Un Viaje a León

Os contaré esta historia tal cual la viví, tal cual me la contaron, o tal cual la imaginé:

“Todavía hoy soy capaz de recordarlo. Han pasado más de cinco años pero mi mente no olvida cada detalle de aquella noche. Entre los millones de hechos diarios de la vida, unos pocos se recuerdan como el comienzo de una época de la historia, yo os voy a narrar el punto exacto en el que empezó mi decadencia, la toma de la Bastilla de mi tristeza, el inicio de mi melancólica personalidad.

Aquel cinco de marzo no tenía nada de especial, era igual que el cuatro o el seis. El frío invitaba a quedarse en casa, guarecido de las inclemencias de una lluvia fina y cortante como una navaja, que dejaba en la piel unos regueros suaves como arañazos. Las uñas…, quizás, si me hubiese fijado en sus uñas podría haber sospechado algo. No estaban como siempre, medianamente largas y con el toque acuoso de algún tinte combinado, esta vez no, tenían los bordes de un chuchillo del pan, mordisqueadas por los nervios en forma de dientes.

El viaje a León fue como cualquier viaje, estábamos sumidos en la excitación provocada por una nueva aventura, por unos parajes desconocidos, por la experiencia de un fin de semana en pareja. Pareja, no puedo evitarlo pero me sigue sonando extraño, supongo que ella pensaba lo mismo. En las continuas evocaciones que hago de esos días, no recuerdo ni una sola vez que se pronunciase la palabra pareja. Ella no la usaba, realmente nunca la usó. Mi subconsciente navegaba por el universo de los sentimientos y los susurros silenciados, que unidos a una imaginación desbordante y a la ilusión de un adolescente presagiaban el peligroso y luminoso cóctel del enamoramiento.

Así es, creía viajar por las vías de un amor que crecía cuando realmente estaba surcando los angostos caminos de la provincia de León. Por los caminos de tierra ligeramente enfangados cruzaban las ovejas de los pastores de la zona, sus pelajes grises y blancos eran las únicas nubes que yo veía en mi horizonte. Las encontré divertidas, daban el punto bucólico a nuestro objetivo de conocernos más profundamente entre los silencios del campo.

La casa se erguía orgullosa como símbolo de civilización entre el paisaje agreste, me recordaba a mi pasado, manteniéndome incólume a los vaivenes del destino, siempre fuerte e impertérrito a los corazones rotos, a la experiencias traumáticas y a los miedos. En una vida cargada de palos y dolor, por fin obtenía mi recompensa con un amor inconmensurable hacia la persona que conducía, un amor que creía correspondido. La miré, justo en el momento en que me mostraba el bastión de su pasado, la casa de su familia. En su mirada había excitación y orgullo, en sus pómulos un ligero rubor y en sus labios la misma sonrisa risueña que me había cautivado. Las ansias de reír treparon por mi cuerpo hasta hacer imposible retener una sonora carcajada. Era feliz.

Ella no me dejaba nunca salirme con la mía, pronto comenzó a buscarme las cosquillas con frases hirientes y cómicas que respondía como un espadachín del verbo, las que recibía las sentía como las caricias de un corazón joven y tierno que muestra su afecto y las ganas de divertirse. Entre chanzas y pullas nos quedamos dormidos, unidos en un abrazo que reforzaba nuestras almas.

Tan contento estaba en mi propia ensoñación que no presté atención a los detalles de una pasión que se extinguía. No reparé en que antes de acostarnos no intimamos como solíamos hacerlo, no saltó sobre mí presa del furor de la libido, no hubo seducción, no hubo instinto.

Cuando desperté entre balidos y unos escasos rayos de sol quise enmendar la sequía amorosa de la noche anterior. Hubo besos, caricias, abrazos y orgasmos, pero no hicimos el amor, más que un acto correspondido fue la dejadez de una profesional. Las piernas estaban tan abiertas como siempre, pero no me estaban llamando, simplemente me dejaban entrar si quería.

Aún presos de nuestra desnudez pronunció las palabras que más dicha podían provocar en un tontuelo soñador como yo: “Luego quiero decirte algo muy importante, pero antes necesitaré el valor de un par de copas”.

Pensaréis que las románticas ansias de un amor estable nublaron mi juicio. Es cierto, pero no lo es menos que la idéntica mirada dulce, que su pícara sonrisa, que los cientos de pequeños gestos con que llevaba alimentado mi ego más de dos meses. Yo veía el mismo amor de siempre, pero lo que se estaba fraguando era algo muy distinto.

Pasó el tres de marzo entre películas antiguas y fuego de chimenea, con las manos entrelazadas bajo una gruesa manta de material indefinido. La veía inquieta, nerviosa, como si su cabeza no parase de rondar alrededor de una única idea que no supiese como expresar. Creía conocerla bien, y en su inquietud vislumbré el temor a una relación a la que ya había que poner nombre, vi la voluntad de oficializar nuestros juegos bajo el sello del noviazgo. Me dejé influir por mis propios deseos.

No quise presionarla. Esperé pacientemente a que encontrase el valor necesario para plantearme la cuestión que la atormentaba. Tomó muchos tragos, uno tras otro fueron vaciándose los vasos de un alcohol que es lo único que sigue acompañándome desde aquella noche.

Cuando estuvo preparada habló, con la voz aterciopelada a la que estaba tan acostumbrado: “No te quiero, nunca te he querido y no quiero nada más contigo”.

Me gustaría poder decir que me he tomado una licencia literaria con esas palabras, pero me estaría mintiendo a mí mismo. Esas tres frases consiguieron lo que cientos de personas habían intentado, me noquearon. No, no me noquearon, pude sentir el dolor físico de una caída, el derrumbe de mis ilusiones y los infinitos pedazos en los que quedó convertida mi persona.

Salí del cuarto porque no podía soportar sus ojos azules puestos sobre mí, ahora los sentía gélidos y duros. El cristal de mi vapuleado corazón quedó simplemente reducido a la nada, no se resquebrajó como otras ocasiones en las que creí sentir amor, desapareció como una estrella, dejando un agujero negro que no he conseguido llenar con ninguna experiencia de esta vida.

Perdonad si no os detallo la ambientación o las fisionomías, no hace falta, esta historia sólo cabalga sobre los lomos de un sentimiento.

A día de hoy sigo recordando estos hechos, imaginándome lo que fue, lo que pudo haber sido y las distintas acciones que podía haber tomado para evitar el desenlace. Mi conclusión es siempre la misma: no lo sé. Escribo cientos de relatos como este para ayudarme a imaginar un final diferente, pero nunca llega. Supongo que este escrito tendrá una vida igual que la de mi corta felicidad, simplemente será erradicado por el efecto de tres frases: Esto ha sido todo, nunca volveré a escribir esta historia, por fin miraré hacia adelante.”

Como autor, desconozco la fiabilidad de la fuente, pero sea historia real o ficticia, es sin duda una historia viva. Agregada queda a esta sección de historias personales mientras me pregunto si este cuento tiene moraleja o si por falta de moraleja lo podemos llamar cuento.

Si tenéis una historia digna de ser contada y no os importa verla destrozada por el escalpelo de mi narrativa escribidme a:

personales.historiasvivas@gmail.com

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8 respuestas a Un Viaje a León

  1. Anónimo dijo:

    Para mí, lo mejor que has escrito nunca

  2. Anónimo dijo:

    Ooohhh!!!! Simplemente magnifico, dolido, tierno y creo que en el fondo esperanzado ante un herida que curó. Enhorabuena

  3. Wilbur dijo:

    Muy bueno en su conjunto, magníficas algunas de sus frases. Quienquiera que fuera, no te merecía.

  4. Anónimo dijo:

    DA GUSTO EMPEZAR EL DIA CON TANTA CREATIVIDAD. ES UN PLACER LEERTE

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