Fin

Nunca creí que llegase vivo a estas alturas de mi vida.  No soñé en mi adolescencia con los grandes logros asociados al destino porque simplemente sabía que no estaría aquí. Los planes de una vida futura me aburrían y me parecían ilógicos si iba a superar la barrera de la muerte mucho antes que todos los demás. ¿De qué me servían a mí las ideas de estabilidad, familia, hijos, o éxito profesional? Apenas eran palabras que escuchaba de vez en cuando.

La pistola está cargada, bien engrasada y lista para hacer aquello para lo que está diseñada: matar. Encima de la mesa de la cocina parece un juguete, como tantas cosas en mi vida, su esencia dista mucho de la imagen mostrada en la realidad.

Poco a poco me he ido quemando. Cuando sabes que vas a morir joven, no le das relevancia alguna a las pequeñeces de la vida diaria. No perdí el tiempo con los cabreos estúpidos, las luchas de poder en el trabajo, las relaciones personales y demás chorradas que ocupan el tiempo de las mentes que me rodean. Muriendo joven, esas ideas me suponían el mismo valor que una reluciente y recién exprimida mierda.

Parece que al percutor no le pasa nada y el gatillo está desbloqueado. Solo falta lo que sería más difícil para otros, pero para lo que me llevo preparando muchísimos años. Empecé a imaginarme como sería mi suicidio a los quince años.

Hablaba de mierda, y tiene su sentido. Sabía que tenía que aguantar sólo hasta una fecha determinada, que no importaba nada más. En ese tiempo me ha dado tiempo a amontonar mucha dentro de mí, como si tuviese el agujero del culo sellado. Cuando se acumula tanto, sin una vía de escape, la esencia de lo que querías evacuar se va mezclando con tu propio ser, hasta convertirte en aquello que querías expulsar. Así que soy un enorme pedazo de mierda, cocinada en un jugo de odio, incomprensión, ira y miedo. He dejado de ser humano para convertirme en otra cosa.

No tengo claro si es mejor meterme el cañón en la boca, o dispararme a la sien. Nunca me ha gustado la sensación de frío, y el metal de la pistola tiene la temperatura del trastero dónde lleva años guardada, mejor en la sien. Aunque estaba preparado, me sorprende el contacto sobre mi piel, la pistola parece ser la gélida muerte.

Dudo. He descubierto cosas nuevas que me hacen plantearme mi decisión. Llevo muchos años percibiendo la vida de una manera distinta a como lo hacen los demás, y quizás ahora, la vida, sabiendo que está próxima a extinguirse, me enseña aquello por lo que merece la pena pelear. No tengo claro que exista realmente un retorno. Cuando algo está tan viciado, lo mejor es erradicarlo y dejar que germine de nuevo. Yo no puedo renacer, es una verdad incómoda.

Miro al frente y levanto orgulloso la cabeza, al menos esta vez mostraré valentía a pesar de tener el dedo petrificado.

-¡Bum! –grité.

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