Del amor propio al orgullo.

Queridísimo Amor propio,

Una vez más recurro a ti como una polilla a la luz, siempre que me encuentro desamparado busco tu consejo para afrontar las mil chorradas que oscurecen mi destino. Como puedes ver han vuelto las ínfulas poéticas que nunca han llegado a abandonarme. Me siento muy melancólico, tan pronto rio a carcajadas por una broma de un amigo, como lloro por las noches sin luna. He perdido mi mesura, a falta de una luz externa que me guíe, vuelvo a usar tu sabiduría como faro.

No sabría precisar el momento en que todo cambió, cuando dejé de mirar el futuro con la esperanza que me caracteriza y empecé a ser consciente de la crueldad de mi instinto. Soy un drogadicto de  sueños que ha vuelto de un viaje y está deseando internarse en el próximo. Lo busco, pero me rehúye como dos enamorados en plena efervescencia adolescente. Sé que me dirías que el único camino que importa es el de mi propia personalidad, y que fuera de él sólo existen agentes externos, pero desde hace meses no logro distinguir lo uno de lo otro. La duda me lleva a la debilidad, y ésta me tiene tan enfermo que hay mañanas en las que no sé si seré capaz de ponerme en pie.

Recuerdo tus primeros consejos, esos que me enseñaron que el único límite que existe soy yo mismo; las primeras citas con niñas en las que me decías una y otra vez que mis opiniones tenían sentido y que mis bromas eran de risa fácil. Pude apreciar cómo me querías, y cómo me querían ellas, eran tiempos felices. Sin ti y tu lema iterado “Tú eres mejor persona”, no podría haber superado los abandonos y las desgracias, aquellas infidelidades que me llevaron a plantearme si de verdad tenía algo que ofrecer. Me apoyé en tu fortaleza para huir de mi mundo catatónico de utopías de felicidad y volver a mirar a los ojos del mundo.

Ahora, absorto en esta debilidad, me pregunto si no fuimos más allá de lo recomendable, si esas conversaciones en las que tú y yo éramos una unidad no impidieron la entrada de terceras voces. Las recuerdo, son sonidos melodiosos que se repiten en mi cabeza señalándome los errores del pasado; mujeres con un enorme corazón en la mano que me lo ofrecían sin reservas. Me hablaste de defensa, de prudencia e inteligencia. Te hice caso, pero en nuestra soledad sigo percibiendo las sombras de lo que pudo ser y no fue. Nos sentíamos fuertes, indomables e invencibles.

Conseguimos victorias, amores y logros. Competimos en canchas de baloncesto, en la universidad, entre nubes de alcohol en los bares e incluso con la maldita hoja en blanco. Queríamos vivir y tomábamos todo lo que había  a nuestro paso, nada se interponía en nuestra conquista del éxito. Afrontábamos de la mano cualquier lance de la vida y lo superábamos, o al menos eso es lo que me decías.

Hoy, meditando en esta tarde gris de primavera, dudo. Remontándome a nuestra primera charla no consigo percibir si hubo algún logro real en lo que hicimos, es más, creo que no hiciste más que seguirme y aprovecharte de mí. Llamaste tuyas mis conquistas, cambiaste mis metas para conseguir tus objetivos, me hiciste creer –y aún no sé cómo- que me guiabas cuando en realidad seguías mi estela como un perro faldero. Éste, éste es el punto en el que todo cambió, en el que me di cuenta de que yo no soy tú y que tú no eres nadie sin mí. Somos dos diferentes. He aquí el motivo de mi tristeza, he perdido muchos años de mi vida llamándote “amigo” cuando mis verdaderos apoyos eran esos agentes externos, cuando mi camino se extendía fuera de mí y sólo esperaba a que decidiese dar el paso. Tenías razón, sí que soy mejor persona, pero sólo soy mejor persona que tú; ahora lo sé.

Escribiendo estas palabras soy capaz de percibir tu cabreo, de ver cómo te quitas la careta magnánima del amor propio y expones la faceta real, el orgullo desmedido. Noto tu ira, sé que intentarás usar mi inteligencia para desestabilizarme, para azuzar la crueldad inherente en todo hombre y volver a tu ansiada soledad. No lo lamento, llora ahora la ausencia, pues desde hoy no te pertenezco.

Efectivamente he vuelto a ti, quizás por última vez, para decirte que nunca más volverás a dominarme. Cuando te necesite, me servirás, pero seré yo el que decida cuándo y cómo.

No recibirás de mí un afectuoso saludo, sino la más fría de las despedidas. A partir de este punto caminaré solo.

Atentamente, tu amo y señor.

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3 respuestas a Del amor propio al orgullo.

  1. Anónimo dijo:

    Espectacular.

  2. javier dijo:

    Todo sobre mi pluma vuelve otra vez al camino del desencuentro y del dolor sentimental. Como buen admirador y gestor de tu talento debo decir que te desenvuelves como pez en el agua. Gracias a dios mi historia viva de turno no cobrará este caliz.

    Gran articulo, señor

    Respetuosamente
    Mkt and social Media Manager

  3. Anónimo dijo:

    ME HA ENCANTADO, AUNQUE MUY PROFUNDO PARA SER LUNES

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