Escena de abandono

El sofrito estaba humeante, no tuvo más remedio que tirarlo instantáneamente a la basura. El fuego estuvo bajo desde un principio, pero desvió su atención en otras tareas, una plancha a medio hacer, una colada no seca del todo, un salón sin airear, no se acordó de la cebolla frita con champiñones hasta el último momento, y ya era tarde para centrar la atención en el fuego.

Cogió un estropajo muy usado y fregó la sartén, debería tirarlo, pero no tenía otro para cumplir esa función. Quería ir a la compra, pero afuera hacía frío, mucho frío. Un calambre la atravesó de arriba abajo, sintió como el aire abandonaba su cuerpo y las fuerzas escaseaban. La mano derecha se agarró firmemente a la silla de la cocina, se sostuvo como un equilibrista en el alambre, con todos los sentidos puestos en ese punto de apoyo. Al ser consciente de este hecho, un temblor de piernas la hizo caer al suelo.

No fue el dolor intenso de la caída el que provocó el llanto, sino ese conocimiento, esa revelación que hace el cuerpo de que simple y llanamente no puede llegar a la meta. Las ideas, los sueños, caen como un castillo de naipes al ritmo de los músculos que dejan de trabajar. El cerebro, desconectado de una realidad que sigue su paso imperturbable, permite que el corazón muestre la desdicha por un sofrito requemado, por una comida sin hacer, por tantos proyectos sin terminar.

Las ilusiones se cercenan como bulbos antes de florecer, sin tiempo para mostrar su belleza. Luisa, la mujer que nunca paraba y que todo lo podía abarcar, lloraba sobre las baldosas sucias de la cocina, retorciéndose por la idea de que el tiempo, su ausencia, era la causa de todo mal. Cerraba los ojos, anegados en salina sin solución, a la verdad. Una verdad más fría y dura que el enlosado suelo, el tiempo es limitado. Lloraba por esa cebolla, esperando en el fuego a que ella, tan ocupada, pudiese sacar unos minutos de su agenda para dedicárselos. Sufría por los sentimientos que pudo albergar mientras se quemaba, esperando por una atención que nunca llegaría, defenestrada por ese tiempo tan limitado.

Lo sabía, la culpa era de la cocinera. Para ese sofrito no había solución, pero ahora podía hacer el resto de tareas sin acabar y, aunque lo dudaba, quizás plantearse algún día el volver a cocinar.

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2 respuestas a Escena de abandono

  1. nachomonereo dijo:

    Muy bonito el relato, me gusta mucho!

  2. nachomonereo dijo:

    muy bonito el relato, enhrabuena

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