Y Julia Lloró

La noche se fue torciendo, o puede que más bien se arreglase. No estaba segura. Los minutos se habían encadenado siguiendo una lógica conocida, un camino que sabía dónde terminaba y los puntos exactos en los que apearse definitivamente. Pero algo había cambiado sin que se percatase. Necesitaba saberlo, tenía que encontrar el desliz que la había abocado a esa cama.

El juego de miradas fue intenso, completamente novedoso. Al principio se sintió inquieta, luego abrumada y finalmente halagada. No había dejado de mirarla en ningún momento. ¿Sería peligroso? No, era un conocido, un amigo de amigos, alguien de su círculo de confort.

Unas manos expertas recorrían la cinturilla de su pantalón buscando un botón que se empeñaba en seguir oculto.

En cuanto comenzó a pensar que aquello no pasaría de ahí, surgió el valor. Julia no le vio, notó un contacto en su espalda y una voz grave y cálida que susurraba pequeñas bromas y disculpas. Quizás fuese el rostro de aquel chico, tan parecido a su sobrino Luis, con mejillas rechonchas y un faz de ingenuidad; o puede que fuese la mezcla de timidez y tensión en aquella voz que luchaba por no romperse en un gallo intermitente; o aquellas palabras cargadas de educación e inteligencia. No lo sabía, pero el hecho es que aquel contacto en su espalda no la molestó. Es más, era agradable. Su subconsciente la traicionó, en vez de tensar la espalda para evitar aquel contacto no solicitado, sintió flaquear una de sus piernas. Su casta manaza sujetó el cuerpo sin siquiera temblar. Puede que aquel fuese el instante.

El botón había cedido, pero Julia aún hacía fuerza con las piernas para que la tela no se deslizase. Dio igual, aquellas manos estaban desnudándola sin prácticamente oposición mientras unos besos cálidos agitaban su sistema nervioso invitándola a abandonarse a aquella hoguera de pasión.

Era sincero, hablaba sin tapujos de una vida de aventuras, de viajes, de amores de verano. Cambiaba de trabajo buscando un sueño que se le resistía pero por el que daba la vida, una vida que llevaba estampada la palabra libertad. Sin miedos, sin ataduras, sin un pasado que anclase su presente. Su rostro imberbe no podía ocultar las cicatrices de un alma que no se había dejado intimidar por nadie, y que había saltado al vacío en cientos de ocasiones hasta quedar marcada por la experiencia. No, no era tímido. Era celoso de una intimidad que le estaba regalando. El confort era compartido. Se abandonaron a una comodidad que, paso a paso, les llevó por el sendero de la naturalidad hasta una cama que acabaría desecha.

Los pantalones dejaron un sonido sordo al caer sobre el suelo. Ambos cuerpos ardían, imbuidos por una salvaje biología que gritaba desbocada, deseosa de que aquella carrera comenzase definitivamente. Sin artificios de tela que cubriesen más que lo imprescindible, sus pieles se fueron reconociendo, formando una simbiosis que producía felicidad y aún más calor. Pero Julia aún no se decidía a entregarse completamente a lo que su naturaleza y su corazón le imploraban, una palabra ardía aún más fuerte en su interior, un hierro incandescente que había grabado en su infancia: Respeto.

No pudo más. Habló, habló pidiendo respeto. Mientras lo hacía no se reconocía, era una persona distinta, un ser del pasado que le recordaba la rectitud, la importancia de una tradición que rompía si no existía ese clima de respeto. ¿Realmente no existía? Sabía que no era así, pero algo más poderoso que su opinión se abría paso. Entonces lo vio. Aún en aquella penumbra que anunciaba la mañana, pudo ver, o más bien sentir, la incertidumbre en la mirada de Antonio. Quiso gritar cuando sintió como aquel hierro fundido que la había arrasado caía sobre ese vínculo que estaban forjando hasta romperlo definitivamente. El cuerpo de Antonio seguía caliente, listo para una acción que había perdido su poder místico y que si continuaban sería algo simplemente físico. El habló, protegido por un manto de exquisita educación, de comprensión y hasta de empatía, las palabras reconfortaban pero por primera vez sintió que la mentía. El invierno había llegado para no irse jamás de un campo que habían creído ver florecer.

Y Julia lloró.

Lloró sumida es un abrazo protector de Antonio. Seguían desnudos, pero sus cuerpos ya no se hablaban. Sabía que aquel frío que se había instalado entre ellos no se desvanecería jamás. Las lágrimas manaron recordándole aquel brote de algo puro que había perecido, asesinado bajo unas palabras sin sentido que habían introducido en lo más hondo de su ser. Imaginó los dedos acusadores de una sociedad que veía representada bajo la apariencia de su madre, un dedo índice que la señalaba recordándole un deber con el que ni siquiera había tenido la opción de elegir. La cadena de una educación vacía, basada en el prejuicio y el perjuicio, anclaba su alma a una realidad inhiesta que, por primera vez en su vida, creía poder olvidar junto a Antonio. Lloraba por muchas cosas, pero sobre todo por esa niña que quiso soñar, la verdadera Julia, esa que no mostraba a nadie. Era a ella a la que había dañado, a la que había dejado de escuchar por las palabras de otros, la decepción que sentía era la de ella.

Y Julia lloró, lloró por miedo, porque no sabía si volvería a sentir lo que acababa de vivir con Antonio, porque dudaba de si sabría serse fiel a sí misma, y lloró por unas consecuencias que no sabía si llegarían. Lloró hasta quedarse dormida.

Cuando despertó buscó a Antonio, pero ya no estaba allí, y en realidad, ella tampoco.

restaurante21

Imagen: Restaurante. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

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Una respuesta a Y Julia Lloró

  1. Ruiseñor dijo:

    Precioso y … triste

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