Buenas costumbres

El verano es tiempo de olvido y reencuentro, de olvido de un día a día cargante y sin sentido que aboca a una muerte prematura, y de reencuentro con nosotros mismos, con ese yo que sueña con alegrías desbocadas, que vive en nuestro interior aguardando celosamente el momento en el que por fin reparemos de nuevo en él para convertirnos en nuestro verdadero ser.

Con este tiempo que invita a la pereza mañanera, podemos permitirnos el lujo de despertar con la luz del sol, saborear los amaneceres de esperanza que traen la consciencia de que nuestra única preocupación radica en dónde comer ese día.

Quizás marcharemos sin rumbo pero con meta, para abrigarnos de la realidad entre el mecer de las olas, que como fiel amigo nos recibe con el agitar del estremecimiento de la emoción. Puede que otros prefieran el fresco aliento de la montaña, que jalea las excursiones a golpe de viento aullante. No, no hay un destino pero sí una meta, y no es otra que nosotros.

Deseo la compañía de los amigos entre cacerolas de mejillones al vapor y navajas a la plancha, discutir con ellos la esencia de la vida mientras apoyamos los vasos de vino entre los restos de una tortilla de patata hecha con esmero en una lumbre de leña. Los licores acaloran las gargantas y las palabras hasta llegar al cénit de una sonora carcajada. Reír en buena compañía es el alimento del alma.

Marcharemos, no en la huída constante que marca nuestra vida, sino con la voracidad de un aventurero, buscando esa playa inalcanzable, ese atardecer dorado o el descenso por el poderoso caudal del río imperecedero. Viviremos hacia delante, no mirando a un atrás que nos acecha y alcanzará a nuestro regreso, sino viendo un futuro cercano de pequeñas hazañas y relax efímero.

Finalmente estamos en tiempo de bebernos el descanso con tragos destilados, de brindar por un pasado que nos ha llevado hasta ese punto, con un barril de mesa y cálidas sonrisas de satisfacción por una amistad duradera. Son noches de pícaros, en las que nos dejaremos embaucar por las sonrisas zalameras y las pequeñas mentiras de los ojos de deseo, tierra de conquistadoras y conquistados, de cazadores y cazadas.

Cuando la realidad nos golpee de nuevo y seamos presas de la triste urbanidad, podremos sonreír al recordar esa foto de espalda descubierta a la orilla del mar, ese salto al vacío en acantilados de aguas profundas o los turgentes senos escondidos entre mechones de un castaño terroso de la que fue la dueña de nuestros sueños veraniegos. Con las vivas sensaciones de los recuerdos amados, quizás seamos conscientes de que en esas fotos vivimos nosotros, y que lo que vemos en el espejo cada mañana no es más que el fantasma que nos habita, y que nos abandona en un rincón de nuestro ser hasta que podamos volver a sentir la felicidad intrínseca de las buenas costumbres.

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Una respuesta a Buenas costumbres

  1. Anónimo dijo:

    Ls navajas deseando salir de la arena, los mejillones abandonar su cuerda y los huevos de la gallina que con esmero los pone, juntarse con las patatas de nuestra tierra.
    Los licores en las botellas deseando enseñarnos sus olores, y para acabar, ……. Envido, …..mejor ordago a esa partida inacabada.

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