La libreta de Nacho

Quizás debería dejar de insistir, dejar de intentarlo…, o simplemente olvidarme de buscar comprenderlo. Cada vez que le pregunto a Nacho porqué no ataca con el óleo o la acuarela me hace un mohín, niega cansado y olvida rápidamente lo que le estaba diciendo.

Se queda ensimismado, sujeto por su propio intelecto. Los ojos se mueven febriles de un lado a otro, en pleno electroshock de sus niñas comienza a ver imágenes como si de un cinematógrafo se tratase. Sucesiones infinitas de secuencias que ha visto, que ha imaginado o que ha intuido se entremezclan entre sí hasta que el almizcle es de su agrado. Entonces, y sólo entonces, su mano comienza a dibujar.

Cuando está en aquel estado sé que me voy a quedar definitivamente sin respuesta. Sólo puedo observarle, ver cómo, cuando parece que la mano va ralentizando su furia, alza la cabeza en busca de una bocanada de inspiración, todo porque un detalle que mi ojo no llegará a percibir jamás, el suyo lo distingue como algo que hay que cambiar si no se quiere estropear el equilibrio de la obra.

No, no le interesa el óleo. Probablemente no llegue a hacer jamás una exposición en un gran museo, y cuando muera, sólo serán sus descendientes los que se peleen por una obra que se usará para el recuerdo de una persona, no con un fin comercial. Lo que confundí en un principio como falta de ambición es algo mucho más profundo y que sólo unos pocos como él son capaces de comprender. No es falta de nada, es amor hacia una idea, lealtad hacia la imagen que inventa su cabeza, es amante de su ingenio e inventor de dibujos, de pinturas y sentimientos.

No, no lo entenderé jamás. Pero cuando le veo la mirada de orgullo al ver terminado su dibujo, me pregunto si yo llegaré a sentir algo así. En esos momentos creo que estoy más cercano hacia un arte del que apenas puedo decir si es bonito o feo, o si me inspira o no. Me siento torpe al intentar hablar sobre un cuadro o un boceto al carboncillo, soy inútil para diferenciar las técnicas pictóricas de la paleta de un genio.

Entonces lo veo por primera vez. Olvido al pintor y me fijo en lo que acaba de dibujar mientras esperábamos la cuenta en un café en Roma. No lo venderá, pero aquel regalo será para el que lo vea mucho más importante que unos cuantos euros. Si germina en él un sentimiento, una idea o un recuerdo, no existirá dinero suficiente para pagar la pequeña obra que ha realizado Nacho en cinco minutos con un portaminas. O no, puede que simplemente lo considere bonito. Me fascina la incorpórea subjetividad.

Puede que no lo entienda, pero con esas pequeñas muestras de genialidad sólo puedo cerrar los ojos, esperar que me invada una sucesión de imágenes y suspirar porque mi mano sea capaz de mostrar lo que sólo capta la imaginación de un pintor.  No pude evitarlo, tuve que fotografiar su viñeta y no a él pintando, es mi forma de respetar la intimidad del artista que, simple y llanamente, fotografía con la mente para plasmar sobre el lienzo.

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