Hoy es uno de esos días

Hoy es uno de esos días. Me despierto como cada mañana, pero con la sensación de que algo pasa que escapa de mi control; y no sé que es. Mientras pasan las horas me veo arrastrado por una sensación que sólo sé definir como melancolía, aunque no se adapte perfectamente. Quiero pensar que es algo pasajero, que la melancolía no se está ciñendo a mi cuerpo como un cinturón de cuero curtido, de esos que al ponerte parecen holgados y al quitártelos descubres los pliegues de tu propia piel. Ansío destruir cada línea de actuación, cada pequeño plan que me ha mantenido activo los últimos tiempos lo percibo avocado al fracaso. Dudo, no sé si estoy así o soy así. Me asusta la segunda opción.

Temo convertirme en una de esas personas lineales a las que encuentras cada verano y que tras los primeros cinco minutos de conversación no consigues diferenciarlas de la misma persona que conociste un año antes. Tiene la misma belleza, los labios del mismo rojo intenso y su cuerpo sigue con la misma tersura, pero aunque lo parezca no es exactamente la misma. Al anclarse en su crecimiento se ha estancado, sus historias, repetidas a lo largo de una infinidad de veranos emanan cierto tufo a estancamiento; es el primer síntoma de putrefacción. Al mirarla, creo ver el recuerdo de un pasado, pero mi olfato me indica que esa alma se está muriendo. No, no es la misma.

Hablaba de belleza, pero quizás sea una belleza melancólica, tampoco se adapta perfectamente. Es fría, un canon de perfección objetivo, algo estático. Lo desecho. Destruyo un presente, no, destruyo un pasado. Hoy es uno de esos días.

Cuando noto que mi melancolía está pasando del estar al ser, el brillo de una esperanza se refleja en unos dientes nacarados que presentan una enorme sonrisa. No respeta los convencionalismos y me abraza con la calidez de una mirada suave que conmueve mi espíritu. Agita mis sentimientos con violencia, arrancándome de la catarsis de una tristeza que me acompaña cada verano. Rompe mi lineal con la facilidad con que se rasga una hoja de papel. Me insufla vida. Es una persona diferente a la que conocí hace un año, una sierpe que muda su piel con la periodicidad de las cuatro estaciones de Vivaldi. Sí, ésa es la banda sonora que le he puesto al sonido de su risa. Su crecimiento es vida, y esa vida, quizás, sea todo el alimento que yo necesite. No soy el único que posa sus ojos en ella, no lo sabemos, pero esa sensación que notamos es anhelo. No anhelo hacia una belleza estanca, sino a la belleza que produce un movimiento continuo, el devenir hacia algo mucho más grande de lo que podemos comprender. La genialidad es indomable.

Hoy es uno de esos días en los que, sumido en mi verticalidad, su recuerdo derriba un relato que debía ser triste para convertirlo en otra cosa, quizás en unas palabras que emanen vida, o al menos cambio.

Hoy es uno de esos días en los que ansío volver a verla aunque sé que cada año es diferente, que lo que viví no volverá, pero anhelo experimentar qué nuevas sensaciones me producirá el próximo verano. Hoy es uno de esos días en los que consigue que no diferencie entre el ser y el estar. Mis palabras mueren en sus labios, su mirada drena el cenagal de mi interior, su vida se ha impuesto a mi melancolía. Sí, hoy es unos de esos días.

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