Sueños compartidos

“Al día siguiente de estar con él, me siento la mujer más desgraciada del mundo por no poder estar con él”. No son unas palabras mías, sino de una fuente anónima que me dejó estupefacto por el dolor y la tristeza que las acompañaban.

Nos obsesionamos con amores imposibles, de película de media tarde, para justificar una vida anodina en la que nuestra mayor preocupación sería no llegar a fin de mes con la suficiente holgura. Sí, lo hacemos todos, a día de hoy, es uno de los pocos campos en los que aún podemos actuar libremente.

El problema de la auténtica libertad es que la mayoría no está preparada para afrontarla. La fuente de cualquier obsesión es el rechazo (entiéndase miedo), ya sea éste real o imaginario –incluso personal o externo-, consigue confundir nuestras metas hasta focalizarlas en una persona o ideal. La persona sobre la que se vierten estos deseos puede estar inflamándolos o incluso desconociéndolos. No es el culpable de nuestra desgracia –y qué decir del ideal-, sea como sea él o ella, el único responsable somos nosotros mismos.

Una persona que pueda encargarse de su propia libertad se equivocará, sufrirá y hasta dañará, pero siempre será consciente de cuál es su individualidad, cuál su destino, y qué personas pueden acompañarle en la travesía.

Cuando personalizamos un miedo en una persona, podemos camuflarlo de amor, culpabilidad, o incluso odio, creando un fantasma, un avatar que no existe más que en nuestra cabeza. Sufriremos por los desvaríos entre el ente y la carne real, purificaremos cualquier actitud encontrando en ella la verdad escondida de la honestidad, la rectitud y cualquier otra virtud rimbombante de novela de caballerías.

No digo que no se puedan encontrar estas virtudes, sino que si las focalizamos en una única persona, justificaremos cualquier actitud para ver aquello que queremos ver. Lo que nos resulta fácil de entender con la culpabilidad –acusar para no sentirnos culpables-, nos resulta imposible con aquello que llamamos amor. Es paradójica la oscuridad que rodea a un término que es capaz de aportar tanta luz a nuestras vidas.

Creo que digo esto como lección sabida, pero fue primero llorada, sangrada y sufrida. El conocimiento personal sólo llega a través de la experiencia.

Ahora, en el cénit de una tarde de otoño, me doy cuenta de que las metas pueden no ser alcanzadas individualmente. Algunas como el éxito o la amistad sólo merecen ser conquistadas en compañía; otras, como quizás el amor que hemos tratado, sólo pueden ser alcanzadas con una persona con la misma meta, para así, tener el privilegio de vivir un auténtico sueño compartido.

Finalmente, puede que la meta en sí sea lo menos importante, pues al nirvana sólo se llega a través de sueños, y estos, vividos en soledad, son como una noche que no comparte su luna.

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