Finales

Este fin de semana tuve un descubrimiento. Llevaba mucho tiempo delante de mí, pero por unas causas u otras no lo había percibido hasta el sábado. Llevo años acudiendo al mismo bar por las noches, a un lugar en el que me encontraba a gusto, en el que sabía que tenía un espacio reservado para mí, era parte de un todo que rezumaba vida nocturna. Esa sensación, esa alegría de pertenencia, desapareció.

Entré por la misma puerta de siempre y saludé a los puertas, con los que a fuerza de unas cuantas palabras durante la cola de entrada he empezado a conocer. Existe un respeto, un feliz contubernio en el que ellos me permiten entrar sin problemas y saltándome las esperas y yo voy vaciando mi cartera entre tragos de esperanza.

Saludé a las cameras y pedí la copa. Nada parecía haber cambiado. Estuve alrededor de una hora mirando a mi alrededor, incómodo, sabiendo que algo no iba como debía. Me lo achacaba a mí, tan acostumbrado estoy a ser la fuente de mis sensaciones. No fue así. De repente, sin saber bien cómo, empecé a ver la luz. Lo que miraba no era a lo que estaba acostumbrado; la música, la bebida y el personal eran los mismos pero los ojos de los que allí estaban me transmitían algo diferente. No había visto cómo perecía lentamente aquel lugar y sin embargo ahora era consciente al ver el cadáver.

No aguanté mucho. Nunca me ha gustado ver un final que no termina. Todo final debe ser rápido, limpio y perenne. Allí estaba yo, oliendo un muerto en descomposición y observando cada detalle de aquel bar para retenerlo en mi memoria. Esa mesa donde conocí a María, esa pista de baile donde tanto reí, esa barra en la que tanto hablé. Me di la vuelta y me marché para siempre.

Reflexioné en el camino de vuelta. Como escritor soy un pésimo finalista, en cada libro hay un final, pero sólo para el lector, la imaginación del que ha creado la historia va más lejos que la palabra fin, navega por el destino de sus personajes hasta que los límites se vuelven insospechados. Una vez leí que los finales felices son historias sin acabar, tiene razón, pero sólo porque la palabra final, en sí misma, es un eufemismo.

Mi bar murió, pero no lo hará la vida nocturna. Pronto se convertirá en otra cosa, en algo diferente, sí, pero en algo al fin y al cabo. Con los amores, sean nocturnos o no, ocurre lo mismo. Puede que nos cueste ver cómo se van extinguiendo poco a poco, como perecen sin sentirlo hasta que un día, sin un motivo aparente, vemos que la persona que nos acompaña no es la misma con la que empezamos el camino, o que los que no seamos los mismos seamos nosotros. Podremos empeñarnos en continuar imaginando esa persona del pasado, pero sufriremos más cuanto más nos alejemos de la realidad; podemos aceptarlo y continuar recorriendo ese camino junto a ese viejo conocido que se ha convertido en alguien por conocer, y viviremos una nueva aventura con una cáscara conocida, como si fuese una persona diferente que se parece a aquella que conocimos una vez. Finalmente, puede que lo que prefiramos sea cortar esa relación, y que los caminos se separen y se conviertan en algo distinto, de amistad a enemistad, de lo conocido al olvido, pero siempre será un camino nuevo, una historia que no perece, una historia sin final. Los caminos se reencontrarán o no, pero jamás morirán.

Por un instante he sentido lástima por el tiempo. Ése que todo abarca, tan acostumbrado a los finales y a los perecimientos que lo tachamos de insensible o cruel. No lo es. Simplemente sabe que de todo lo que termina nace algo nuevo, pues no existe un final.

Mientras llegó a estas últimas líneas pienso que, aunque finalice con un punto, mi cabeza continuará divagando en la siguiente historia que vivirá, durante un tiempo, en el recuerdo del lector.

La tristeza de la separación y de la muerte es el más grande de los engaños.

Mahatma Gandhi (1869-1948).

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3 respuestas a Finales

  1. Ruiseñor dijo:

    Linda nostalgia, lenta y dulce

  2. Anónimo dijo:

    Tras haber dominado el mar cobrando botines el pirata surca otras aguas con nuevas aventuras, monstruos y tesoros. ¡A bar muerto, bar puesto!

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