El soñador

No se puede vencer al que no compite, pero en mi tablero todos están obligados a jugar. Existen piezas fundamentales a las que cuido con esmero, facilitando su camino sin contratiempos hacia una meta que preparé hace tiempo. Sin embargo, hay otras sacrificables, peones de una vida pesarosa que maltrato con vicio para que las sendas de los demás sean más sencillas.

A lo largo de la historia se me ha retado infinidad de veces, incluso algún iluso creyó ganarme, pero mi justicia llega siempre en el momento exacto. Soy inflexible, irónico y por supuesto invencible.

Se me quiere y teme con la misma razón, los hay que me llaman con extraños rituales para que me presente en sus vidas y adquieran la sabiduría de su senda. Existen profesionales que llaman a mi puerta para que les desvele su motivo vital, incapaces de encontrar algo que llene sus corazones en el juego de mi mesa. Se me ha asociado con viejas de un solo ojo, dioses inmemoriales de omnipotencia bíblica o con iconos de justicia como soles con lágrimas de blanco y negro. Se me ha intentado nombrar mil veces, y mil veces se falló. Yo soy el padre tiempo, el dueño del destino.

Controlo todas las vidas, menos una. Como si mi propia ironía se volviese en mi contra, he encontrado a un rival digno de mi juego. He situado tropelías en su lento caminar que harían enloquecer al más valeroso de los hombres, pero en cuanto estoy a punto de vencerle, se evade hacia un mundo en el que no puedo alcanzarle. Él sueña.

Le he visto llorar, padecer dolor y ver rotas sus esperanzas. Ha caído tantas veces que incluso yo, sabedor de todo lo que ocurrirá, dudo de que se levante. Cada vez que cayó, me sorprendió levantándose. Cuando quiero tumbar una pieza, rompo sus esperanzas; el peón piensa en un misterioso camino divino y se resigna a caminar por el sendero que yo le he marcado, se convierte en mi esclavo. Él no, él es un soñador. Por cada esperanza rota hay un nuevo sueño, danzamos en un eterno bucle que no terminará hasta que uno de los dos ceje en su empeño. No tengo edad y mi paciencia es infinita, pero aunque no perderé está partida, empiezo a preguntarme si podré ganarla.

Como todos, tiene el camino que le he marcado en esta vida. Se resiste, separándose de él buscando su propia senda, pero rompo sus ilusiones. Antes de poder destruirle, tiene un nuevo sueño que debo derrumbar. En su mundo de fantasía no puedo alcanzarle, pues allí es el señor.

Poco a poco va abandonando la realidad para sumirse más tiempo en el mar de tranquilidad de sus sueños, me frustra reconocer que voy perdiendo influencia en su existencia, en el caminar por una vida que cada vez es menos real y más figurada, menos dolorosa y más imaginativa. De todos mis juguetes, es el único que tiene un ápice de libertad.

La soledad de su existencia no parece importunarle, pues en su mente es feliz. Ha pasado tanto tiempo que me hace dudar, no sé si porque al fin me siento vencido, o porque dudo de si es su sueño la verdadera realidad, y yo sólo soy una pieza de su destino. Maldito soñador.

 

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