El hombre sin sueños

Lo dejé. Aún no sé cómo, pero lo dejé. No es que no le quisiera, más bien al contrario, me resulta difícil poderlo explicar.

En el cine, las grandes historias de amor empiezan con un encuentro casual: un café compartido en un día de lluvia, un encontronazo en el metro o una pasión surgida en el cuarto de la fotocopiadora. Hay miradas y silencios, tacto y ansiedad. La nuestra no fue así. Usamos una aplicación de móvil, uno de esos buscadores de parejas que se basan en la equivalencia de intereses. Nosotros no somos iguales, quizás la casualidad fue que la aplicación uniese a dos personas tan dispares.

Me enamoró, lo reconozco. Me enamoró esa particularidad suya de convertir cualquier situación en un juego. La vida era divertida a su lado. No había penas o desdichas, sino baches en una historia mucho más larga. Siempre tuvo un ligero barniz de cuentacuentos, era capaz de contar la historia que estábamos viviendo de tal forma, que invadía mi imaginación con sus locuras. Así, viajamos por Oriente en un tren a vapor, surcamos las simas del océano o vivimos en el París del siglo XVIII.

No era alto ni guapo y vestía de una forma bastante estrafalaria, pero era vivaz; ha sido la mente más despierta que he conocido. Cada reto era una oportunidad de mejorar, cada zancadilla la mejor forma de probar su salto. No desfallecía nunca, no conocía la tristeza.

Descargaba toda su energía sobre mí, mostrándome nuevos mundos, aventurándonos en caminos de vida, haciéndome reír. Mi vocabulario no alcanza a describir lo colmada que llegué a sentirme, la dicha que fui capaz de disfrutar en cada faceta de mi persona. Aún le maldigo en las profundidades de la noche por enseñarme lo que es la felicidad, pues la huella que ha dejado en mí su ausencia ha cambiado mi carácter. Ya no soy esa mujer que soñaba con su gran historia de amor, ahora soy una superviviente que ansía recuperar lo perdido.

No necesitábamos formalizar lo que ya era un hecho, éramos el uno para el otro; y el camino, nuestra vida juntos. Todo cambió, pasamos de ser dos a ser tres.

El tercero no era una persona, era una presencia. Una sensación de que algo fallaba, de que la felicidad se escapaba por entre los dedos como granos de arena. La sensación que queda es que vas perdiendo el alma en cada bocanada, abrumada por la desesperación de tener algo que fluye inexorablemente fuera de ti sin poder evitarlo, como si la muerte te estuviese arrancando la vida poco a poco.

En el día a día no era fácil notarlo, quizás por eso tardé tanto en darme cuenta. Los abrazos no dejaron de ser cálidos, las bromas de tener su gracia ni el sexo se convirtió en programado. No. Fue algo mucho más sutil lo que debió darme la pista, en sus ojos ya no existía esa chispa, ese fugaz brillo que representa la fuerza de la esperanza.

La imaginación y las historias fueron extinguiéndose lentamente, al igual que los juegos. Entramos en la rutina de los demás, esa que no podía afectarnos. Quizás, esos momentos de soberano aburrimiento en los que te planteas los por qué de la vida, sean los únicos auténticamente lúcidos.

Entonces le vi. Vi realmente cómo era su esencia. Sentí la negrura que le atrapaba. Pude observar cómo iba muriendo su alma sin remedio, tan inexorable como el paso del tiempo. Permanecí a su lado, amándole y apoyándole en cada aspecto de su vida. Deseé la presencia de unos amigos que ya se habían marchado. Quise introducirme en sus aficiones hasta que descubrí que eran pasatiempos para esperar el fin de la vida. Su trabajo no llegaba ni a eso, era un autómata. Su voluntad se había quebrado.

Durante este tiempo me he sentido una viuda, enamorada de un hombre que ya no está. Lloraba, no por él, sino por su recuerdo. Estuvimos durmiendo juntos hasta que noté que la cama se quedaba fría. No puedo explicarlo, pero ha muerto. En cuanto perdió su capacidad de soñar, de emocionarse, fue apagándose hasta convertirse en el muñón de carne que es ahora, una persona sin alma, un hombre sin sueños.

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Una respuesta a El hombre sin sueños

  1. Anónimo dijo:

    Como siempre,excelente. Bien escrito, analizado y …sufrido.
    Dando en el clavo de los sentimientos con ese deje de melancolia triste, tan caracteristico.

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