Últimas palabras

Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentado, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado.
Se levantó una brisa agradable y fresca. Los pelos de mi nuca se erizaron gracias a un escalofrío provocado por la ausencia de dudas, por el temor a una sensación añorada pero no encontrada: la paz de mi alma.
La oscuridad se cernía sobre mí como el abrazo de  un viejo amigo, abrigando la certeza de mi decisión. El viento, siempre dichoso, escapaba de la tenaza de los dedos como la vida de mis venas; se deslizaba por la piel igual que las alegrías en mi destino, bordeando el contorno pero sin calar mi esencia. Las lágrimas huyeron de mi rostro en demasiadas ocasiones, pero no hoy, hoy no he salido a pasear con mi querida tristeza.

Me atrevo a sonreír a la hiriente luna, compañera de andanzas en mis mejores tragedias, me tiñe con una luz espectral, mágica. Soy un fuego fatuo. Quizás  hayamos tenido nuestros desencuentros y en las horas de los amantes no escribiésemos palabras para la eternidad, pero nos reconocemos  como dos amigos que han seguido sus vidas a través de terceros. Ella siempre fue mi sol, huidiza entre nubes de sombra; ha decidido iluminar mi final con un manto blanquecino que conserve mi última epopeya como una crisálida de formol.

En estos postreros minutos no siento remordimientos. No queda en mí más que unas gotas de sangre y la sensación de algo bien hecho. Después de una vida llena de historias sin acabar, de principios olvidados y de giros del destino inconclusos, soy capaz de apreciar como un tesoro la única decisión que he tomado en este nudo de encrucijadas. Así de simple, la propia muerte, probablemente sea la certeza sobre la que nadie se atreve a optar. Yo lo he hecho. En un libro marcado por la cobardía he escrito un desenlace con la tinta del valor.

Deseaba la muerte, sí, aunque no como la conclusión lógica a unos hechos fatídicos. No me derrumbé ante la adversidad más que para buscar los límites de mi propia personalidad. Huí de una existencia a la que resultaba sencillo nombrar como dramática. Triunfé. Sobreviví a las aventuras como un personaje de novela barata al que las soluciones le aparecen en la mano. Escapé de esa odisea a través de una única decisión.

Por eso estoy aquí en esta fría noche, rodeado de oscuridad y con una sonrisa iluminando mi cara. La muerte mece mi oasis de paz, y por fin siento la caricia de la libertad, mi verdadero objeto de deseo.

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4 respuestas a Últimas palabras

  1. Anónimo dijo:

    Necesitamos ser más vitalistas

    Con el relato de la mediocridad y la muerte de fondo con éste la gente se me va a poner triste

  2. Paloma Maraver dijo:

    Impresionante, enhorabuena.

  3. nachomonereo dijo:

    esta es más cercana a historiamuertas que vivas…¡me ha encantado!

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