Cállate y navega

Su ojo avistó lo que podría ser, la vio moverse entre el gentío, beber a pequeños sorbos de un vaso en el que no había restos de hielo y bailar con sus amigas en un desenfadado apogeo de individualidad y libertad.

No podría precisar si era por esa sonrisa de sombras y luces de neón, por la graciosa figura que se adivinaba como un navío en día de oleaje o porque entre las mareas de gente surcaba su gracia manteniéndose a flote para servir de amparo a los vagabundos de la noche como él.

Los naufragios pasados hacían dudar a su cabeza, mientras su corazón izaba las velas de una relación, de una conquista que, aunque no fuese segura, hacía que mereciese la pena correr el riesgo. El bote de su destino bregaba entre dos vientos de distinto role, escorándose a cada lado en función de cuál era el que más forzaba a cada momento.

La cabeza comenzó a ceder para no encallar antes de la primera ceñida, pero en un momento de indecisión, los vientos cesaron para que llegase la calma. Se quedó varado a mitad de pista de baile, sin saber si continuar su viaje buscando a su sirena o recogerse hacia  puerto seguro, el destino de los cobardes.

Las contrariedades impedían avanzar al marinero, por un lado la aventura del corazón hacia un nuevo horizonte, por otro la experiencia de la cabeza recordando incesante los sueños que se convirtieron en historia, los recuerdos que aún ondeaban en los mástiles del pecio.

La falta de movimiento mantenía la deriva de su alma, su decisión naufragaba en el pozo de sus inseguridades. La carcoma de la desidia roía el maderaje de su imagen. De vistoso galeón había pasado a simple esquife maltrecho. Como tal, no era capaz de resistirse a los oleajes de gente que le enviaban sin remisión a las peligrosas aguas de los icebergs, de icebergs bañados en un whisky bastante dudoso.

De capitán de su destino había pasado a grumete del mismo. Incapaz de reaccionar, se abandonaba a los pensamientos de lo que pudo haber sido, la única esperanza del náufrago que va a fallecer ahogado en sus propios recuerdos.

Pero no fue el marinero el primero en avistar tierra, sino la sirena, que mantenía una distancia de seguridad, y al ver la decadencia del buque insignia de su sino no pudo más que tocar a zafarrancho y volar sobre las aguas infestadas de borrachos y libertinos para tomar el mando del barco que iba a la deriva.

Cuando él, consciente de que iba a ser remolcado, quiso farfullar las palabras de una última y heroica defensa del honor, ella espetó:

-Cállate.

El beso confirmó lo que el corazón había predicho. Aquella fue la última aventura que vivieron por separado el marino y su sirena.

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5 respuestas a Cállate y navega

  1. Fini dijo:

    Bien descrito. Lo que parece es que no es el mejor lugar para encontrar a tu sirena, no?

  2. JUANJERAS dijo:

    Relato con final féliz. Buen uso del argot naval!!

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