Canas y Patas de Gallo

La vida nos enseña que la experiencia es un grado. Ya sea de una forma agradable y sencilla o, como la mayoría de las veces, en un entresijo de rodeos que no parecen llevar a ninguna parte, la experiencia nos va envolviendo con un sayo al que llamamos sabiduría. Gracias a esta defensa nos sentimos seguros, sabemos que podremos hacer frente a cualquier imprevisto. Remarcamos el valor de nuestras experiencias alabando las frases de nuestros antepasados. Frases como: Ya peino canas o más sabe el diablo por viejo que por diablo, se convierten en manidas y útiles coletillas con las que adornar nuestra madurez.

Pero el destino es un hábil rival que, cuando más convencidos estamos de que no será capaz de vencernos de nuevo, nos ataca donde más fuertes nos sentimos. Nuestra seguridad se resquebraja por la grieta de la duda y caen los más formidables sistemas defensivos hasta sentirnos en la extrema vulnerabilidad de la desnudez. Desubicados, mareados, y tan endebles como un susurro, no podemos más que gritar: ¡Bravo!

Hay que aplaudir, atronar con una ovación los ecos de la eternidad, pues contra un destino que es verdaderamente sabio, nada podemos hacer.

Las experiencias nos marcan, nos imbuyen con la fuerza de una historia que nos valdrá para luchar en el cuadrilátero de los recuerdos, pero que no sirve para hacer frente a lo que traiga el destino. Aunque hace años tomé la decisión de no enfrentarme a este rival, todavía coleo como un pez fuera del agua. Mi naturaleza insumisa me impide reconocer un amo que como tal ejerce, llevándome por caminos en los que sólo me adentraría con la confianza de un padre.

Como el rey Príamo, creí que mis murallas troyanas me salvarían de volver a sentir la fuente de las cicatrices de mi alma, pero el destino, con su exquisito sentido de la ironía, envió una flor a la batalla contra mis recuerdos. Así me descubrí en el interior de una floristería de Barrio alto, perdido entre el ramaje de una mirada franca e invitado por una sonrisa que me desarmaba, desnudándome pétalo a pétalo, embriagándome con un aroma conocido pero olvidado, hasta mostrarme la verdadera esencia que siempre tuve, o tuvimos. Recordándome, al fin y al cabo, lo que siempre fui y seré: un romántico.

-¡Cómo te quiero, Lisboa!

 

La experiencia no es lo que le sucede al hombre, es lo que el hombre hace con lo que le sucede.

Aldous Huxley (1894-1963).

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Una respuesta a Canas y Patas de Gallo

  1. Francisca dijo:

    “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.”
    Pablo Neruda

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