Una mañana de sábado

El teléfono vibraba con la fuerza de una resaca de primero de año. Golpeaba como un martillo la cabeza de Juan, machacándole un sueño que no había terminado de llegar aquella noche. Alargó la mano hasta su mesilla Kelma negro-marrón de unos grandes almacenes. El polvo acumulado en una semana sin limpiar manchó la punta de sus dedos mientras la pantalla del móvil se volvía del color de la habitación, un negro cargado.

Usó los pies para palpar una sombra que se había desvanecido con la primera bruma de la mañana, un recuerdo de una noche ardiente que debía reposar a su lado. Las sábanas estaban aún calientes.

Forzó la voz para gritar un nombre que no se sabía con certeza, salió un susurro apagado en tono de súplica:

-Sara…

El eco resonó tan vacío como los gemidos de placer a un oído que ansiaba oír amor. Un despertar confuso, una mañana solitaria y una noche borrosa es todo lo que le quedaba de un enamoramiento que tuvo la vigencia de lo que duró el efecto del alcohol.

Hundió la cabeza entre las sábanas, temeroso de que una casa vacía le oyese llorar. Vertió una lágrima por cada orgasmo robado a un espíritu romántico que sólo ansiaba poder respirar de nuevo su esencia, la esencia de una mujer huida en la debilidad del sueño, sin un teléfono, sin un mensaje.

Amalia, se llamaba Amalia.

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Una respuesta a Una mañana de sábado

  1. Ruiseñor dijo:

    Bonito, suave, romantico…y se nota que eres hombre

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