La belleza de la simplicidad

Me gusta el agua, siempre me ha gustado. Su contacto me relaja, me abruma, me compensa. Puedo pasear bajo una tormenta de verano buscando esas gotas gruesas, pesadas y heladas. Me gusta fría para beber y ardiente para el baño. Algunas cosas nunca cambiarán.

He llegado a casa, cansado de un día de decepciones, de presiones absurdas, de sueños aparcados, un día más de oficina que se me ha hecho especialmente pesado. Necesitaba agua.

Con dos velas y una bañera llena pensaba evadirme de la realidad en busca de aquel limbo en el que fluyen las ideas, en el que los personajes y las historias me rondan esperando a que yo los use en un breve lapso de creatividad; pero lo que he encontrado es mucho más valioso.

Las yemas de los dedos se han arrugado como una carretera rural que serpentea en la montaña, llenas de baches y grietas que sin ser hermosas, son bellas por lo que representan. No soy capaz de recordar la última vez que los tuve así.

De pequeño, corría al baño cargado de juguetes y podía estar horas sumergido, hasta que empezaba estornudar por un agua que ya ni estaba tibia y mi madre me obligaba a salir. Las manos arrugadas eran una constante, y el agua me lo ha recordado, me ha puesto en contacto con aquel chico que sólo contaba con un saco de esperanzas y muchas ganas de vivir.

Mientras una cobarde lágrima recorría mi mejilla, he sonreído recordando lo importantes que eran las pequeñas cosas que hoy tenemos guardadas en un arcón. Quien tenía un balón tenía un tesoro, ni siquiera el dinero es capaz de atraer tantos amigos como aquel trozo de cuero maltrecho que pateaba todo el parque.

No siempre había suerte con el balón y teníamos que ingeniárnoslas con otras alternativas como el escondite. Aquel “por mí y por todos mis compañeros” te convertía en un héroe durante unos cuantos segundos, una gloria efímera a la que todos podíamos aspirar pero que pronto se olvidaba. Aún recuerdo aquellas demostraciones de ingenio, los disfraces e incluso la colaboración paternal.

Después de años en los que siempre había puñetazos antes de los abrazos, llega el día en que conoces a tu mejor amigo. Puede que comenzase de un modo tan simple como natural, con una bolsa de pipas compartida o un regalo de un globo de agua, pero era ese día y no otro, el que al llegar a casa a cenar mirabas orgulloso a tu padre para decirle: Papá, tengo un amigo.

En aquellas épocas de juegos, de piscinas, de cruzi, la amenaza más grave que podías oír era “vas a ir”. La omisión era grave, un padre en aquel momento ausente que no podía ver tu gamberrada, que te reñiría pero que después, en la partida de mus, hablaría orgulloso sobre la astucia y valentía de su hijo. Ante tal terror sólo podías coger fuerzas con el bocata de media barra que te preparaba tu madre para merendar, un colacao y encima una fruta de postre; lo que a día de hoy no como en una semana me lo metía entre pecho y espalda a las dos horas escasas de haber comido.

Uno de los grandes momentos de la infancia era aquel en el que los mayores te invitaban a pasar el rato con ellos, jugaban a las cartas como los padres y hablaban sobre las bondades de las chicas, algo que eras incapaz de ver porque sólo Belén sabía jugar al fútbol, pero no querías jugar con ella porque siempre acababa dándote una patada.

Qué bonito era no tener vergüenza, acercarte con desparpajo a la vecina de veinte años que bajaba a la piscina a tomar el sol y pedirle un chicle. Era una delicia sentarte a su lado mientras reía cualquier chorrada que decías, te daban tragos de su coca cola y en vez de patadas, recibías abrazos, caricias y algún que otro beso en la mejilla. No sé si me daba más miedo la mirada de envidia de los mayores o el profundo odio de mi madre al ver que otra se atrevía a mimar a su pequeño.

Recuerdo el odio visceral a los de la casa de al lado, el hermanamiento entre pequeños y mayores para lanzar globos de agua a las seis en punto. Aquellos partidos de fútbol tenían más pasión que un Madrid-Barcelona, no sólo te jugabas la honrilla, te jugabas el honor de toda la comunidad. Una victoria valía para que Rober, el de la panadería, te diese alguna gominola; y si marcabas el gol de la victoria, Gilberto, el sueño del bar, te regalaba una bolsa con cientos de chapas, sin duda el bien más preciado después del balón de fútbol.

Llega un día en el que te das cuenta que eres el mayor de la piscina, que ahora te toca a ti poner orden, evitar las peleas y tratar bien a los chavales, para que sientan la misma ilusión que te hacía a ti. Los globos de agua con los vecinos se han convertido en miradas indiscretas a través del seto para ver a Manuela, esa chica que vive enfrente y a la que te mueres por conocer. Belén ya ha cumplido años y ahora tu grupo es de chicos y chicas. En las largas tardes de verano corréis todos a esconderos tras la peluquería de Asun, un lugar tranquilo en el que poder decidir a quién le toca dar el primer beso. Qué difícil fue aquella primera vez en la que me enfrenté a Belén para darle un simple beso en la boca, por aquel entonces ella era Belén, puede que sólo una chica con la que había convivido toda mi vida, pero sin duda, la más guapa del grupo, al menos para mí.

Quizás fue entonces cuando empecé a conocer los entresijos del amor, aquellas cartas imposibles, aquellas indirectas indescifrables. En poco tiempo se pasa de dominar la piscina, a sentir que sólo corres detrás del grupo de chicas intentando comprenderlas. Cuando lo recuerdo, aún noto el escalofrío que sentí la primera vez que cogí la mano de Pilar, esa chica nueva en el parque. La primera novia, el primer beso con lengua, la sensación indescriptible de inseguridad, de no saber si lo estás haciendo bien, mezclada con felicidad. Aquella noche no le dije nada a mi padre, pero me pase toda la noche despierto por la ilusión que me hacía tener novia.

Y llega el día en el que ya no juegas por diversión, sino por ganar. Una tarde como otra cualquiera en la que miras a tu grupo de amigos y sientes que necesitas algo más que no sabes explicar, que lo que sientes por Pilar, y luego por Gloria y finalmente de nuevo por Belén ya no es suficiente, deseas más, necesitas más.

Es justo ese momento en el que me doy cuenta que el agua está fría, que mi madre ya no está para decirme que salga del agua y que mi padre nunca oirá la frase: Papá, tengo novia. Ya no sientes ese orgullo por las cosas nimias, ni por nada realmente. Casi abro de nuevo el agua caliente cuando he sido consciente de que fui yo mismo el que se separó de aquella parte tan fundamental de mi vida. Habrá más días de oficina, pero por fin he descubierto como encontrar a un amigo al que llevaba mucho tiempo buscando.

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Imagen: Boy. Cedida por el autor: Abzurdo. Podéis encontrar más dibujos sugerentes en su blog, tenéis el enlace en mi blogroll.

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3 respuestas a La belleza de la simplicidad

  1. Una de Getxo dijo:

    Me ha chiflado volver a la infancia. Ha sido un “cruzi” en mi vida adulta.

  2. Me llegan mucho tus relatos!! en muchos de ellos me siento como si los viviera en primera persona!! Me encanta como escribes 🙂 tengo un sueño y es llegar a ser escritora 🙂 ayúdame a conseguirlo. Y seguimos, poco a poco, hasta alcanzar nuestros sueños, quien la sigue la consigue. Así que, toca no rendirse nunca.
    Aqui tenéis la nueva publicación del blog, espero que la disfrutéis 🙂 De buenas criticas crece un buen escritor.

    https://susurrosrelatados.wordpress.com/2016/03/07/cita-a-ciegas/

  3. ruiseñor dijo:

    No he leido nada tan tierno en mucho tiempo. La dulzura de la infancia
    Estupendo

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