La inmediatez de un sentimiento

Ya no sabemos caminar. Desde pequeños, pasamos de gatear a correr. La velocidad de la vida diaria nos acelera irremediablemente en una creciente espiral en la que no queda espacio para pararse a meditar y respirar. Nuestro cuerpo se mueve con la inercia de un movimiento que no notamos, como el de la tierra, pero que marca el devenir de nuestros pasos y nos mantiene en una carrera en la que el paso más lento es el trote.

Esta velocidad imperceptible supone un enorme gasto de energías y recursos. Desechamos todo aquello que requiere tiempo de germinación para alcanzar rápidamente un resultado diferente. Así, jamás podremos apreciar el crecimiento de un robusto roble y nos conformaremos con la plasticidad de un eucalipto.

Aspiramos a alcanzar la gloria con una meteórica carrera, que aunque no esté exenta de esfuerzo sí lo está de base. En vez de construir la pirámide por sus cimientos, hacemos todo lo posible por llegar a la cima inmediatamente, para después construir alrededor del escuálido y endeble pilar que nos mantiene en la cúspide. Mientras reforzamos esos cimientos, sufrimos la inestabilidad de la altura y podemos caer más fácilmente que aquel que tuvo la paciencia de esperar a que fraguase la base de hormigón de su destino.

La presteza impregna cada faceta de nuestra vida, consiguiendo que el corazón ansíe la inmediatez de un sentimiento.

En estas épocas en las que el flirteo se ha informatizado, en las que hemos sustituido el impacto de la mirada profunda de una desconocida por el frío y calculador “me gusta” –en base a unas míseras fotografías- de una aplicación como Tinder, los susurros se han convertido en mensajes nocturnos de Whatsapp y los besos furtivos en emoticonos.

La velocidad diaria nos impide saborear las tensas esperas, los largos paseos por las artes de la conquista y la dependencia emocional. Necesitamos un resultado rápido y, al hablar de sentimientos, siempre es un error. El contacto físico acelerado, tras una noche de alcohol y pasión y algunas semanas de tonteo por mensajes, nos puede llevar a pregonar un sentimiento aún no germinado, queriendo obtener un objetivo que requiere la necesaria orfebrería del tiempo y el romance.

Nuestro eucalipto, al que ya hemos bautizado como amor, se tambaleará con las primeras tormentas del conocimiento, pues la personalidad que intuíamos al otro lado del teléfono, o el cuerpo que se alzaba orgulloso en la barra del bar no son más que eso, objetivos inmediatos. Tras el aparente éxito, llega la hora de cimentar, y es aquí cuando descubrimos la verdadera naturaleza de lo que creímos un sentimiento y puede que no llegue a sensación.

Hoy, escupiendo estas palabras antes de ponerme a trabajar, corriendo para poder alcanzar el final del texto antes de la hora de entrada en el trabajo, me doy cuenta de que nado en la misma corriente que tan fervientemente rechazo. Escribo y pienso en el paso de mis padres, ése que tanto me exaspera por su lentitud pero que ha aguantado treinta y cinco años de matrimonio.

Antes de publicar esto, respiraré profundamente y contaré hasta diez, como harían mis padres, para descubrir si este texto está impregnado por la inmediatez de un sentimiento.

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4 respuestas a La inmediatez de un sentimiento

  1. Juanjeras dijo:

    Magnífica HistoriaViva. La “inmediatez”, el “me apetece” y el “ahora” son unos de los principales problemas del mundo en el que vivimos. Hay que reconocer el trabajo bien hecho, el esfuerzo y la perseverancia de aquellas personas y proyectos que son robles.

  2. J dijo:

    No podría estar mas de acuerdo. Es la primera entrada que leo en el blog pero ahora mismo lo pongo en favoritos.
    Gracias por describir asi de bien, el mayor problema al que nuestras futuras generaciones se enfrentan sin saberlo.

  3. Anónimo dijo:

    deja de romper corazones

  4. ruiseñor dijo:

    Estas prisas que ta bellamente describes, casi me hacen comentar tu escrito con una palabra. Que razon tienes!
    Creo, como tú, que las cosas buenas tienen tempo lento y desgraciadamente no nos paramos a escuchar.

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