Entre el rojo y el verde

En la vida diaria existen cientos de indicadores que nos expresan un estado. Como si de velocímetros se tratase, apuntan hacia el color rojo en caso de que sea necesario un cambio, o hacia el color verde si las cosas van bien. Así de simple, no se necesita más para catalogar una realidad.

En el día a día no existen ratios que nos digan cómo va la marcha de nuestra vida, no hay números rojos ni semáforos en verde. La experiencia nos va ayudando a discernir algunos ejemplos, algunas llamadas de atención que requieren el compromiso de la supervisión. Desde el silencio hasta las lágrimas, la apatía o incluso la falta de apetito son síntomas de que está pasando algo, quizás no sea algo que se pueda diagnosticar con la precisión de un médico, pero sí pueden ser cosas apreciables a simple vista.

El problema llega en cuando no podemos vislumbrar el problema. En una vida cotidiana que asfixia hasta la derrota, no es factible meditar hasta focalizar una posible grieta, estamos demasiado exhaustos como para ponernos a pensar. Cuando el ritmo baja, como en las vacaciones, es cuando los golpes llueven uno tras otro. Apenas somos conscientes de lo que ha ocurrido para llevarnos a una situación así. La desesperación se apodera de nosotros, buscamos una solución, algo que nos lleve a no sentir dolor.

Las excusas son tan variopintas como los colores, desde focalizar el problema en otra persona, culpar a la sociedad, o al trabajo, o a la pareja. También estaría el avestruz, aquel que se centra en un aspecto positivo de su vida sin atender jamás al apocalipsis que asola el resto de sus pilares. Por supuesto, existen los maestros del no; aquellos que serían capaces de negar –o renegar de- todo aquello que es irrefutable.

La memoria humana es selectiva, olvidamos lo que nos produjo el daño y restituimos la negatividad en que nos sumió por un cúmulo de recuerdos positivos. Así se puede recaer en errores pasados que realmente nos parecen nuevos. Desde amigos tóxicos a parejas poco reconfortantes. Es por ello que me resultan tan útiles los diarios, ellos no mienten porque uno mismo los escribe cuando la pena es reciente. Sin ellos, quizás nos resultaría imposible retroceder hasta el punto exacto en el que nuestro estado de ánimo comenzó a torcerse, pudiendo así aislar el hecho que nos tumbó, aunque hayamos tardado años en caer del todo.

Como en la sanidad, localizando el problema se puede comenzar a buscar una solución. Si el problema se niega, viviremos en el defecto eterno.

Navegar en el pasado de nuestro ánimo también sirve para recordarnos que aunque estemos en un mal momento, hemos pasado ratos felices. Con la fuerza de ese recuerdo, con los aromas del instante recordándonos una estación, el tacto de un lugar, la energía de un sentimiento,  la mente genera lo que no puede la vista y buceamos de nuevo en aquel instante de felicidad que nos aporta vigor en momentos de crisis.

Lentamente, gracias a ese cuaderno de bitácora, rememoramos historias pasadas que también serán futuras. El júbilo del pasado reconforta nuestro presente hasta que, sin darnos cuenta, el color del velocímetro abandona el estío para acercarse a una boyante primavera.

Tras la tempestad, llega la calma.

Refranero español.

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Una respuesta a Entre el rojo y el verde

  1. Ruiseñor dijo:

    Buen bisturi, como siempres nos tienes acostumbrado …Ah¡ y mejor pluma

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