No me atrevo a entrar.

No me atrevo a entrar. Las palabras se escapan de mi boca como la espuma de un enfermo. Mis labios sellan un contrato que no tendré el valor de terminar. Entre crápulas y libertinos me siento seguro, pero tú no serás así.

Soy un trago de una cerveza que ya se ha quedado caliente de tanto esperar. Tan rubia como ardiente murió entre mi gaznate dejando apenas un tibio sabor a alcohol. Un mero desinfectante para borrachos de amor. Necesito algo más fuerte. Tú serás diferente.

Me aburro de sonrisas fáciles y pechos erguidos. La sabiduría es el don que no pienso compartir con ilusiones desbordantes de ingenuidad mezquina, con palabras dichas y expresiones vacuas, con gemidos orquestados en películas que aún no se tiene la edad de disfrutar. Son previsibles, con noches infinitas de pasión inocente, con sueños de amor perenne. Jodidos guionistas. El amor de verdad se sufre, duele tanto como un mal gesto de velocidad juvenil e inexperiencia supina. Apenas se las distingue, apenas las distingo.

No, no me importa.

La experiencia está sobrevalorada. Las percibo por ese olor de confianza imaginativa, por sus recipientes orgullosos rellenos de miedos enquistados. Tan imponentes, tan inconquistables. Sus experiencias las engañan otorgándolas esa falsa sensación de dominación, me reiría si pudiese. Son previsibles, fáciles, instruidas en un arte amatorio que nunca llegarán a comprender. Esclavas de una idea que puedo manipular fácilmente. Rebosan por la pasión de lo errático, de lo incontrolable. No lo saben, pero son mías. Fue divertido, lo fue, pero ya no me importa.

La única cara que me interesa es justo la que no puedo ver. Sé que estás ahí aunque no puedo verte. Te escondes de mí con la timidez de una virgen, pero puedo sentirte. Quiero gritarte y temo asustarte con un susurro. Te oigo, te siento, te ansío.

Llevo una vida en la que ya no hay sorpresas, conozco los entresijos de las relaciones y los caminos del sentimiento. Los he disfrutado y absorbido con la voracidad de un hambriento, alimentándome de historias y batallas en las que fui vencido o vencí. Ya no hay fragor, pero con mi último aliento sólo puedo desearte.

Quiero levantarme en tu busca, pero ya no me quedan fuerzas. Vendrás, sé que vendrás a mí. Escucho tu suave caminar. Ya te dije que conozco la vida, no puedes sorprenderme. Abre la puerta y ayúdame a traspasarla.

No me atrevo a entrar.

Sin sentir tu fría caricia no podré reunir el valor necesario para vivir un último viaje, un último amor, una última aventura. Tú serás mi guía. Ayúdame a besar tu rostro. Se mi amante, mi musa, mi sueño, mi muerte.

No, no me atrevo a entrar.

Por favor, llévame.

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Una respuesta a No me atrevo a entrar.

  1. Anónimo dijo:

    ¡Que dulce! …Y que esperanzada tristeza. La espera lo hace mas sabroso
    Como siempre escelentemente escrito

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