Día de lluvia

Una melodía jovial sonaba en la vieja radio de la cocina, unos acordes raspados de alguna guitarra eléctrica que versionaba los clásicos.

-Lluvia cae, lentamente sobre mí,…

La dicharachera letra y su mensaje desenfadado no concordaban con la escena de una cocina que llevaba sin limpiarse varios meses. La grasa resbalaba por las baldosas que en vidas pasadas pudieron parecer blancas. El agua del grifo corría entre los platos sin limpiar como si fuesen de barro pringoso, parecía caer de puntillas a la espera de un galán que voltease su zamarra a los pies de la cristalina dama. El sonido del agua corriendo asustó a la pequeña jauría de mosquitos que se arremolinaban sobre un azucarero vertido. Ya apenas quedaba azúcar.

-Lluvia cae, lentamente sobre mí,…

Él sabía lo que era realmente la lluvia, no se le cantaba alegremente en una tarde de sábado. No, la lluvia era inexorable e incómoda, golpeaba siempre con la fuerza de un mal constante que hiela poco a poco el alma del hombre, igual que la enfermedad, aquel maldito cáncer que se llevó a su madre.

Lentamente, sin embargo, era un adverbio adaptable a la lluvia. En concreto a esas gotas que caen con el peso del tiempo, con la pausa de la eternidad se deslizan desde las nubes esperando que el viento las propulse para herir la visión del hombre, aguijonear su piel y minar su moral hasta tener que esconderse en la gruta más oscura huyendo del dolor del presente. Quizás esa gruta fuera la casa de una madre ausente, y esos aguijones los finos dardos en forma de palabras durante una separación.

Quizás, ese quizás retumbaba con la risa de la falsedad. Era un hipócrita consigo mismo, la verdadera mentira que caía sobre él. Igual de inexorable que la lluvia, igual de doloroso e igual de frío.

-Lluvia cae, lentamente sobre mí,…

Fue en las últimas estrofas cuando lo decidió. Para él no iba a haber lluvia. Las gotas de la muerte y el divorcio no le afectarían. Simple y llanamente, lo irremediable se convertía en una opción, y había decidido que aunque existiesen, no le afectarían sus efectos nocivos.

Salió a la calle en busca del sol, pero sólo encontró la mayor de las tormentas. Se detuvo mirando extrañado a ese cielo convulso, por alguna razón, no se estaba mojando.

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2 respuestas a Día de lluvia

  1. Anónimo dijo:

    Llevaba mucho tiempo, sin poder leerte. Es un placer empezar un día, con un poco de creatividad y sentimiento. A mi tampoco me gusta la lluvía.

  2. Anónimo dijo:

    Siempre que llueve escampa. En Madrid tenemos la suerte de tener un cielo azul estupendo y los rayos de sol salen muchas mas horas que gotas de lluvia mojan el asfalto.

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