La espera del errante

Las horas no pasan si hay un objetivo, los días se funden en un instante como si el tiempo se plegara en un intento de hacer más llevadera la espera del errante enamorado. Nunca le consideré un sabio por saber confiar y esperar como dijo Dumas, e incluso mencioné la palabra “necio” al ver como castigaba su alma en el continuo limbo del que aguarda que algo pase. Hoy, al ver su rostro sereno he comprendido lo equivocado que estaba, y lo cerca que he coqueteado con la hiriente ignorancia.

Jamás comprendí cómo, después de aquella primera noche, pudo continuar hablando con María. Fueron horas de sensualidad reprimida, de miradas cargadas de un impulso ínclito que hace arder los instintos; de movimientos premeditados que buscan la provocación, el acercamiento y la inhibición. Las continuas invitaciones tuvieron el efecto deseado, el errante intentó el abordaje de un amor imposible con una etiqueta caduca. María le rechazó sin miramientos alegando una relación duradera de final previsible.

Pero el final no llegó, o no llegó todo lo rápido que debería. El errante vagó sin rumbo durante dos largos años, ajeno a mis comentarios, a mis súplicas para que superase el tonto enamoramiento de una noche de verano. Todos los ataques de su entorno fueron rechazados esgrimiendo el arma del sentimiento, como un adalid del amor que no flaquea por los giros del destino o el peso del tiempo. Don Juan se convirtió en anacoreta, se replegó en sí mismo para soportar una espera con visos de masoquista, pues María parecía avanzar en su relación con el otro hombre, y la idea del matrimonio ya había saltado a la palestra.

Fueron épocas oscuras, de lágrima fácil y risa oculta. Romeo luchaba por un amor perdido sin traspasar las líneas de la fidelidad a una idea que alimentaba con las escasas palabras que ella le dedicaba, como un náufrago que deposita sus esperanzas en el mensaje de una botella.

El momento acabó llegando, y por fin María abandonó una relación fracasada y coqueteó con la meta del errante. Los besos fueron tiernos, iguales a los de una pareja por tiempo establecida, envueltos en un cariño que nunca se extinguirá. Supe que la espera mereció la pena al ver el brillo en los ojos de mi amigo.

María no estaba convencida. Era un tigre que había estado enjaulado por mucho tiempo, y lo que quería era volar. Mantenía con pellizcos de atención la espera del errante, cuyo ánimo no flaqueó ni al verla alejarse por momentos. Fue paciente, esperó lo necesario para que ella apaciguase esa sensación que sale del estómago y nos obliga a gritar: ¡libertad!

Mi pragmatismo no hizo mella en él. Vagó exclusivamente por los caminos que ella le permitía y que no conducían a nada, se conocieron, se besaron e incluso hicieron el amor, pero eran atajos que acababan de nuevo en la circunvalación del corazón de María, rodeada de un manto impenetrable de ausencia de obligaciones que duró otros dos larguísimos años.

Hoy, doy gracias porque mis consejos no fuesen jamás escuchados. Pude ver durante un año entero como se cimentaba un amor que llevaba latente demasiado tiempo, las cosas sucedieron como debían haber sido desde un principio: un enamoramiento, una promesa, una petición y una historia unida por vivir.

Finalmente la espera llegó a su fin, y puede acompañar al novio a la iglesia y esperar con él ese último tramo hasta la meta. No fui consciente de que algo iba mal hasta que vi a mi amigo empalmar un cigarro con otro sumido en un gesto de preocupación al ver que la novia no llegaba.

La llamada fue como una piedra que crea ondas en la calma de un lago. Corrimos porque el hospital quedaba cerca. Un último giro del cruel destino se había cruzado en la espera del errante para hacerle caminar un poco más antes de conseguir su objetivo.

Su rostro no ha cambiado, le miro y no veo tensión por su Julieta, su sabia y eterna espera me enloquece, sé que pase lo que pase, nunca dejará de esperarla. Debo dejar de escribir estas líneas, pues ya viene el doctor y trae un gesto de muerte.

El destino no es justo, pero sí sensato. Sufrirá, llorará y se desesperará por la incomprensión, pero nunca dejará de vagar como el errante enamorado que siempre ha sido y será, viviendo un amor que sólo se entiende en toda su extensión, como la espera eterna de un sentimiento auténtico y de la única mujer que pudo provocarlo.

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Una respuesta a La espera del errante

  1. Anónimo dijo:

    PRECIOSO

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