Del Nobel, Dylan y esas cosas.

Poco a poco nos adentramos en esa habitación con ventana cerrada, de luz plomiza y cargado olor a enfermedad. En la cama yace moribundo Nobel, rodeado por los herederos de la mercantilización banal, a un lado el capital, a otro la comunicación, y finalmente presidiendo el sepelio esa sombra de opresión, de muerte, de poder ilimitado que todo corrompe. El premio Nobel ha muerto, rodeado de sus propias sospechas y con la banda sonora una canción de Dylan, poco importa cuál sea.

Resulta incomprensible que una institución que se dedica a premiar los hechos extraordinarios de vidas dedicadas a un sueño, una ilusión o un arte, sean incapaces de medir las consecuencias destructivas de sus propias acciones. Se terminó el sueño.

El premio Nobel era quizás la marca indeleble de un ideal, una meta a la que aspirábamos todos aquellos que conocemos la soledad de la investigación o la creación. Era el bálsamo, el paraíso, el reconocimiento definitivo. Nunca estuvieron todos los que lo merecieron y por supuesto que algún mérito se podría cuestionar, pero el verdadero valor del Nobel permanecía impertérrito, y no era otro que acercar el valor de las élites intelectuales a los profanos que las desconocemos.

Todos hemos sentido el orgullo patrio que supone el Nobel, pero fuera de las zarandajas nacionales, después del quién venía el por qué, ahí joder, ahí estaba el valor del Nobel; en que alguien que nada conoce de química, se preguntase por qué el premiado de turno era tan importante. El valor del Nobel siempre estuvo en la transmisión del conocimiento.

Hemos sufrido durante años la democratización absurda de la valía, un reparto equitativo de los honores que como hijos de familia numerosa hemos aceptado, el Nobel no perdía ahí su valor; pero la elección de Dylan ha dinamitado todo resto de honorabilidad que le quedaba al premio, Nobel ha cedido al chantaje de sus herederos.

Y sí, yo soy de los que creo que Dylan puede merecer el premio porque la literatura no se limita a la expresión escrita y él es un trovador y un virtuoso de la palabra…, o no. Esto no debería ser más que un debate entre géneros, escuelas o tendencias, pero precisamente esa instrumentalización de Dylan, esa búsqueda absurda de mayor comunicación, de relevancia y a la postre, de vulgar dinero es la que invalida cualquier discusión en torno al Nobel.

Han usado a Dylan rebajándole a su mono de feria y de paso han anegado de sospechas todas las elecciones pasadas y futuras de los premios Nobel. ¿Será el prestigio de un profesorado premiado un aliciente para la inteligencia del alumnado?,  ¿O será un simple cartel de neón para atraer el dinero de las élites económicas? Sin certezas no hay hechos ni verdad, y sin ellos, no hay Nobel.

“La pregunta más importante acerca de un trabajo no es: ¿qué estoy consiguiendo?, sino: ¿en qué me estoy convirtiendo?” 

Jim Rohn

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