Hoja en blanco

Como escritor, siempre he tenido cierto respeto al síndrome de la hoja en blanco, un miedo a no saber qué decir, a dudar, a que la imaginación se estanque y nunca haya nada nuevo. Sinceramente, es algo que no he experimentado aún con la virulencia suficiente como para hacer un drama de ello. Sin embargo, como persona, sí que siento el terror que me inmoviliza, la asfixia, el –si me apuran- dolor físico de la inapetencia.

Cada hombre tiene una meta, un ideal, algo por lo que soportar el peso de la vida. En mi caso, siento que esas fuerzas que me guiaban van desapareciendo sin ser sustituidas por nada que se mantenga en mi página más de unos instantes. Como si el día a día fuese ir borrando la tinta de los lemas de mi vida, siento que mi mundo se va convirtiendo a pasos agigantados en una enorme hoja de papel en blanco. Escriba lo que escriba en ella, desaparece como si usase tinta invisible.

El miedo no se debe a no saber qué añadir a mi vida, sino a que lo que se añada no perdure. Tengo la sensación de que, a día de hoy, mi paso por el mundo se borrará con la rapidez con que se extingue un soplido.

Las huellas personales, esas que podemos dejar en las personas de nuestro entorno, son menos profundas en estos tiempos de corazones recrudecidos y entregados al afán de una supervivencia a la que cada vez encuentro menos sentido. Estas impresiones durarán en todo caso la vida de aquellos que nos sobreviven, y terminarán con tu recuerdo en la más absoluta de las ignorancias.

Aquellos que dedican sus días a la creación de un imperio, ya sea propio o ajeno, saben que éstos caerán. Y aunque se consiga una cierta importancia histórica, no se progresará más que como una mera anécdota en un libro de historia, como la Compañía de Indias.

Los rastros de la creatividad sí parecen tener más visos de vigencia. No me entra en la cabeza un mundo en el que ya no se hable de Shakespeare, Cervantes, Leonardo o Beethoven. Los únicos siempre serán reconocidos, y sus creaciones pervivirán aunque se vayan modificando con el paso de los años. Pero el talento es una rara avis, con escasa cabida en la mercantilización del ingenio, casi soy capaz de sentir como se van apagando los grandes artistas de esta época, perdidos en el olvido del mercado.

¿Qué hacer entonces? Con esta pregunta siempre llega el final de mis elucubraciones, no consigo superarla. Ideas ha habido, pero se van extinguiendo en un horror en el que paulatinamente quedan menos renglones en mi párrafo y en el que el síndrome de la hoja en blanco me va ganando terreno. Qué ganas tengo de romper el papel.

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2 respuestas a Hoja en blanco

  1. Director de Marketing dijo:

    Tengo la sensación de que, a día de hoy, mi paso por el mundo se borrará con la rapidez con que se extingue un soplido.

    Que me está contando Agente Smith. Tu obra será recordada por los hijos de los hijos de los nietos de tus amigos; y por los amigos de tus amigos también.

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