El sufridor

En estas épocas de compras masivas y agobios en comercios de todo tipo, me gusta acercarme a las superficies comerciales en busca de uno de mis personajes favoritos de las navidades: el sufridor.

Se le puede reconocer en su versión más proclive dando vueltas por los escaparates sin tener una idea clara de lo que quiere. Con la vista perdida y una ligera mueca de estreñimiento sólo se atreve a posar la vista sobre los diferentes productos sin lanzarse a comprar. No tiene claros los gustos de su señora ni de los críos, tiene ideas, pero aquella abundancia de oferta ha podido con ellas. Es la golosina de los dependientes avispados, el que le ofrezca ayuda para evitar el horror de la elección conseguirá que le firme hasta una letra de la hipoteca.

Habría que remontarse a los orígenes de la evolución humana para descubrir que el macho era cazador, elegía una única pieza y la cazaba; mientras que la hembra era recolectora, recogía frutas de aquí y de allí seleccionando siempre las más frescas y jugosas. Cosas de la evolución, hoy en día se puede ver perfectamente esta misma separación. Ellas, mucho más desenvueltas entre aquella variedad, y sabiéndose los trucos más casposos de los dependientes, pisan las superficies comerciales como si del salón de su casa se tratase. Saben dónde está todo, conocen el orden establecido y se aprovechan de ello. Los maridos y novios, en esta pequeña evolución de sufridor, siguen a sus señoras conscientes de que su única función real es la de sujetar las bolsas y dar opinión sobre algo que sus señoras tienen ya decidido. No es que necesiten apoyo, es que no quieren humillar más de la cuenta a sus parejas recordándoles que en esto del milagro navideño, poco o nada pueden aportar.

Entre los sufridores se forma un contubernio, se reconocen entre sí y saludan a modo simiesco levantando las cejas, presos del cansancio de perseguir a sus señoras entre escaparates y bambalinas. Los más valientes, acuden juntos al bar más cercano para tomarse un café mientras se sienten aliviados por haber salido de aquel infierno. Cuando se oye un móvil, todos miran al pobre desgraciado que debe volver, con paso lento, hacia el cadalso de las compras. El silencio acompaña al caído, pues todos saben que antes o después serán ellos los que inicien la lúgubre marcha.

El sufridor ha evolucionado en algunos puntos, casi hasta tener que dejar de llamarle así. Acuden rápidos hacia cada superficie, seleccionan un único artículo y desoyen los cantos de sirena de las ofertas. No dejan de mirar el reloj en ningún momento para cronometrar cuánto tiempo están perdiendo en cada parada, poco a poco desarrollan un interés en la lucha contra el cronómetro, y se les puede ver buscando todos los atajos en Ikea o incluso acudiendo directamente al almacén. En su planificación no hay hueco para un croissant o una visita rápida al baño, tienen toda la compra programada y apenas unos minutos para realizarla. Non stop. Son la evolución del sufridor, su icono, su sueño.

Curiosamente, el sufridor evoluciona temporalmente en la sección de alimentación. Cuando tiene que elegir la comida de los grandes eventos navideños asume el control sobre sus propios miedos y triturará a preguntas al charcutero sobre los diferentes grosores de la carne, discutirá con el pescadero sobre qué color de langostino es el más adecuado y catará todas las marcas de cava antes de decantase por uno en concreto. Conoce todas las marcas, texturas y sabores de cada alimento, pues ahí sí puede desarrollase, allí vuelve a ser el cazador.

Mientras escribo esto me conciencio de la meta de todo sufridor, esa última compra que termine con el escarnio de la elección variada y pueda por fin dedicarme al placentero arte de pasar por un canal de televisión tras otro sin ver realmente ninguno.

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Una respuesta a El sufridor

  1. Anónimo dijo:

    Me he reido ubn monton
    Agudo y de agil pluma

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