró apenas un instante uno de tantos recuerdos felices.

-Mi hogar… -mientras expulsaba aquella maldita palabra como una purulenta enfermedad que infectaba su ánimo, reprimió una única lágrima. No podía abrir una vez más esa compuerta que, en vez de un bálsamo, suponía una marea que horadaba su sonrisa hasta convertirla con un cincel de tristeza en una Costa da morte.

¿Qué suponía para él el hogar? En un principio nada. Eran cuatro paredes ficticias, o más bien una ciudad pequeña en la que no encontraban cabida unas ganas desmesuradas por descubrir. Era capaz de apreciar la empatía familiar como un caldo en un día de lluvia, algo imprescindible que siempre tendría consigo, pero insuficiente para saciar su apetito de nuevos horizontes.

Fue ahí cuando empezó una cuesta abajo, o quizás sea cuesta arriba, que no era capaz de explicar, una ansiedad constante, una desubicación como las hojas del roble, que pueden ser caducas tardías o perennes, pero que siempre las recordaría como las vigías del serpenteante camino de tierra que llevaba a su casa.

Partió un soleado día de septiembre, quizás como metáfora de que lo que le esperaba no era lo habitual. En su búsqueda fue capaz de encontrar bastiones seguros con los que rápidamente fraguó amistad, le recordaban a una formación conocida, a una fragua mil veces utilizada y alrededor de la cual sólo se sentaban los que tenían capacidad de herirle, pero que no lo harían nunca. Remontándonos a Gallaecia, aquella fragua era el auténtico lar de su hogar; y en el exilio la fragua se convirtió en una barbacoa, un sucedáneo tan insuficiente como la sacarina para endulzar su, a estas alturas, maltrecho espíritu.

Si un hogar no eran cuatro paredes y tampoco encontrar las personas con las que gastar una vida, ¿Dónde residía entonces su definición? Continuó con una búsqueda que ya no se saciaba con la meta, sino con la búsqueda en sí. Se abalanzó voraz, ansioso hacia una respuesta que llenase ese vacío inexplicable que sentía. Las amistades ya no valían en esta nueva etapa en la que caía sumiéndose en una introspección sombría. Ninguna mente ágil queda satisfecha en esa aparente felicidad sin respuesta. No le valía nada, y el único sitio en el que encontraba refugio era su mente. Así, buscando una ayuda que sabía que no llegaría, cogió su ordenador, ese Samsung que le había regalado su madre cuando…

Lamentablemente no existe un narrador que tenga todas las respuestas, o puede que exista uno que no quiere darlas. No sé qué hará aquel tenaz gallego, que por diferente inició su camino en Santiago, empezando allí la peregrinación hacia una idea, una palabra que le obsesionaba.

¿Encontrará su hogar? Quiero creer que sí, que esta vida no es una búsqueda constante de una quimera en la que aquellos que tienen esa inquietud sólo sirven para desbrozar el camino a los demás, una simple evolución de una idea que los que nos siguen tendrán por aprendida. ¡No! Existe esa respuesta, de eso puedo estar seguro. Lo que no sé es si la respuesta se encuentra al final de esa ruta introspectiva, o si por el contrario hay una nueva etapa aún desconocida.

Me siento como un viejo león que intenta dar sus últimos consejos antes de que le obliguen a abandonar la manada para pelear con otros más jóvenes por un hogar, o que simplemente morirá solo, ensimismado en un mundo que no existe y obsesionado por una búsqueda que no termina nunca. No, no quiero creer que el mundo es tan triste para aquel gallego o para mí”.

un-horreo-gallego

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Una respuesta a El hogar de un gallego y dos narradores

  1. ruiseñor dijo:

    ¡Cien años no son nada cuando aprieta la saudade!
    Bien escrito

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