Otra vez aquí

Otra vez aquí. Eso dijeron los meapilas. A uno no le dejan emborracharse la noche de un martes con tranquilidad. ¿Quién no se emborracha un martes? A medio camino entre el santísimo domingo y el lujurioso viernes, en mitad de una semana de artículos sin interés y corrupciones sin fin. El martes es el día de emborracharse de todo buen periodista. Pues sí, otra vez aquí.

Me cogieron paseando por la Gran Vía. Unos tipos no supieron soportar mi finísimo humor de séptima copa y me quitaron la cartera a puñetazos. Creo que no les gustó que me riese a cada golpe. Cuando vi caer uno de mis dientes en el banco de madera sobre el que estaba sentado empecé a pensar que quizá sí, que quizá esta vez por fin me eliminasen. Cobardes, en cuanto vieron sangre y luces azules huyeron bajo el auspicio de la noche.

No llevaba pantalones ni cartera, pero no molestaba a nadie. Era un borracho sin más, oculto en la sombra de la decadencia. Les dio igual, me encerraron con el pretexto de no llevar pantalones, aunque lo llamasen documentación. Yo soy yo, gilipollas, no hay papel que niegue eso. Me conocían en la comisaría, creo que habría conseguido llegar a casa si no hubiese meado en el asiento de atrás del coche. No quería evitarlo, si el peso de la ley se mea en mi persona no puedo más que contestar con la misma cortesía. No les hizo mucha gracia. Dejaron otro hueco en mi dentadura con la risa estridente de la estupidez y las porras de la justicia.

La celda podría ser peor. Treinta personas buscando hueco entre los asientos de frío metal y el olor a meados y vómito.

-¿Rubias o morenas? –me preguntó el tipo de mi derecha.

Era la pregunta perfecta. Entre efluvios de perversión y vicio, en la cloaca de una comisaría y tras una noche de borrachera un tío me pregunta si las prefiero rubias o morenas. Tenía un aire dantesco con un corte de pelo largo y moreno de moda ambigua, una camisa raída de un grupo de rock pasado de moda y unos pantalones pitillo muy apretados. Pero lo peor era el pelo, aplastado contra la frente y la sien, con un brillo y una textura de algo que esperaba que fuese simple grasa. Decadencia, ambigüedad, efluvios y masturbaciones sobre la caballera, ¡vive la bohéme!

Ahogué una arcada. No sabía si se refería a una mujer o algún tipo de mierda sintética que ahora se meten los jóvenes. Tiré los dados y decidí responder con la misma parsimonia con la que había hablado él.

-¿Acaso importa?

-Tris, tris. ¡Claro! –No balbuceaba, pero tenía un tic que me provocaba unas ganas de partirle la cara-. Las rubias son princesas o putas, pero siempre delicadas. Las morenas son salvajes y toscas, menos femeninas pero mucho más naturales. Da, da. ¿A que sí?

-Entonces me quedo con las castañas. No creo que tú las busques mucho –Sin saber por qué, pensé que lo mejor que podía llamarle en ese momento era homosexual. En un calabozo lleno de desechos, eso puede suponer una noche muy jodida. Joder, quería joderle bien.

-Pollas o coños. ¿Acaso importa?

Me va a dar la noche, pensé. No es que yo estuviese mucho mejor que ese demente, pero al menos no toco las narices gratuitamente. Decidí no responderle y mirar al vacío, como todos los demás presentes, ojos de estupidez e ira enquistada. Yo al menos sólo voy borracho.

-Pollas o coños. ¿Acaso importa? –repitió con un aire de rintintín que me dio un escalofrío.

Le golpeé con la mano abierta. El muy subnormal no paró de reírse desde que subí la mano hasta que la bajé, el tipo sabía qué es lo que iba a pasar y aun así se reía. –Si al final me va a caer bien y todo-.

-Los tíos y las tías son iguales, sólo cambia el envoltorio. Da, tris, da –en cada interjección escupía un poco y dejaba un rastro de baba que le caía hasta el cuello de la camiseta-. ¿Rubias o morenas?

-Ya te he dicho que castañas –volvía a molestarme. Decidí darle una oportunidad, recordaba un escrito mío en el que hablaba de un antiguo amor con un castaño triguero casi felino, por ella esperaría, pero con una mala palabra se llevaría otro guantazo.

-¡Listo! Eso no es mojarse ni mojar, pero sin duda es lo más inteligente –debió notar mi indecisión, no tenía ni idea de qué hacer, aunque todavía tenía ganas de abofetearle-. Una castaña puede ser muy rubia para unos o muy morena para otros.

Eso sí tenía su sentido. Ligeramente molesto bajé mi brazo derecho y me quedé completamente apoyado a la mugrienta pared. No quise pensar sobre qué estaba apoyado.

-O muy femenina para unos, o demasiado masculina para otros –repliqué por replicar. Lo cierto es que ya había decidido que ese tipo no iba a resultar ni siquiera un buen personaje secundario.

-Da, ¡Bien dicho! –Me cabreaba su forma de decir “da”, si fuese ruso podría soportarlo, pero los continuos escupitajos me estaban asqueando y no tardaría en vomitar de nuevo-. Yo, tris yo –si, definitivamente estaba como una cabra-. Ya lo tienes, periodista, ya lo tienes.

-¿Pero qué…? –El muy cabrón me había dejado sin palabras. No es que sea fácil o difícil reconocerme, es que no me esperaba que a nadie le importase lo más mínimo quién era yo. Le miré de nuevo, esta vez queriendo observar. No era un loco, en esa mirada había inteligencia, incluso más que en la mía. Sólo era un borracho que interpretaba su papel, intentando sobrevivir a la propia decadencia que le rodeaba. No todos lo soportamos, muchacho. Le probé para ver si mi juicio era acertado-. ¿Y las pelirrojas?

-¿De verdad quieres que continúe? –Sonrió. Aun en la penumbra de una celda de mierda, rodeados de olores de esa misma esencia, ese tipo, aparentemente colgado, sonrió. Y lo jodido es que consiguió tranquilizarme.

Al salir del calabozo fui directo al trabajo. Quería escribir un artículo sobre la decadencia de la sociedad, sobre como unos eran otros y los otros eran unos, todos la misma esencia, la misma basura, el mismo milagro. Un puto círculo infinito en el que no se distingue arista alguna, en que todas las rubias son morenas; todas las pollas, coños; y en esencia, todos somos castaños.

Llegué a la puerta de la redacción. El conserje me miró de soslayo, apenas llevaba unas horas fuera y apestaba a aroma de perdedor. ¿Otra vez aquí? ,me preguntó. Sí, otra vez aquí.

 

 

Esta entrada fue publicada en Noches de amor y copas, Relatos y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Otra vez aquí

  1. Anónimo dijo:

    Da gusto leerlo y regusto amargo despues. Me gusta

  2. Juan dijo:

    Ágil y sin piedad, ¡me ha gustado mucho!

  3. Anónimo dijo:

    Madre mía como comenzamos el día, con fuerza. Hacía mucho tiempo que no había podido leer tus artículos, es un gusto volver a verme inmersa en tus historias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s