Líneas de crédito

La confianza es un bien difícilmente medible, no tiene un precio, ni un índice bursátil ni un equivalente como el valor oro. Su única balanza es una balanza moral, y es algo tan inherente a nosotros mismos, que nunca podremos negociar con él, deshacernos de su pesada carga, olvidarlo.

A lo largo de mi vida me he encontrado cuatro tipos de personas diferentes en cuanto a la confianza se refiere. Primero, están los dos extremos: aquel que no confiará en nadie más que en sí mismo, o el otro cuyo concepto de confianza está tan desvirtuado que ya no tiene ningún valor, lo regala como un monarca los saludos a su pueblo. Finalmente, los dos casos más habituales: el que otorga su confianza y va quitándole valor poco a poco, o el que no la regala más que a pequeñas migas tras el transcurso del tiempo.

Es curioso como en este círculo que llamamos vida, los extremos siempre son iguales. El narcisista que sólo cree en sí mismo, jamás llegará a confiar en nadie que no se encuentre entre su ombligo y sus atributos. Carente de empatía, su destino recorrerá los entresijos de la extrema soledad sin percatarse jamás de que no es más que un niño jugando en un juego de hombres. Se creerá el más listo, creyendo que guarda sus tejemanejes como un tahúr sus cartas, pero su gran final, el truco de la carta misteriosa será tan predecible, que sólo conseguirá sus fines cuando los demás se lo permitan. Se sentirá libre, pero no es más que un becerro que se mueve en las lindes que le marcan los que le rodean. Pobre iluso.

Y entre ilusos anda el juego, pues aquel que regala su confianza a todo el que pasa sin importar lo que haga o deje de hacer, es igual de niño que el que no comparte sus juguetes. Cuando algo tan valioso como la confianza se convierte en un paso habitual, los que la reciben lo considerarán como una baratija sin valor, como algo con lo que se puede comerciar. El dadivoso cederá a cualquier orden o chantaje con el único fin de mantener lo que cree que es una fuerte relación de confianza. No será capaz de percibirlo, pues vivirá en un duermevela de sombras y fantasmas, tan alejado de la realidad que su existencia se convertirá en la de la cabra o la vaca, debiendo sonreír mientras le exprimen las mamas. Un esclavo de su propia condición.

Pero no todo es esclavitud moral, están aquellos que regalan su confianza para ir limitándola poco a poco, o aquellos que toman el contrario y la aumentan con pequeñas concesiones. Desconozco cuál es el motivo de situarse en uno u otro vértice, quizás sea por una visión más optimista o pesimista; lo que sí sé es que, como en un triángulo, los dos vértices llevan a otro vértice común, el de la confianza, la línea de crédito de nuestra moral, el que será, siguiendo a algún erudito como Maslow, el culmen de nuestra realización personal.

Así, igual que los extremos se tocan, las buenas ideas se fusionan en un axioma de difícil demostración y de verdad natural. Ya sea de una forma u otra, estos sujetos definen claramente cuáles serán sus líneas de crédito, serán capaces de establecer ellos mismos sus límites y moverlos cuando quieran, cediendo a otras máximas como el amor o la amistad. Algunos conseguirán de ellos un crédito interminable, cuya extensión es tan inabarcable como el océano; otros, sin embargo, estarán limitados por el peso de sus acciones a la mínima expresión de la confianza. Ésta es la justicia natural, la supervivencia; pero también la justicia bíblica del ojo por ojo; del tanto das, tanto tienes; la lógica aristotélica o la moral cristiana, poco importa como lo llamemos, es el justo medio de las relaciones humanas.

La globalización sólo es una expresión de la naturaleza del hombre, poco a poco extenderemos e interrelacionaremos cada una de esas líneas de crédito como una tela de araña hasta crear una red de confianza que nos situé en el mundo, en el aquí y el ahora, una posición privilegiada que nos llevará a entendernos como personas e incluso a vislumbrar la incontestable pregunta de: ¿Qué hacemos aquí?

Pero la confianza es tan volátil como un gas noble, nuestra nobleza, nuestra línea de crédito, podrá llegar un día a su límite y traspasar la frontera imaginaria en la que ya no hay vuelta atrás. Poco importará entonces lo que hayamos hecho, la cantidad de letras que hayamos pagado escrupulosamente, nuestro desahucio será tan inminente como inexorable. Lamentablemente la variabilidad de los límites es tan grande como un desierto, desde líos de faldas, cuestiones económicas, celos por la amistad o la familia, hasta meros asuntos deportivos. Si cada persona es un mundo, su relación con otras es un universo; tan interconectado, que la eliminación de una relación puede llevar a la destrucción completa de todo el sistema, el apocalipsis de nuestra humanidad.

Perdida la confianza ya no existe relación entre las personas, podremos soportar la presencia del moroso, pero nunca más volverá a ser para nosotros precisamente eso, una persona. Se acabó. La única confianza que se recupera es la autoconfianza, pues somos nosotros mismos el deudor y el acreedor, el banco y desahuciado, el agresor y la víctima.

Las situaciones diarias de la vida son caóticas, a veces perderemos confianza, otras la ganaremos. Pero no son las pequeñas derrotas o victorias las que deben preocuparnos, sino el resultado final del ejercicio. Con voluntad podremos extender los límites de la confianza hasta el infinito, y puede que, por fin, alcanzar la libertad.

Hoy me siento araña, y puede que, tejiendo estas palabras en un pensamiento, esté reforzando la línea de crédito que tengo con vosotros.

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