El teatro de Silvia

Cerró los ojos y respiró profundamente mientras el telón se abría despacio por los brazos de un chiquillo al que le faltaba un buen plato de lentejas. La ovación fue atronadora en cuanto el público vio la imagen solitaria de Silvia sobre el escenario. El clamor le atravesaba el cuerpo como si fuesen latigazos de orgullo, más fuerte aún que la mascletá de su adorada Valencia.

Los meses de esfuerzo, de ensayos a última hora de la noche, habían tenido su recompensa. Estaba exultante, sentía que era tan liviana que temía empezar a levitar.

Cuando los aplausos fueron más puntuales que unánimes, abrió los ojos. Entre el público vio los ojos brillantes de Raúl, su hijo pequeño, así como la cara de fascinación de María, su rebelde hija mayor. No podía imaginarse a su madre brillando de esa manera. Había algún otro rostro conocido entre los pocos asistentes, pero no saludó. Aún estaba embebida por el éxito.

Bajó del escenario, recogió a sus dos hijos y salieron a la calle, al aire cálido de Madrid. No había una muchedumbre esperando a los actores para felicitarles por unas horas de magia dramática. A Silvia no le importó. Tampoco solía ver en el patio de butacas más de veinte o treinta personas, aquello no era el teatro.

-¿Por qué lo haces, Mamá? –Preguntó María debatiéndose entre el orgullo y el cansancio por las miles de horas de esfuerzo que supone un éxito tan escueto.

Silvia dudó qué responder. Si tenía que preguntar no sería capaz de entender la respuesta. Pensó en si debía hablarle de la pasión por un escenario en el que realmente era libre, libre para ser otros, pero también libre para ser ella misma mientras les interpretaba. Podría hablarle de la conexión casi física con un público que no pestañeaba mientras ella proclamaba las palabras de Moratín. Quizás podía responder hablando de la superación, de unos nervios que la atenazaban hasta asfixiarla para luego impulsarla sobre las aguas del drama y la comedia. Podía responder tantas cosas que no sabía cuál escoger.

María esperaba ansiosa una explicación. Tenía quince años y comenzaba a luchar sus propias batallas, a buscar sus propios sueños. Sueños, ahí estaba la respuesta correcta. Debía decirle que cada vez que su padre se iba a beber ella soñaba con un escenario.

-Porque es mi pasión –dijo finalmente.

Invitó a un helado a sus dos hijos mientras volvían a casa por la calle de San Bernardo. Mañana tendría que sacar fuerzas de donde no quedaban para afrontar una vida en la que la pensión no llegaba, en la que tenía que abrir la lavandería a las ocho de la mañana, en la que tendría que plantearse a qué renunciaba para que el pequeño Raúl tuviese el balón de fútbol que quería para su cumpleaños.

Pero ero sería mañana, cuando más necesitaría pensar en el teatro, cuando necesitaría de su magia para soñar un día más con algo que, simplemente, no sabía explicar. Pero eso sería mañana, hoy era la diosa, la reina del drama, la navegante de ovaciones, la actriz cuya vida mecía suavemente el teatro.

-¿Por qué lo hago?, se preguntó. No le hizo falta responderse, bastaba con abrazar el éxtasis que sólo conocen los moradores de un escenario.

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Una respuesta a El teatro de Silvia

  1. RUISEÑOR dijo:

    Bello y bien descrito amor por un arte

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