La manías de la costumbre

Intento hacerlo. De verdad que lo intento. Escucho a todos aquellos que se acercan a mí para contarme las pequeñas supercherías de su relación, las manías de esas parejas desconocidas que enloquecen a los oradores hasta el punto de buscar mi asentimiento ante el argumento. No lo consigo.

Yo he amado, y como todo amante he vivido también el abandono. Fui uno de esos que buscaba la aprobación de todo aquel que quisiese escucharme. Hablaba de sus pies fríos, de su manía de dejarme sin café por la mañana, de su lápiz de ojos que encontraba en cualquier sitio o de las pocas veces que la escuché decirme: te quiero.

Yo he amado. Por eso no puedo asentir. No puedo dar la razón a quien no la tiene. Mientras se ama y se es correspondido, las pequeñeces de una relación se agigantan hasta crear rascacielos con pies de barro, pero cuando se pierde, esas naderías germinan fuertes para convertirse en el símbolo vivo de un solar vacío.

Cuando estoy durmiendo, achicharrándome bajo un manto nórdico, ansío el contacto de sus diminutos pies, que sólo buscaban calentarse al amparo de mi calor y que conseguían que templase mi temperamento para poder dormir. Me despierto y tengo la cafetera preparada con más litros de los que soy capaz de ingerir, como un recuerdo constante de que no podré volver a dormir. Mi casa está recogida en un orden perfecto que nada perturba, ha perdido la candidez del caos, es un expositor sin vida. Ahora puedo recordar cada vez que me amó, especialmente la última. Esa despedida amarga, las lágrimas que caían por su piel sonrosada mientras sus labios, que he besado en infinitas ocasiones, se despedían definitivamente de mí. Su melena caía en bucles sobre mi rostro, sollozó sus últimas palabras de amor y se marchó para siempre. Solo ahora soy capaz de centrar mi atención en la fuerza de las palabras proferidas en vez de en la ausencia de ellas.

No consigo asentir. No consigo asentir porque no puedo permitir la asfixia de la perfección, del control de unas manías que nos humanizan. Ansío su desorden, sus uñas mordidas y sus pies fríos mientras me pregunto si alguna vez tendré valor de preguntarla si me añora, o añora la costumbre de mis manías.

Ningún tesoro es tan indiscutiblemente hermoso que la costumbre o la falta de cariño no puedan robarle el brillo de lo valioso; por eso me parece un arte encomiable entregarles también a las cosas cercanas y corrientes la dedicación y el cariño que concedemos a las bellezas lejanas y apartadas.

Hermann Hesse (1877-1962).

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Una respuesta a La manías de la costumbre

  1. Ruiseñor dijo:

    ¡Que bello¡ !Que triste¡
    ¡Que cercano!

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