Cicatrices

Las heridas sangran, se cierran, curan y dejan un rastro diferente a la piel que llamamos cicatriz. El cuerpo es una máquina engrasada que actúa siempre de la misma forma, pero nosotros, amparados en una imperfección divina, no somos así. Nuestra personalidad se curte, pero las heridas sólo dejarán de manar fortaleciendo el escudo del tiempo.

Es fácil identificar una cicatriz, no dudamos, es algo empírico que no admite discusión. Sin embargo, conjeturamos y erramos al intentar discernir una “tara” emocional. Ni siquiera ahondando en nosotros mismos tenemos la capacidad de ver esas heridas, cicatrizadas o no, sanas o  purulentas, olvidadas o en el doloroso presente. Y sin embargo están ahí.

Cuando alguien sufre un trauma de esta índole, crea –al igual que el cuerpo- una defensa alrededor de la zona vulnerable. Quizás corte el acceso a sus intimidades, quizás desarrolle una aprehensión por una vida que ya sólo ve como el paso anterior a la liberación de la muerte. Puede que esa herida cure, y hasta que el escudo caiga, pero el vacío interior se habrá rellenado de algo diferente a lo que había. El cambio es inexorable.

Es una batalla atroz la que algunos plantean contra sí mismos, en busca del recuerdo de lo que fueron en un pasado, como si despreciasen el ser en el que se han convertido. No hay vuelta de hoja, los traumas emocionales nos cambian de tal forma, que siempre tendremos en nosotros esa experiencia.

Puede que muchos oculten sus cicatrices por el rechazo de los demás, como si en este mundo sólo tuviesen cabida los hombres y mujeres que no saben lo que es recibir un daño que les modifique, caer y no tener la posibilidad de levantarse. Resulta extraño que podamos adaptarnos a vivir con un solo brazo, pero no a hacerlo con un corazón roto.

Muchos de los que han sido marcados, vagan por el mundo en busca de una nueva razón para la existencia. En el ámbito de la herida surge la rigidez del cuero, con un manto de firmes decisiones, como muñecos que se han olvidado de que se pueden mover. Jugaron y perdieron, y puede que aún estén sumidos en la derrota; pero se honrará su valor frente aquellos que nunca llegaron a jugar por el miedo al dolor. El conservadurismo emocional aburre.

Las experiencias vitales profundas marcan el alma, pero ninguno se preguntará: ¿por qué lo hice?, ¿por qué arriesgué? No, desde su oscuridad saben lo que es la luz. Sólo de la derrota puede surgir la victoria. Pensar en cómo se cayó no es arrepentimiento, es sabiduría. De las lágrimas germinará vida, de raíces fuertes y espíritu indomable, con corteza rugosa surcada de cicatrices, con las venas bombeando savia nueva.

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3 respuestas a Cicatrices

  1. Lizbeth dijo:

    Parafraseando a Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis cicatrices”. (Cicatriz. Impresión que queda en el ánimo por un sentimiento pasado).
    Todos tenemos/arrastramos cicatrices, el quid de la cuestión es hacer de ellas algo bueno o malo con el tiempo; un amor perdido, el que nos dejo marchar o le dejamos escapar, un café pendiente que deja en el aire un: ¿qué hubiera pasado, y si…?
    El miedo, la culpa, el dolor… son los principales causantes de que las heridas se mantengan abiertas y no sanen. La cicatriz es, sencillamente, la marca de una experiencia, algo vivido que deja huella… y que tire la primera piedra el que no tiene alguna.
    ¿Tarados emocionales? Todos lo somos en algún sentido, la diferencia está en permitir que esas taras nos fortalezcan, forjen nuestro carácter enseñándonos a ver lo que queremos o el lucramos en ellas.

    Cicatrizar y aprender, nada más.

    • Una cicatriz no es algo negativo, es un icono, una señal de que se ha vivido. Puede que se haya ganado o perdido, pero lo que es seguro es que se ha aprendido. Quizás esta sea la esencia del erotismo de las cicatrices, la historia que encierran. Muchas gracias por el comentario Lizbeth, me ha gustado mucho el final: “Cicatrizar y aprender”. Efectivamente, nada más. Un saludo.

  2. Anónimo dijo:

    Parece que puedes leer el alma y claramente definir la vidan nuestra vida, la de todos.

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