Amor Ciego

Puede que nunca conozca como lo hacen los demás, pero no es algo malo o incompleto, simplemente diferente. Nací sin ojos, no con una pequeña ceguera gradual, simplemente Dios prefirió que participase en el juego de la vida sin tan preciados órganos.

No fue fácil, en un mundo preparado para la excitación del principal sentido, el de la vista, tuve que foguearme potenciando el resto de mis sentidos hasta unos límites desconocidos por el común de los mortales. En las charlas de bar con los amigos es muy recurrente la negación de las puestas de sol, es evidente que no puedo ver el sol, pero no por ello disfruto menos que los demás, noto el calor de Apolo, el ruido de miles de pequeños animales que comienzan su día, toco las briznas de hierba que aún conservan su rocío, soy capaz de sentir un universo de colores rodeándome sin necesidad de tener ojos.

Sentirse desdichado implica no aceptar la minusvalía, por eso siempre he buscado usar el resto de mis sentidos para conocer con mayor profundidad que lo que aporta la vista. Esto me ha sido realmente útil en las circunstancias más inverosímiles. Cuando, de pascuas a ramos, una chica accedía a tener una cita conmigo, era consciente de que no podría verla de la forma tradicional, pero sí existen otros caminos.

Aquel veintidós de mayo fue, probablemente, el día más importante de mi vida. Estaba citado con una amiga de un familiar, nada especialmente extraño o irreverente. Quedamos en la glorieta de Bilbao, en el mítico café Comercial. Allí, Marcial, un cordobés con un gracejo especial que trabajaba como camarero, me ayudó a sentarme en mi mesa favorita. Debo reconocer que tenía a Marcial trabajando para la causa, y cada vez que alguna de las chicas iba al lavabo, el camarero corría a mi vera para contarme el aspecto físico de las susodichas. Puedo ser ciego, pero no por ello dejar de mirar por los ojos de los demás.

Cuando llegó ella, le pedí que me dejase “verla”. Usando el tacto, fui recorriendo con los dedos cada uno de los rasgos de su cara. Sentí una frente grande y ancha sin maquillaje, unas cejas bien perfiladas y cuidadas, unos párpados extremadamente sensibles que vibraron al notar mi contacto provocando que las larguísimas pestañas revoloteasen como una mariposa. La nariz era chata, con dos pequeñas arrugas que se formaron a los lados al agitarla por el roce de mis dedos. Los labios eran carnosos y cálidos, al retirar la mano olí el resto de carmín que se quedó impregnado en mi yema, olía a fresa, tenía los labios pintados de rojo.

Al hablar, modulaba la voz dándole un aire interrogativo a cada frase. Era muy leve, pero pude notar un cierto toque de nerviosismo provocado por alguna inseguridad aún no superada. Quise darle cierta seguridad, y para ello busque la mano que tenía apoyada sobre la mesa, había podido escuchar clarísimamente como sus dedos repiqueteaban sobre la tabla de madera.

La primera reacción al notar mi contacto fue de retirar la mano, pero no lo hizo, quizás el hecho de haberla “visto” consiguió que al estar ya rota la barrera del contacto físico, no le incomodase demasiado entrelazar los dedos con los míos.

Ya tenía un punto de contacto sobre el que apoyarme, y así pude notar la reacción de su sangre sobre las historias y las conversaciones que manteníamos. Sentí su interés por la agitada presión sanguínea que subía o bajaba en función de los dramáticos y teatrales recovecos de mi voz.

Según pasaban los minutos, el almizcle afrutado que usaba como colonia fue perdiendo su vigor, y pude oler el resultado. El olor dulce pero ligeramente ácido me evocó a una persona con gestos inocentes, pero con una pasión interior que puede entrar en erupción en cualquier momento. Tenía un carácter fuerte escondido tras un rostro risueño, quizás había encontrado a mi lolita.

Sentí una cercanía automática hacia ella, como si el espacio que había entre los dos se estuviese vaciando y las fuerzas nos acercasen irremediablemente el uno al otro. Ni siquiera yo puedo explicarlo con mis sentidos, así que busqué acercarme aún más a ella para descubrir la pequeña vibración que tenía su cuerpo. Era nerviosismo, pero no el mismo de antes, ahora estaba mezclado con excitación. Deslicé mi cuerpo por el redondo sofá hasta que empecé a sentir el calor de un cuerpo próximo. Sus dedos, además de vibrar indicándome deseo, acariciaban mis nudillos como una invitación abierta a escalar la última frontera en pos del deseo del beso.

Acerqué mi rostro hacia donde intuía que estaba el suyo por las ligeras brisas que producía su melena. No pude hacer más, el resto le tocaba a ella; la unión de los labios, sin usar el tacto previo, era una barrera que como ciego no podía franquear, pero me permitía disfrutar de la tensa espera de la esperanza.

La respuesta no tardó en llegar, y sentí su beso en mis labios. El conocido olor a fresa me impregnó junto a una sensación desconocida, como si fuese un hálito de vida que se empeñaba en entrar en mi cuerpo.

Ligeramente azorada se marchó tras culminar el beso, prometiéndome volver a citarnos muy pronto.

Marcial llegó raudo para darme el parte, ya que ella no había acudido al servicio ni una sola vez. La descripción que me dio no aportaba datos nuevos a lo que ya sospechaba, era una belleza sin par que se fusionaba perfectamente con su nombre: Luna.

Por primera y última vez en mi vida, lloré, lloré por una minusvalía que me permitía sentir y ver el sol, pero no la luna.

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3 respuestas a Amor Ciego

  1. JUANJERAS dijo:

    Tus últimas frases son siempre GENIALES!!!!

  2. Anónimo dijo:

    Por fin, un relato que emociona, es una maravilla. Gracias por permitirme empezar el día con esta dulzura.

  3. Anónimo dijo:

    ALELUYA, ¡Que bonito! Dulce, tireno,esperanzado…Me encanta

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